Columna de Dennis Martínez en el diario LA PRENSA

Columna de Dennis Martínez en el diario LA PRENSA

El dolor de estar lejos de tu patria

Si eso me afecta siendo un viejo de 67 años, es insignificante a la par de la travesía que viven los exiliados. Quisiera decir que sé por lo que pasan, pero sería un mentiroso, solo ellos saben lo que es perderlo todo y salir sin un rumbo claro

Cuando pienso en Nicaragua siempre me trae nostalgia de ese chamaco pequeño jugando descalzo en las calles de Granada con bola de calcetín, compartiendo con los vecinos como si fuéramos familia, yendo al colegio y divertirme con poco: rayuelas, el escondite o en los “chinos” del parque. Gracias al beisbol conseguí cosas impensables, alcancé lo que para muchos era imposible viniendo de una familia de recursos limitado, pero con un corazón de guerreros inquebrantables.

Han pasado cuatro años desde la última vez que fui a Nicaragua, que comí ese queso fresco saladito, los quesillos de Nagarote, un buen vaho, una fritanga y un vigorón con chicharrón crujiente. En esta última etapa mis prioridades de aportar al país fueron cambiando, ya no solo era un embajador del deporte en las Grandes Ligas como sucedió en mis tiempos de jugador activo, sino que estaba dedicado a desarrollar a la juventud con ligas colegiales, charlas motivacionales y fortalecimiento en la educación. Siempre he creído que esa es la clave para que un país de un salto importante al futuro. Viajaba prácticamente cada mes y pasaba temporadas largas junto a mi esposa. Y de repente ya no podía volver más porque mi seguridad corría peligro.

Si eso me afecta siendo un viejo de 67 años, es insignificante a la par de la travesía que viven los exiliados. Quisiera decir que sé por lo que pasan, pero sería un mentiroso, solo ellos saben lo que es perderlo todo y salir sin un rumbo claro. Yo me establecí fuera de Nicaragua por mis cualidades en la pelota hasta conseguir una solvencia económica adecuada y aun así añoro regresar, ahora pónganse a pensar en cada uno de los más de 100 mil compatriotas que han abandonado el país por miedo a ser encarcelados, por pensar diferente y se fueron sin tener nada, con la ilusión de forjar caminos que les den esperanza de vivir en paz. Muchos han muerto tratando de cruzar ríos, otros han pasado hambre, racismo y crisis depresivas. Otros no han podido con la carga y hasta se han suicidado.

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Siempre crecí escuchando que la vida era un boomerang: todo lo que hacía sería de vuelto tarde o temprano, ya sea el mal o el bien. ¿Será que entiendan los que están en el poder que en el futuro ellos podrían pasar ese mismo sufrimiento? Todo se paga, ya sea en la justicia terrenal o divina, pero nadie queda exento.

El dolor de estar lejos de tu patria es indescriptible, pero el nicaragüense es trabajador, no olvida sus raíces, cree en Dios y la virgen, y tiene mucha fe, esa fe que mueve montañas y, aunque esté lejos, sabe que más temprano que tarde volverá a pisar su tierra, a comer queso, vahó o nacatamal, pero esta vez libre, no como estaba la nación antes de partir.

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