No es primera vez que Semana Santa transcurre con poca santidad y mucho paganismo. Por numerosas décadas lleva siendo la semana que por sus parrandas y desenfreno alcohólico ha sido llamada sarcásticamente “zángana”. No siempre fue tan así. Hubo un tiempo en que los nicaragüenses la respetaban más. Recuerdo cómo —siete décadas atrás— el Jueves y el Viernes Santo se suspendían las fiestas mientras las radios transmitían música sacra o marchas fúnebres. Se veía entonces incompatible con el sentimiento cristiano, danzar y emborracharse en las fechas memorables de la pasión de Cristo.
Ya para la década de los sesenta se había evaporado dicho pudor. Desde entonces la música de cantinas y discotecas no cesa de atronar los balnearios todas las tardes y noches de la Semana Mayor. Siempre, es cierto, hay una minoría de señores y, sobre todo señoras, así como de gentes humildes, que participan en las liturgias y procesiones. Algunas, como la del Santo Entierro en León, todavía atraen multitudes. Pero el fervor auténtico parece patrimonio de pocos. Podría decirse que la mayoría de los nicaragüenses, aunque se confiesen verbalmente como cristianos, viven la Semana Santa como paganos. Se preparan para ella, pero no para vivir hondamente la conmemoración de los sufrimientos de su Redentor, sino para preparar las boquitas, tragos y amenidades con las que disfrutarán esos días de holgorio.
Esta realidad, que hoy nos parece natural, es síntoma de la creciente secularización o enfriamiento religioso que ha ido experimentando nuestra sociedad. Una observación del célebre Squier, el primer embajador de Estados Unidos en suelo nica y autor del maravilloso libro Nicaragua su gente y sus paisajes, ayuda a descubrir el contraste entre la devoción de 1849 y la de hoy. Esto es lo que vio cuando, a orillas del lago de Granada, cuando las campanas tocaron para el ángelus: “En un instante se apagaron todos los ecos; los jinetes sofrenaron sus caballos, de las manos de los marineros cayeron las velas, remos y mecates, el vigía se paró en seco, cántaros y tinajas quedaron a medio llenarse. Todo el mundo se quitó el sombrero y todos los labios musitaron ¡Ave María Purísima…! Algo como de magia tuvo el repentino silencio de la multitud y su absoluto recogimiento místico. Todo eso no podía sino emocionar profundamente al extranjero que por primera vez lo presenciaba”.
Quizás dicha religiosidad era meramente ritualista y poco relacionada con la conducta, lo que no es obstáculo para que nos preguntemos qué tan cristiana es la Nicaragua de hoy y, particularmente, qué tanto lo son las influyentes élites profesionales, empresariales y políticas. No por curiosidad histórica, sino por las repercusiones que esto tiene en la vida moral y hasta política de nuestra nación. La fe en Dios, y particularmente la cristiana, ha producido mejoras considerables en las conductas de los pueblos e individuos que la han asimilado de verdad. Una de las razones es que invita a seguir la vida de amor y verdad de su fundador, promoviendo una ética exigente y un particular respeto a la dignidad del ser humano. Alexander Solzhenitsin, el laureado escritor ruso, reflexionando sobre las grandes desgracias que trajo a su patria el comunismo, se hacía eco de lo que decían los mayores de su época: “Los hombres han olvidado a Dios, por eso ha pasado todo esto”. Añadiendo: “Hemos perdido el concepto de una entidad suprema que refrenaba nuestras pasiones e irresponsabilidad. Hemos puesto demasiadas esperanzas en nuestras reformas políticas y sociales, solo para encontrar que nos hemos privado de nuestra posesión más valiosa: nuestra vida espiritual”. No es casualidad que el siglo veinte, el siglo del ateísmo, haya presenciado los peores genocidios de la historia.
¿Estarán vinculadas nuestras desgracias nacionales a una pérdida generalizada de la fe en Dios y a la consecuente indiferencia a sus preceptos? ¿Esperamos demasiado de los cambios de gobierno y muy poco de los cambios en las personas? ¿Sufrimos una profunda crisis ética? Si es así, (algunos lo dudan) ¿será producto de la pérdida de lo trascendente? ¿Habrá producido esta Semana Santa más nicaragüenses dispuestos a luchar por enmendar sus vidas y ser sal y fermento transformador, o pasó sin dejar mayor rastro?
El autor fue ministro de Educación y autor del libro de historia de Nicaragua, Buscando la Tierra Prometida, de venta en librerías y en Amazon.