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Daniel Ortega y Rosario Murillo. AFP

¿Qué hay detrás del 75 por ciento que se recetó Ortega como resultado electoral?

Daniel Ortega y su esposa y cogobernante, Rosario Murillo, según el Consejo Supremo Electoral, lograron el 75.87 por ciento de los votos, en unas elecciones que se caracterizaron por la escasa participación ciudadana a nivel nacional

En un país que arrastra tres años de crisis económica, que vive bajo constantes tensiones políticas, ataques y represión contra todo tipo de crítica y disidencia, y donde los recientes comicios generales fueron una jornada marcada por la abstención, según observación independiente, el resultado de 75 por ciento para un presidente que se estaba reeligiendo solo puede ser producto de su invención, valoraron diferentes analistas políticos.

Daniel Ortega y su esposa y cogobernante, Rosario Murillo, según el Consejo Supremo Electoral (CSE), lograron el 75.87 por ciento de los votos, en unas elecciones que se caracterizaron por la escasa participación ciudadana a nivel nacional. Según el organismo independiente Urnas Abiertas, dedicado al análisis electoral, la abstención fue de más del 80 por ciento, de un padrón 4.4 millones de votantes, mientras que el órgano electoral, bajo el control de Ortega, divulgó una participación del 65.26 por ciento.

El analista político internacional de origen boliviano, Hugo Acha, valoró que desde afuera se puede observar claramente una manipulación de los datos electorales, gracias al control que tiene el partido gobernante Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), que encabeza Ortega, del sistema electoral.

«La distorsión, el manipuleo, el monopolio de las bases de datos electorales, permiten estas aberraciones», manifestó Acha en declaraciones telefónicas a LA PRENSA.

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El analista aseveró que es inconsistente que un partido de larga trayectoria política, como lo es el FSLN, no se haya desgastado en el tiempo, y aún más tras los eventos de 2018, cuando Ortega ordenó la represión armada contra las protestas civiles, dejando más de 300 muertos, según un informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

«Lo lógico es que la mejor de las administraciones, por una cuestión esencial y humana, siempre tienen desgaste en la popularidad. La administración de lo público siempre tiende a degradarse así se haga la mejor de las gestiones, eso es normal, eso se entiende en cualquier democracia», agregó Acha.

El analista consideró que ni las mismas bases sandinistas se creen ese apoyo del 75 por ciento al régimen de Ortega.

Acha dijo que esta experiencia de voto alterado con exageración, para favorecer al partido gobernante, es la misma historia de Venezuela bajo el anterior régimen de Hugo Chávez y ahora con Nicolás Maduro, y también en elecciones de Cuba.

Otra mirada externa es del sociólogo y analista para América Central de Crisis Group, Tiziano Breda, quien expresó que es un muy difícil que en una elección democrática se de un resultado de 75 por ciento solo para un candidato.

«Se supone que cuando hay más pluralismo político y variedad de opciones, más difícil sería alcanzar un porcentaje tan alto», dijo Breda.

Por su parte, el analista político y disidente sandinista, Oscar René Vargas, no recuerda una elección democrática en la que el candidato presidencial haya logrado más de 70 por ciento; aunque sí destacó el caso del presidente de México, Manuel López Obrador, que ganó con 53 por ciento en 2018, y el expresidente de Brasil, Lula Da Silva (2003-2010), quien ganó su mandato en la segunda vuelta, con 60.82 por ciento de los votos.

Solo en países autoritarios

Vargas aseguró que un porcentaje de esa magnitud en una elección presidencial solo se ha dado en países que han tenido dictaduras militares.

«Los casos que conozco que han pasado del 75 por ciento son casos de países donde hay regímenes autoritarios, como Turquía o Bielorrusia o algún otro país africano o alguna dictadura como el caso de las dictaduras del Cono Sur que se reelegían los militares», manifestó el sociólogo.

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Vargas incluso apuntó que en las votaciones de 1984 —que también se dieron bajo un control férreo del FSLN—, «el sandinismo solo se atribuyó el 63 por ciento». En 1984 fue el primer proceso electoral tras el derrocamiento de la dictadura somocista.

Antecedentes estadísticos

Los mismos antecedentes estadísticos de las votaciones en Nicaragua confirman el ritmo que venían marcando de 1990 a 2006, en cambio, con Ortega en el poder hubo un salto improbable, favorecedor para el FSLN, en comicios que sobresalieron por denuncias y pruebas de fraudes electorales.

Entre 1990 y 2006, el FSLN se movía entre los márgenes de 40 a 38 por ciento, como voto duro sandinista, reconocido por diferentes analistas.

En 1990, el FSLN obtuvo el 40.82 % de votos, frente a un 54.74 de la Unión Nacional Opositora (UNO).

En 1996, el FSLN obtuvo 37.83 %, ante el 50.99 de la Alianza Liberal.

En 2001, el FSLN logró 42.28, ante el 56.31% del Partido Liberal Constitucionalista (PLC).

En 2006, el FSLN regresó al poder con 38 %, al dividirse el PLC que logra 27.11 % y Alianza Liberal Nicaragüense (ALN) que sacó 28.30 %, «o sea ganó por la división de la oposición que sumaban 55.41 % como oposición», valoró un analista político que solicitó ser citado como anónimo por temor a represalias.

El sociólogo Vargas confirmó que el último dato realista de la votación a favor de los sandinistas fue el de las elecciones presidenciales de 2006, cuando el FSLN regresó al poder con 38 por ciento y una oposición dividida.

«Después con el control de los poderes del Estado y eliminando a la oposición, fue inventando los números que se hicieron», aseguró Vargas.

Inicia el incremento

Tras regresar al poder en 2007, las votaciones posteriores situaron al FSLN arriba del 60 por ciento: 2011, 62.46 %; 2016, 72.5 % y este año, 75.87 %.

Detrás de cada una de esas votaciones, hay una historia de fraudes, exclusión y abuso de poder de parte de Ortega y su partido, según los críticos.

Otro analista bajo condición de anonimato recordó que en las elecciones presidenciales de 2011, el FSLN se declaró ganador con 62.46 por ciento «en una elección plagada de irregularidades».

«Ningún organismo serio de observación ni los partidos de oposición avalaron esos resultados y mucho menos se logró verificar semejante ventaja de 25 puntos porcentuales en relación con la última elección nacional», expresó.

Asimismo, la Misión de Observación de la Unión Europea enfatizó que los resultados de esas votaciones «eran inauditables por el ocultamiento sistemático de información por parte de la autoridad electoral» y también las calificó de «opacidad», que en lenguaje diplomático equivale a resultados oscuros o fraudulentos, según el analista.

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En los siguientes comicios presidenciales de 2016, el régimen orteguista no invitó observadores electorales internacionales ni concedió acreditación para observar a los organismos nacionales. Fue la primera vez que no hubo observación electoral internacional y el régimen comenzó a usar oficialmente la figura de «acompañante electoral», que es un participante extranjero que no puede hacer críticas al proceso.

Ese mismo año, cinco meses antes del día de las votaciones, Ortega llamó «sinvergüenzas» a los observadores electorales, aludiendo a la Unión Europea y a la OEA.

“Observadores sinvergüenzas. Aquí se acabó la observación, que vayan a observar a otros países”, dijo Ortega en su discurso en el congreso del FSLN, el 4 de junio de 2016.

Ya en los comicios municipales de 2008 el país había tenido la primera experiencia de fraude bajo el gobierno de Ortega. El analista anónimo manifestó que las municipales de 2008 son consideradas hasta el día de hoy «el fraude mejor documentado» y «hasta magistrados liberales lo denunciaron».

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Para el analista político, los resultados de las recientes votaciones del 7 de noviembre son igualmente de inéditos como los de 2016.

«Al no permitir ni cobertura de medios independientes, observadores calificados y creíbles, se adjudican un 75 por ciento de los votos, premian el pacto con el PLC con 14.4 por ciento y a sus clones le distribuyen un 19 por ciento de votos», dijo el analista.

Ya no hay voto duro

Un opositor que también pidió a LA PRENSA ocultar su nombre por temor a represalias, coincidió con los anteriores analistas en que por 16 años se pudo comprobar que el FSLN no variaba su base electoral de 38 por ciento, que correspondía a sandinistas de convicción, pero también de personas que no estaban satisfechas con los gobiernos liberales y que veían en el sandinismo un cambio.

Pero, según el opositor, esta base fue cambiando cuando los dirigentes del FSLN también se fueron enriqueciendo tras volver al poder en 2007 y en 2018 muchos disidentes terminaron de convencerse de que el FSLN ya no debía ser una opción.

El opositor aseguró que el voto actual a favor de Ortega es disperso y por conveniencia, de personas que siguen apoyando a Ortega por clientelismo político o porque ellos o sus familiares tienen trabajo en las instituciones públicas.

«En las filas del Frente Sandinista no hay seguridad de un voto duro a diferencia de los años anteriores, porque ha habido un transición, muchos militantes han abierto los ojos», valoró el opositor.

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