Este era un rey…

Una fuente de fechas y datos históricos, fácilmente accesible, señala que Margarita Debayle nació en 1900 y que Darío publicó su poema A Margarita a finales de 1907. La Margarita del poema era pues una niña de siete años cuando Darío, un adulto de 40, le dedicó su poema. Se sabe que Darío escribió ese poema durante su “Intermezzo Tropical”, mientras convalecía en la isla de El Cardón de la dolencia que lo agobió durante toda su vida adulta. Hoy día sabemos que la adicción al alcohol, más que un vicio, es una enfermedad crónica incurable.

En esa isla le erigieron una estatua. Aunque El Cardón es una isla deshabitada, el sitio es apropiado porque su paisaje exhibe un estrecho vínculo con elementos esenciales del poema. Sin embargo, el diseño del monumento no parece muy afortunado. Representa a un Darío de pie sobre un minúsculo pedestal; enfundado en un traje excesivamente ornamentado, en una pose rígida, a espaldas del océano; de “la mar” a la que alude su poema.

Darío había logrado que el presidente Zelaya lo nombrara embajador en España, el 22 de diciembre de 1907. Sin embargo, estaba en mala situación económica y no podía obtener a tiempo el traje que necesitaba para la ceremonia de presentación de credenciales ante el rey Alfonso XIII. Solicitó entonces, a su superior inmediato en el cuerpo diplomático, que le enviaran ese traje o le adelantaran dinero de su sueldo como cónsul (que era el cargo que desempeñaba en ese momento) para resolver la situación. El funcionario se negó obstinadamente a proporcionarle ayuda y Darío tuvo que pedir prestado a un diplomático amigo el traje con el que aparece en esa esa estatua y otras imágenes relacionadas. La historia ligada a ese traje es deprimente; documenta el menosprecio del que Darío fue víctima por parte de algunos de sus contemporáneos, cegados por la prepotencia, la envidia o el celo. Ningún monumento ni homenaje a Darío debería hacer alusión a ese triste episodio.

Un recorrido por internet confirma que el poema ha sido bien acogido, no solo por la crítica literaria de su época sino también a través de generaciones. Todavía hay gente que se interesa y pregunta en un blog de la internet por el significado de la frase “una tienda hecha del día”, o cómo puede uno imaginarse algo que no existe como “un palacio de diamantes”. Otros recuerdan con agrado como disfrutaron en su infancia leyendo ese poema.

Si consideramos las constelaciones que brillan en una noche oscura, sin contaminación lumínica, como la que se aprecia en una isla tropical no sería difícil comprender cómo la imaginación de un poeta podría admitir “un palacio de diamantes” como la metáfora de ese firmamento poblado de constelaciones con nombres mitológicos.

Y si consideramos la luminosidad del día en ese mismo paraje podríamos igualmente coincidir con el poeta en utilizar “una tienda hecha del día” como una metáfora de la bóveda diurna del cielo atmosférico en ese lugar. No es sorprendente que en términos parecidos alguien haya expresado esta interpretación en respuesta a la pregunta hecha por otro en el blog de la internet.

En “Intermezzo Tropical” Darío incluye otros poemas; “Mediodía” y “Vesperal”, que describen con gran  precisión el clima tórrido que prevalece en la Isla El Cardón.  Esta descripción sumada a la luminosidad del día tropical, nos dice que efectivamente la tienda del rey, la bóveda atmosférica, estaba hecha de los mismos materiales que el día.  La metáfora desaparece y se convierte en realidad.

Pero las metáforas no terminan allí. Sabemos que la malaquita es un mineral de color verde, que puede cortarse y pulirse en láminas lustrosas como las hojas verdes y lustrosas de nuestro árbol de chilamate. Fácilmente podemos entonces, aceptar que “un quiosco de malaquita” resulte ser la metáfora de uno o varios de esos árboles y vislumbrar cuál podría ser el origen o la explicación de ese quiosco que Darío, inopinadamente, adjudica al rey de su cuento.

Este artículo no pretende explicar los detalles del poema, simplemente intenta acompañar al poeta y observar los pasos de su proceso creativo.

La “Costa Azul”, el segmento de costa de la isla de Aserradores visible desde El Cardón, podría dar cabida a un desfile de “cuatrocientos elefantes”, por lo menos en la época en que la vio Darío, antes de que comenzara a desaparecer por erosión de la corriente costera. Nunca hubo un desfile de elefantes en Costa Azul, pero a falta de elefantes, el Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua ya recorría esa costa en 1883. Esto, por supuesto, no nos autoriza a interpretar que “cuatrocientos elefantes a la orilla de la mar” sean una metáfora de ese ferrocarril, pero la posibilidad no deja de ser una tentación.

Regresando al monumento a Darío en El Cardón, vale considerar que se podría sustituir por otro que represente a Darío en un contexto más acorde con su poema, que por ejemplo nos permita verlo como un nicaragüense más sin esa vestimenta ornamentada, de tan malos recuerdos, sentado tranquilamente en el escaño de un parque a nivel del terreno, al margen de un sendero; con Darío mirando a “la mar”, acompañado de una niña de siete años, de pie a su lado, que escucha atentamente el cuento que comienza con el formato clásico de los cuentos infantiles: “Este era un rey que tenía…”

Y para completar la idea, podríamos sugerir construir ese sedero con baldosas que llevarían, cada una de ellas, incrustadas en letras de bronce, un verso o una estrofa del poema. El poema lo diría todo. Sería un error tratar de identificar explícitamente los personajes del monumento.

Y tal vez podríamos considerar también que se plantara uno o varios chilamates cerca del monumento, sin rotular ni decir que esos son quioscos de malaquita.

Amén.

El autor es ingeniero civil.

Opinión Poema Rubén Darío archivo
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