Llegó hasta mí un libro fabuloso, a inicios de febrero. Estuve recorriéndolo y lo terminé el pasado 11 de febrero, sin percatarme de la fecha hasta ahora. El libro era una recopilación de muchas cartas escritas por Nelson Mandela en prisión, aunque se publicó hace cuatro años. El 11 de febrero se conmemoraba nada menos que la liberación Mandela en 1990, tras haber pasado entre rejas 27 años. Ingresó cuando tenía algo más de cuarenta años y salió de allí con poco más de 70. Que lo terminase ese día me pareció una coincidencia preciosa.
Las cartas de Mandela son de un vigor idealista y coherente difícil de describir. Hay desde reclamos por los abusos y restricciones ilegales sufridos en prisión hasta cartas de amor a su familia, principalmente, o de duelo, por la muerte de seres queridos. Entre ellos, el de uno de sus hijos, que murió en un accidente y a cuyo funeral, como al de su madre, Mandela no pudo asistir por impedimento de las autoridades racistas de aquel tiempo en Sudáfrica.
A Mandela le sentenciaron por traición al Estado, un delito que se acomodaba a cualquier acto opositor en contra del régimen establecido. Le calificaron de terrorista y saboteador por su lucha para una democracia con iguales derechos para blancos y negros. Si bien es cierto que coqueteó con algunas opciones radicales, durante su vida activista, fuera y dentro de la cárcel, trató siempre de mantener su opción por la lucha no violenta. Según refleja su trayectoria, así como sus palabras, esas convicciones sufrieron, cómo no, vaivenes, no exentos de amargura y contradicción. De hecho, llegó a considerar que si la lucha no violenta era infructuosa, el maligno apartheid tenía que ser derrotado tarde o temprano mediante una violencia controlada, como último recurso. Como tantos otros en su tiempo, le atrajo la figura de Fidel y el Che Guevara.
En la cárcel, sufrió torturas y hasta intentos de asesinato. Y también estudió leyes por correspondencia, profundizó en las lenguas habladas por otras comunidades distintas a la suya, y leyó todo lo que pudo, además de escribir. Hubo largos años en los que parecía un líder olvidado, incluso menospreciado por otros que conseguían popularidad de forma más efímera. En su alegato, el que leyó en su juicio ya había confesado que se sentía listo para morir. Si lo hubieran ejecutado, si lo hubieran desaparecido, como efectivamente intentaron, y no lo hubiesen encarcelado tanto tiempo, quién sabe qué otro Mandela habría surgido.
Sin embargo, durante su largo encarcelamiento y, posteriormente, tras su liberación y victoria electoral, Mandela se convirtió en el líder de la paz, el último político, hasta el momento, que ha logrado aglutinar la simpatía del mundo entero, la última figura en quien fijarnos a la hora de pensar en un liderazgo inspirador, un merecido heredero de Gandhi.
Tenía la sonrisa de un hombre sabio, de esos que saben que cualquier ser humano es capaz de hacer lo más hermoso y lo más execrable en el plazo de unas horas, de un solo día. Se había estudiado por dentro tanto y tan bien, que pudo comprender a los otros, incluso a sus adversarios, y acogerlos y respetarlos. En su mano estuvo la posibilidad de la venganza, la de cobrarse con sangre el largo sufrimiento sin límites que sufrió su pueblo. Pero optó por la otra mano, vacía y limpia, que soñaba la posibilidad de otros caminos. No hay mayor lucidez que la de un hombre de paz.
Muchas de sus cartas, incluso las que se refieren a cuestiones cotidianas, son entrañables. Sus hijas y nietas las leyeron públicamente, muchos años después, y aún no podían contener las sonrisas y las lágrimas por la sencillez y profundidad de las mismas. Escritas en condiciones inhumanas muchas veces y, otras, en un estado de soledad dolorosa, son verdaderos tratados de amor. Una energía arrebatada que se filtra por las paredes de aquellas celdas en la que estuvo preso y que le permitió volar.
Se trata de un manual de esa resiliencia que tanto se estima. Contiene, incluso en los momentos más sombríos, la esperanza de las personas que saben guiarse en la oscuridad con las luces de dentro.
¿Volveremos a ver a seres como él? Por supuesto. Y si aún no los distinguimos es porque la noche está muy oscura, y nos faltan esas luces por dentro que ellas y ellos llevan en los ojos. Pero los veremos. Están ahí. Siempre habrá un 11 de febrero para quienes traen en sus manos la posibilidad de otros caminos. Las veremos. Los veremos. No perdamos la esperanza.
El autor es periodista.