Crisis de santos

Las crisis del mundo son crisis de santos, dijo en una ocasión el santo español Josemaría Escrivá de Balaguer. Quería dar a entender que el gran problema  contemporáneo es el déficit de hombres y mujeres empeñados en ser buenos con B mayúscula; que las crisis de las sociedades suelen ser manifestaciones de un superávit de hombres y mujeres egoístas, maleados o corruptos, y un déficit de personas altruistas, generosas e íntegras. 

En realidad, no es difícil pensar que la salud —política, social, moral— de una sociedad está íntimamente ligada a la calidad humana de sus ciudadanos. Los escándalos tan recurrentes de presidentes y líderes corruptos en Latinoamérica, y en otras partes del mundo, se deben precisamente a eso. No son tanto problema de la estructura social, de las constituciones o los diseños políticos, sino de élites o poblaciones con una carencia verdaderamente crítica de hombres buenos, virtuosos, y, en cierta forma, santos.

Escrivá de Balaguer pensaba que el mundo está necesitado de santos; de personas que aunque defectuosas y frágiles como las demás, estén seriamente empeñadas en quemar sus vidas al servicio de Dios y los demás, con olvido de sí mismas y conscientes de que este noble afán demanda vivir las virtudes en su máxima expresión, es decir, hasta el heroísmo. Nota original de San Josemaría fue recordar que Cristo había llamado a todos a la santidad: “Sed perfectos como vuestro padre celestial es perfecto”. En consecuencia, se afanó en llenar al mundo de santos, pero no de sotana o hábitos, como solía concebírselos, sino de saco y corbata, de casco de obreros, de falda y pantalones corrientes. Para este fin creó el Opus Dei, para ayudar a los laicos a lograr la santidad en la vida ordinaria. 

Los santos son poderosos. La presencia de santos laicos, o de muchos hombres y mujeres corrientes empeñados en serlo, puede cambiar el mundo Imaginemos por un momento qué sería de nuestro país si llegáramos a tener un presidente santo, desprovisto de ambiciones de mando o privilegios, totalmente entregado al servicio de su pueblo sin buscar ninguna ventaja personal o familiar, totalmente honrado, incapaz de mentir, padre y esposo ejemplar, humilde, austero, etc. E imaginemos que también se rodeara de un gabinete de ministros santos, virtuosos, y que lo fuesen también los comandantes del ejército y la policía, los jueces del sistema judicial, la mayoría de los alcaldes, y los empresarios, y los obreros… ¿No cambiaría radicalmente el país? ¿No sería una verdadera revolución? 

¿Es este un ideal inalcanzable? Quizás, pero eso no lo hace menos válido o útil. El trazarse metas altas eleva. El atleta que busca denodadamente la medalla de oro quizás no la consiga, pero puede obtener la de plata, o la de bronce, o, en todo caso, tener un mejor desempeño que si no se hubiera propuesto ser el mejor. Jordan Peterson, psicólogo clínico de gran prestigio, ha expresado en términos no religiosos la importancia de que todos los seres humanos aspiren a lo más alto posible: “Trata de ser lo mejor que puedas ser; trata de empujarte hacia más, así encontrarás la plenitud, el sentido de tu vida, y las acciones capaces de redimir al mundo”. 

En el fondo el llamado de Peterson es a la perfección y coincide con el de san Josemaría. Este insistía en su predicación que la santidad, además de exigir ciertas normas de piedad, como por ejemplo, la oración diaria, también exigía que los laicos se afanasen por hacer sus trabajos seculares con la mayor perfección posible, como que lo estuviéramos haciendo para el mismo Dios. 

Es hora de reavivar el afán de santidad. De que los padres lo inculquen en sus hijos y los sistemas escolares en los alumnos. No disimularles las exigencias de este camino, que es “la ruta estrecha y empinada”, pero mostrándoles que es la que lleva a la plenitud, al cielo, o la felicidad última y suprema. El beneficio para ellos y para la sociedad será inmenso.

La tiranía de los Ortega terminará algún día. Lo más importante será entonces que quienes los reemplacen sean las personas más santas posibles. 

El autor fue ministro de educación y autor del libro Buscando la Tierra Prometida, (historia de Nicaragua 1492-2019) accesible en librerías y en Amazon.

Opinión
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