Esa es la pregunta que debe contestar la dictadura: ¿Por qué expulsaron del país a las Hermanas de la Caridad? Expulsar es una medida muy fuerte. No es lo mismo privar a una organización de su personería jurídica, que ordenarles a todos sus miembros dejar sus pertenencias, amistades, obras y trabajos, y sacarlas escoltadas a la frontera para arrojarlas del país. Hacerlo es una acción violenta. Es decirles a sus víctimas, en este caso las monjas, que su presencia en el país es indeseable; intolerable.
Sabemos que las acciones contra las más de 800 ONG, que han sido brutalmente suprimidas y confiscadas sus pertenencias en Nicaragua, han sido totalmente arbitrarias. El Gobierno, obviamente, ha pretextado anomalías, lavado de dinero o faltas administrativas en su contra. Pero no había expulsado en masa a sus integrantes.
¿Por qué entonces esta medida tan dura contra las Hermanas de la Caridad? Como bien explicaba Wilfredo Montalván en un artículo reciente, estas religiosas siguen fielmente los pasos de la Santa Madre Teresa de Calcuta, ícono de la caridad extrema y quien quemó su vida al servicio de los leprosos, moribundos y miserables de la India. Ella recibió un premio Nobel de la Paz y fue canonizada poco después de su muerte.
Sus misioneras en Nicaragua hacían la misma labor: asistir y cobijar adolescentes en riesgo, alimentar y asistir a niños pobres en su guardería, dar asilo y consuelo a los ancianos más desamparados. Eran totalmente apolíticas; nunca abrieron la boca para abordar temas públicos. Lo único que hacían era servir a Cristo en los menesterosos. ¿Cuál fue entonces su pecado? ¿Qué acciones tan reprochables cometieron como para merecer tal tratamiento? ¿Por qué Nicaragua es el único país del mundo que ha cerrado las obras de las Hermanas de la Caridad y expulsado a sus miembros?
Estas son las preguntas que los autores de la decisión, la señora Murillo y el señor Ortega, deben contestar. Hacerlo es una exigencia moral ante la nación y ante el mundo. Un gobierno decente debe ser capaz de explicar y dar justificación de sus acciones. Quedarse callados revelaría necesariamente la presencia de motivaciones indecentes o impublicables, y un gran desprecio hacia la población, incluyendo a sus propias bases políticas que, naturalmente, querrán saber el porqué de una acción tan radical.
Esto plantea un gran problema a los Ortega Murillo. Pues la única razón que podrían alegar es que las Hermanas de la Caridad estaban haciendo una labor nefasta o dañina para el país, o, que bien, estaban atentando contra el Estado o la paz. ¿Pero habrá alguien quien en su sano juicio pueda creer tales patrañas; pensar que estas santas vivientes estaban conspirando o incurriendo en algún delito que ameritaba desterrarlas sin contemplaciones?
¿Lo pensarán los operarios del Ministerio de Gobernación? ¿Lo creerá el general Avilés? ¿Lo creerán los mismos que dieron la orden? Difícil o imposible, a menos que pensemos que son estúpidos o moralmente ciegos, mínima capacidad crítica, dispuestos a aplaudir cualquier cosa que hagan sus jefes. Pero aún ellos tendrán dificultad explicando el porqué corrieron a las monjas.
Lo anterior nos lleva a reflexionar sobre las motivaciones ocultas que provocaron esta inexplicable e inhumana decisión. Algunos piensan que puede tratarse de una estrategia intimidatoria que busca lanzar el mensaje de que nadie, absolutamente nadie, está a salvo de las garras del poder. Pero esto lo hubieran podido lograr de muchas otras formas, como expulsar sacerdotes u obispos que han sido críticos del régimen (Dios no lo quiera).
Si es imposible entonces entender la utilidad de una acción que no sirve a los intereses estratégicos del Gobierno, y que más bien ha empeorado fuertemente su imagen, ¿qué podría explicarla? Una posible repuesta, entendible para un creyente, pero extraña para quien no lo es, es que hay fuerzas espirituales que actúan en el mundo. Una de ellas es el demonio. Él, el príncipe del mal y padre de la mentira, odia a quienes, como las Misioneras de la Caridad, trabajan para Cristo. Correrlas servía sus intereses. ¿Podrá él haber sembrado en ciertas mentes antipatías o sospechas absurdas hacia ellas? No podemos descartarlo.
El autor es sociólogo e historiador.