El Diccionario de la Real Academia Española (RAE) define la “palabra” como “Unidad lingüística, dotada generalmente de significado, que se separa de las demás mediante pausas potenciales en la pronunciación y blancos en la escritura».
En la remota antigüedad, las personas no sabían de explicaciones técnicas como la que he citado, pero por su vida cotidiana y por sus creencias conocían el valor y la importancia de la palabra. Tanto que en la mitología romana hubo un dios de la palabra.
Los romanos lo llamaban Aius Locutios y le erigieron un templo al pie de la colina Palatina, al lado de un bosquecillo consagrado a Vesta, la diosa del hogar que en Grecia era venerada con el nombre de Hestia.
Según el mitógrafo francés de fines del siglo XVIII y primera parte del XIX, Jean Francois Michel Noël, al que cito a menudo por la riqueza y sencillez de su obra, el culto al dios de la palabra se originó en un hecho de gran trascendencia para la antigua Roma.
Sucedió que un humilde hombre de la plebe llamado Marco Cedicio, caminaba una noche cerca del bosquecillo sagrado de Vesta, posiblemente rumbo a su casa, cuando escuchó una tronante voz que no le pareció humana. “Dile a los magistrados que los galos se acercan a Roma, que refuercen las murallas y se preparen para repelerlos”, dijo a Marco Cedicio aquella voz que parecía sobrenatural.
Marco Cedicio fue a dar el mensaje a los magistrados, pero los plebeyos no tenían derecho de opinión y lo que dijeran no era atendido por los miembros de la clase dominante. Además, la Galia estaba tan lejos que les pareció un disparate que de repente fuera a atacar Roma.
Además, no era así como los dioses se comunicaban con los humanos. Ellos se manifestaban de modo sutil, a través de los sueños, por medio de oráculos, los vuelos de los pájaros que los sacerdotes interpretaban… Pero no así, hablándole directamente a una persona humana.
No obstante, el ataque de los galos que la voz sobrenatural había anunciado por medio del humilde plebeyo Marco Cedicio, ocurrió. Era el año 390 antes de nuestra era cuando los galos atacaron a Roma, la incendiaron y se instalaron en la colina Capitolina. Eso ocurrió mucho antes de que Julio César fuera a librar la guerra de las Galias y las conquistara para gloria del imperio romano.
Con el mandato de que organizara la resistencia y el contraataque a los galos para liberar a Roma, los magistrados romanos nombraron dictador a Marco Furio Camilo, quien reconstruyó el ejército y logró expulsar de Roma a los invasores.
Una vez que Roma había sido liberada, Furio Camilo hizo que el senado reconociera el irrespeto a los dioses que habían cometido, al no dar crédito a la advertencia que les hiciera la voz divina por medio de las palabras del plebeyo Marco Cedicio. Y en desagravio erigieron un templo en el mismo lugar donde aquel dios desconocido hizo oír su voz, y lo llamaron Ara Ayo Locucio.
Los romanos iban a ese templo para ofrecer sacrificios y hacer rogativas al dios de la palabra, rogándole que les hablara y les transmitiera sus profecías. Pero era inútil. El dios se había molestado con los romanos por su incredulidad y no hacer caso a su palabra que transmitió por medio de Marco Cedicio.
Y nunca más se volvió a escuchar la palabra de Ayo Locucio.