Nuestra mayor técnica de supervivencia como ser humano está basada en nuestra capacidad adaptativa, mas al ser combinada con el miedo, se crea un arma de doble filo capaz de distorsionar nuestra percepción de la realidad, sumergiéndonos en el conformismo.
Aquellas promesas de una utopía socialista que a través de mi vida se han convertido en dictadura, reflejan tanto el esfuerzo del gobierno por desmantelar la realidad, como nuestra tendencia humana de asimilarse a nuestro entorno.
El agujero negro informativo, el cual caracteriza nuestro día a día como nicaragüenses, impide que el resto del mundo entienda la gravedad de nuestra situación. Abandonar nuestro hogar con el propósito de eventualmente regresar y ser parte del cambio, es el motivo con el que muchos nos alejamos. Pero nuestra misma capacidad adaptativa nos permite fácilmente olvidar nuestras raíces o intención inicial. Luego de un año en el exilio, regresar a mi país se sintió como entrar en una cápsula del tiempo. Volver a presenciar vívidamente los claros ejemplos de represión me llenó de angustia. Tal angustia no se basó tanto en el miedo por mi seguridad, sino en la normalidad con la que solía ver y aceptar acontecimientos fuera de lo democráticamente habitual.
Actos tan normales como usar colores patrióticos, ser parte de obras caritativas, o inclusive compartir libremente en actividades religiosas están sumamente prohibidos. Manejar por calles altamente militarizadas y vivir bajo la desinformación absoluta son algunos ejemplos de la distopía, la realidad completamente deformada, en la que los nicaragüenses viven a diario.
No obstante, algo que me cautivó mucho es la cultura de amor y pasión que persiste en el país. Sin duda, lo mejor de Nicaragua son los nicaragüenses y eso nadie nos lo puede quitar. Tal vez hablo bajo la parcialidad de una persona que ama su tierra y sus raíces, pero no paro de confiar en el potencial que existe en el futuro de mi país, en nuestro amor por el prójimo, y en la honradez con la que día a día se vive en un lugar invivible.
No se trata de sostener una sonrisa hipócrita bajo momentos de represión y sufrimiento, sino de mantenerse unidos en la esperanza de un futuro diferente, un futuro de libertad. Unas sonrisas con temor, que solo un simpatizante podría llegar a distinguir, reflejan la valentía y esperanza que retiene este país.
La impotencia me ha llamado a escribir, más, tantos sueños y vidas que han quedado en vano me urgen a no conformarme con esta nueva realidad, a rechazar cualquier espíritu de adaptación. ¿Con qué derecho nos han arrebatado nuestros sueños y futuro?
Detrás de esa cautivadora sonrisa, a Nicaragua todavía le duele respirar. Ese dolor y disconformidad han de ser nuestro mayor aliado para impedirnos olvidar y para inspirarnos a luchar por el cambio que todos ansiosamente soñamos.
La autora es estudiante de economía en la Universidad de Notre Dame.