Decía en mi artículo anterior (¿Por qué dictaduras? La Prensa 6,12,21) que el sistema democrático necesita de una ciudadanía con cierto nivel moral. Somos un pueblo con muchas cualidades, como generosidad, calor humano, espontaneidad y coraje. Pero también con muchos defectos, como falta de indignación ante el delito, individualismo, la propensión a la mentira, al robo, y a la hipocresía güegüense. Defectos que de no ser superados continuarán torpedeando nuestros esfuerzos por vivir en un país donde se respeten las leyes y prospere la democracia y la paz verdadera.
Tenemos pues que mejorar nuestra moralidad y crear una cultura democrática, en un pueblo con débil ética y que ha padecido una larga tradición autoritaria. ¿Cómo lograrlo? Cambiar una cultura no es fácil ni rápido. Requiere mucho esfuerzo, tiempo y perseverancia. Pero es algo en que se puede avanzar si hay claridad de metas y un puñado de ciudadanos —idealmente influyentes— decididos a conquistarlas.
La historia de la humanidad es pródiga en ejemplos de sociedades que pasaron de la barbarie a la civilización; Europa occidental, entre ellos. Los países escandinavos, citados muchas veces como modelos de civismo, fueron un día hogar de los terribles vikingos. Igual ha ocurrido con países que hoy brillan como Suiza, Inglaterra y muchos más. Todas tuvieron que superar pasados tormentosos; unos en siglos otros en décadas. A mediados del siglo XVIII, Adam Smith se preguntaba cuál era el origen, o causa, de la riqueza o prosperidad de las naciones. Algo similar han intentado otros autores sobre las causas de las civilizaciones más adelantadas.
Posiblemente el más notable Rodney Stark: The Victory of Reason (La Victoria de la Razón; cómo el cristianismo llevó a la libertad, al capitalismo y al triunfo de occidente). Aunque el cristianismo no obró solo, sino en conjunción con otros factores como el racionalismo griego y la fragmentación geográfica de Europa, es importante subrayar la contribución extraordinaria que tuvo la difusión de este credo en civilizarla así como lo haría después en América.
Alexis de Tocqueville, autor del clásico Democracia en América, indagó en detalle la sociedad norteamericana de comienzos del siglo XIX buscando las razones de su incipiente sistema político. Entre estas detectó la religiosidad de los “pilgrims” o peregrinos y, en general, de los pobladores del norte. La Biblia era el libro omnipresente en los hogares mientras los gobiernos municipales, en sus ordenanzas mandando la apertura de escuelas en todo asentamiento, decían en su preámbulo que “En América la religión es el camino al conocimiento, y la observación divina lleva a la libertad civil”. También obraba otro factor importante: la gran autonomía que los colones habían gozado desde sus inicios, lo que contribuyó a que desarrollasen una novel tradición de autogobierno. Esto sería un gran antídoto contra las dictaduras, pues como observase Stuart Mills: “Los deseos de un pueblo tenderán a rechazar la opresión, más bien que a oprimir, en proporción a como está acostumbrado a dirigir sus asuntos mediante su intervención activa, en lugar de dejarlos al gobierno”.
El influjo de la visión cristiana del hombre influyó también en la casi obsesión de los padres fundadores por crear un sistema político que limitara el poder de los gobernantes. Como el pecado original había dejado en todo ser humano una propensión al pecado era muy peligroso empoderar demasiado a un individuo o a un grupo. Se hacía pues imperativa la creación de un sistema que distribuyera el poder en varias ramas independientes entre sí y capaces de limitarse recíprocamente. Esta cautela, dicho sea de paso, es la que desprecian los sistemas totalitarios, comunistas y fascistas, al concentrar todo el poder en la vanguardia revolucionaria o en el caudillo.
Volviendo al caso de Nicaragua podríamos decir que ha faltado a su población —entre otras falencias— la necesaria formación ética y moral derivada del cristianismo. Las manifestaciones de religiosidad popular son engañosas. El pueblo nicaragüense, escribió un día Pablo Antonio Cuadra, “en su mayoría tiene sentimientos cristianos, pero no moral cristiana”. Ha faltado, también, la muy necesaria práctica del auto gobierno y otros elementos de la cultura democrática que habrá que seguir analizando para buscar caminos de libertad permanente.
El autor fue ministro de educación y escritor del libro “Buscando la Tierra Prometida” (Historia de Nicaragua 1492-2019) accesible en librerías y en Amazon.