Los malos cálculos de un sátrapa

El primer gran error de Vladímir Putin fue mentir sobre su fingido desinterés y luego sobre sus motivos para invadir Ucrania, si bien injustos e impropios.  Tanto él como Lavrov (Serguei, su ministro de Exteriores)  aseguraban que Rusia no tenía intención de invadir Ucrania y que las denuncias de Occidente eran solo histeria.  

Zelensky (el presidente de Ucrania), al comienzo del conflicto pareció minimizar la amenaza, pidiendo calma a los gobiernos occidentales, hasta que ya no hubo lugar a dudas acerca de una realidad que resultó pasmosa.  La desinformación y propalación de noticias falsas por parte de Putin tiene sometidos a los ciudadanos rusos.  En Occidente solo algunos farsantes, autoritarios y populistas, pueden hacerse eco de tanta mentira, tergiversación y manipulación.  

Ucrania arrastra una pesada carga de corrupción. Esto fue suficiente para no ser aceptada por la UE y la OTAN tan rápido como hubiese querido Zelensky, el carismático comediante convertido en héroe, que cambió el curso de la invasión al oírsele exclamar: “Estamos solos”.  Este singular personaje pidió a su pueblo, con entereza, rechazar a los rusos de su territorio y luchar por los valores culturales y políticos de su país. La corrupción la propició adrede Putin a través de los oligarcas rusos y ucranianos,  y la falta de democracia la apañó a través del respaldo a títeres como Víktor Yanukóvich, quien huyó a Rusia y fue juzgado en ausencia por alta traición. Putin, con sus ironías y ofensas, jamás consideró como ejemplar la postura, la valentía y el patriotismo  de Volodimir Zelensky (44 años), un actor y productor de cine, desconocido como político.

Esta guerra no es de Rusia contra Ucrania, sino la guerra de Putin contra Ucrania, que él denomina “operación militar especial” para salvar a los ucranianos, un eufemismo, ya que sus verdaderos motivos son fortalecer y eternizarse en el poder absoluto, con un solo partido, a fin de restablecer el imperio soviético. Su primordial intención al anexarse Ucrania, como ya lo hizo con Crimea y Sebastopol, es ir contra las otras repúblicas exsoviéticas.  Ya tiene en su bolsillo a Bielorrusia, gracias al peón que Putin colocó en el poder. Como antecedente, no hay que olvidar las dos guerras de Chechenia y la guerra contra Georgia con ganancias territoriales. En Moldavia ya existe un bastión separatista que Putin está usando como reserva para la invasión de Ucrania, así como desde Bielorrusia se lanzó la ofensiva por la frontera norte del país, cerca de Kiev.  

Sin embargo, Putin no llegará lejos, algo pasará en el mediano plazo y sus planes de invadir Polonia y los países bálticos le seguirán quitando el sueño. En su megalomanía y perturbación se cree heredero del príncipe del Rus de Kiev, el “santo” Vladimir I (956-1015) y supone que es capaz de restablecer en una sola mano el poder político y el poder religioso de todas las Rusias, ya que el actual patriarca de Moscú, Kiril, en lugar de ser un pastor de almas, no es más que un oligarca más en la estructura del Kremlin. No es por casualidad que Putin haya levantado en el centro de Moscú un monumento a su homónimo, Vladimir I, personaje muy polémico por cierto entre los mismos rusos por ser un “señor de la guerra”, por el asesinato de sus familiares cercanos, violación de concubinas y cortesanas, y confiscación de bienes de sus detractores. El mismo sujeto que introdujo el cristianismo ortodoxo entre el pueblo eslavo y declarado santo en el año 988.

A Putin no le importa la vida de sus propios ciudadanos y soldados, mucho menos la de los que mueren y huyen de Ucrania a causa de las masacres atroces e indiscriminadas, con tal de conseguir su personal interés, no el de Rusia. La destrucción y la sangre derramada en suelo ucraniano solo puede compararse con la brutalidad y barbarie de las hordas de Atila (hace más de 1,500 años) y Genghis Khan (hace más de 800 años). Estas hordas procedían de muy lejos, pero Putin al decir que los ucranianos son un pueblo hermano, en efecto lo son por cercanía origen común, pero a la hora de perseguir sus aviesos y siniestros fines, no vacila en destruir y derramar sangre inocente y aun defender sus métodos vandálicos contra sus pares.

La soberbia de Putin no pudo ver ni de cerca que la resistencia y la valentía de los ucranianos es proverbial, digna de admiración, frente a un ejército fogueado y altamente blindado con todas las armas modernas. Ha llegado a casi un mes de lucha empantanada, pese a que según Putin era un paseo de dos o tres días para avasallar y esclavizar a Ucrania, olvidando que es el mismo pueblo eslavo. Se sabe que los militares rusos se desplazaron hasta las fronteras de Bielorrusia-Ucrania con el pretexto de ejercicios castrenses, lo cual no fue otro que el de la preparación para la invasión. Los soldados, traídos desde distantes rincones de Rusia, lejos del teatro de la guerra, no sabían por qué estaban allí ni por qué peleaban. Ellos fueron engañados. Esto explica su baja moral y su poca disposición de lucha a lo largo de casi un mes de contienda.

Otro gran error de Putin fue el de creer que los ucranianos saldrían a las calles a recibir alegremente a los rusos como salvadores, al son de cantos, vítores y flores. Tal como ocurrió en París cuando “la Ciudad Luz” fue liberada por las fuerzas aliadas en 1944. Todo lo contrario. A como están las cosas, Putin no logrará adueñarse, por la fuerza y el miedo, del territorio ucraniano, pero ha logrado para siempre el odio de los ucranianos. Odio a Putin y a todo lo que representa Rusia. Hitler estalló en ira al saber que París estaba intacta (Paris brûle-t-il?), pese a sus arteras instrucciones de arrasarla. Algo así puede pronosticarse en alguna medida para Kiev, “la Ciudad Dorada”, llamada así por las cúpulas de sus tantas iglesias.

Y finalmente, otro error más en la olla caliente de Putin: Europa se unió aún más. La OTAN, con los Estados Unidos de regreso, y ante la crisis, recuperó su status e influencia. La Unión Europea ha apoyado a Ucrania, sanciones aparte, en todas las formas posibles, sobre todo con ayuda humanitaria a la población dentro del país y a los que huyen del exterminio. Los Estados Unidos y la OTAN también se han comprometido en contener el genocidio de Putin, aunque sin acciones militares en el terreno, mediante duras sanciones y facilitando el armamento más eficaz, con la finalidad de provocar el derrumbe del desquiciado régimen moscovita. Y el mundo conmocionado y estupefacto ante esta guerra sin sentido, confía en la fuerza de la razón y la justicia al lado de Ucrania. 

El autor es analista internacional.

Opinión
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