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Jesús, orgullo del Padre

El lenguaje de los símbolos es una realidad que hay que conocer. El Bautismo de Jesús, es un hecho lleno de una gran riqueza simbólica. Juan bautizaba en el Jordán invitando a la gente a la conversión (Mt.3,2; Lc.3,3-6).

La gente se sumergía en el agua como una respuesta a la llamada de Juan: El deseo de purificarse, de cambiar las actitudes erróneas tomadas en la vida, de asumir formas de ser y actuar distinta Jesús, al bautizarse, se une a la labor de Juan: Jesús se solidariza con el llamado de Juan a la conversión, al cambio de vida, de sentimientos, actitudes y corazón.

Con este mismo llamado de Juan, Jesús cambiará su vida privada e iniciará su vida pública proclamando la “Buena Noticia de Dios: “Conviértanse; el Reino de Dios está cerca” (Mc.1,14-15).

Jesús, al bautizarse, se identifica con todos aquellos que, al escuchar a Juan, se bautizan como signo del nuevo cambio que pretenden darle a la vida. Jesús apoya la actitud de todos aquellos que quieren sepultar en el agua todo un mundo viejo de infidelidad y de pecado.

Jesús, al bautizarse, estaba sepultando toda esa negra historia de Israel llena de infidelidad: “Pueblo de dura cerviz” (Ex.32,9) y dando comienzo a un nuevo pueblo y un nuevo hombre: el hombre que nace del “agua y del Espíritu” (Jn.3,5).

A raíz del Bautismo toda la vida de Jesús será un servicio fiel a Dios y a los hombres y un llamado permanente a la conversión del corazón de todos los hombres. Él será el primer hombre nuevo lleno del Espíritu de Dios.

Cuando Jesús salió del agua, “los cielos se rasgaban y el Espíritu, en forma de paloma, bajaba a él y vino una voz del cielo: Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (Lc 3,22, Mc.1,10).

Es una manera de hablar para decir que en ese Jesús bautizado cielo y tierra, Dios y hombres, ya están cercanos y unidos por el Espíritu.  En ese momento clave de su vida, allí, en el agua del Jordán, hecho uno más de los que estaban bautizándose, Jesús recibe además el espaldarazo del Padre: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (Mc.1,11).

El Padre se goza en su Hijo y no puede sino gritar que en ese Hijo suyo él se “complace”, le encanta su Hijo, se siente orgulloso de que su Hijo sea así y el Hijo es consciente de ello, sabe que, en verdad, el Padre le ama (Jn.10,17; 15,9).

El Padre se siente feliz de su Hijo. El Padre sabe que su Hijo nunca le va a traicionar y que su verdadera comida “es hacer la voluntad del Padre y llevar a cabo su obra” (Jn.4,34), y así lo hará hasta la misma cruz (Lc.23,46).

El Padre, en el Bautismo de Jesús, se siente orgulloso de su Hijo porque él es el modelo, el espejo en quien siempre toda persona debe mirar. En Jesús está simbolizado lo que es y debe ser todo aquel que quiera seguirle.

El Padre se siente orgulloso al ver cómo en Jesús empieza a llevarse a cabo el hombre nuevo que se deja guiar por el Espíritu. El Padre y Jesús viven en una perfecta y bella comunión: los dos son uno (Jn.10,30; 17,21), los dos sienten el orgullo de sentirse queridos mutuamente (Jn.15,9-10).

El mayor orgullo que podemos sentir de nosotros mismos está en que el Padre Dios se sienta también orgulloso de nosotros.  El mayor orgullo que podemos sentir de nosotros mismos está en que el Padre Dios se sienta orgulloso de nosotros y podamos oírle decirnos, como le dijo a Jesús: “Tú eres mi Hijo amado”.

El autor es sacerdote católico.

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