Si nuestro problema de fondo para construir una democracia estable es la falta de valores o moralidad de gran parte de nuestra población, ¿qué se puede hacer al respecto? Obviamente, la repuesta que brota espontánea es educar; cambiar los valores a través de la educación. Pero es más fácil decirlo que hacerlo: las dos escuelas de valores; la familia en primer lugar, y las escuelas en un distante segundo, están fallando gravemente en su misión.
Aunque las escuelas pueden contribuir a la transmisión de valores, es en el seno familiar donde el niño, desde su más tierna infancia, aprende cómo portarse: lo que debe o no hacer, lo que es permisible o prohibido, lo que es bueno o malo. Y sus maestros, que por razones de la psicología humana son tremendamente influyentes en sus primeros años, son sus padres y madres, o los adultos que hacen sus veces. Los niños suelen verlos como personajes poderosos, sabios; como modelos a imitar. Sus palabras, y, sobre todo, su ejemplo, los influyen decisivamente. Si el niño ve que sus mayores mienten con facilidad en el hogar, él casi automáticamente aprende que hacerlo no es malo, sino que puede ser muy conveniente. Si uno de sus progenitores llega con algo que robó en el supermercado, y el otro se lo celebra, la lección es clara: robar es viveza.
Se dice, correctamente, que la familia debe ser la primera escuela de virtudes. Pero esto presupone que tenga progenitores que las vivan y enseñen. Y aquí llegamos al meollo del problema: que tenemos un grave déficit de ellos. La familia, en Nicaragua, es predominantemente disfuncional. Las pocas estadísticas que tenemos son alarmantes: sólo el veinte por ciento de sus habitantes han sido criados por sus padres y madres biológicos, siendo el abandono paterno el principal culpable. La mayoría de las parejas que conviven no se casan. La mayoría de las uniones se rompen tarde o temprano. Muchos niños nacen de madres solteras y la mayoría de estas dan a luz en su adolescencia. Muchos niños, quizás la mayoría, han visto a sus padres llegar borrachos, han presenciado violencia doméstica, y han vivido inmersos en un medio donde la mentira y el robo son practicados y apañados constantemente.
Antropólogos como Oscar Lewis autor de La Cultura de la Pobreza y Edward Banfield, de Las Bases Morales de una Sociedad Atrasada, estudiosos uno, de los valores que predominan en los hogares urbanos pobres, y el otro, en el sur atrasado sur de Italia, han destacado, entre ellos, el inmediatismo; vivir el presente sin planificar el futuro. Otro es el “familismo amoral”; practicar la moral sólo con quienes comparten vínculos de sangre o parentesco, considerando a los de afuera cotos de caza donde todo es permisible. Tristemente, estas pautas culturales, o antivalores, tienden a perpetuarse pasando de padres a hijos.
Por si lo de la familia fuera poco, luego tenemos el problema de las escuelas formales. Aparte de que ellas difícilmente pueden enderezar niños que llegan con valores torcidos, sufren el déficit adicional de profesores que transmitan los rectos. Muchos de ellos, la mayoría, vienen de aquellos hogares disfuncionales donde han bebido la cultura de la pobreza antes mencionada. Por otro lado, no hay consenso nacional sobre lo que deben ser los contenidos prioritarios del proceso educativo y la transmisión de valores se margina o politiza.
¿Qué hacer entonces? Soluciones rápidas y fáciles no las hay. Cambiar una cultura es un proceso gradual que requiere claridad de metas y ciudadanos comprometidos a lograrlo. El primer desafío tendrá que ser, necesariamente, apuntalar las familias y recobrar su misión formativa. Tarea formidable, no sólo por la complejidad del problema, sino por la falta de interés en hacerlo. Quizás porque se piensa que es un tema que no compete a los políticos, ningún partido local, gobiernista o de oposición, ha planteado jamás propuestas orientadas a promover familias unidas. El segundo frente será hacer que la enseñanza de virtudes y valores sea el eje central del esfuerzo educativo. Trataré de abordar, en próximas entregas, formas de enfrentar ambos desafíos.
El autor, sociólogo y ex ministro de educación, es autor del libro “Buscando la Tierra Prometida” (Historia de Nicaragua 1492-2019), de venta en librerías y en Amazon.