¿Votar por la gran mentira?

Grande, grandísima, fue la sorpresa que me llevé en las pasadas elecciones de 2016. No podía creer lo que veía. En las previas del 2011, cuando el candidato opositor era Fabio Gadea Mantilla, yo había asumido la tarea de apoyar logísticamente a los fiscales liberales de 35 Juntas Receptoras de Votos. Era en barrios populares cercanos al centro cívico de Managua y a Julio Martínez. Empecé con retraso mi labor pues, al votar temprano en la junta que me correspondía, comarca del Cañón, Carretera Sur, las filas de votantes era inmensas. Grandes también eran las que después encontré en todas partes; particularmente en el Instituto Benjamín Zeledón, donde operaban cinco juntas. 

Al aproximarse las elecciones de 2016, y a pesar de que la firma encuestadora prosandinista, M&R anunciaba que el 70 por ciento de los nicaragüenses votaría por Ortega, su Corte Suprema de Justicia decapitó inesperadamente al principal partido de oposición, el PLI jefeado por Eduardo Montealegre. Quedaron para competir entonces solamente los candidatos zancudos de siempre, lo que hizo prever una fuerte abstención electoral. Curioso de ver si esto ocurriría, decidí repetir ahora el mismo recorrido de cinco años atrás. Comencé en el Cañón, y fue allí donde experimenté la primera gran sorpresa: donde antes habían sufrido el inclemente sol filas interminables de ciudadanos, ahora no había pocas personas esperando; ¡no había nadie! Literalmente no daba crédito a mis ojos: ¡Nadie! Seguí entonces mi recorrido de inspección y me pareció estar viviendo una experiencia surrealista: locales vacíos con fiscales deteniéndose aburridos las quijadas, locales con filas de dos, tres, acaso cinco personas, cuando antes había visto más de cincuenta. Un cambio radical que yo, con toda mi imaginación y fantasía, jamás hubiera previsto. Otras muchas personas fueron testigos del mismo fenómeno e igual fue reportado por fotografía en los medios independientes del país. 

Pero al día siguiente, el CSE (Consejo Supremo Electoral) de Ortega tuvo la desfachatez de anunciar que la participación electoral había sido mayor que la anterior. 2,578,445 supuestos votantes en 2016 contra los 2,378,134 del 2011. Fue una mentira colosal, pero no tan grande como la que vamos a experimentar este próximo domingo. Esta vez se van a superar todas las marcas: no uno, sino seis candidatos opositores inhibidos y arrestados, no uno, sino tres partidos políticos privados de personalidad jurídica, no una o dos, sino seis misiones periodísticas prohibidas de ingresar al país, incluyendo a reporteros del pro liberal New York Times, cero observaciones internacionales, total prohibición de movilización, decenas de líderes opositores tras las rejas, LA PRENSA intervenida y los medios independientes anulados. Algo más: un candidato que si antes podía presumir de tener casi el cuarenta por ciento de los votos, ahora difícilmente podrá pasar del veinte —como lo demostró recientemente la última encuesta de CID-Gallup— y un electorado más decidido que nunca a no votar, pues sabe que la forma más efectiva de protestar una farsa es negándose a participar en ella. Ir a votar, aunque sea a manchar la boleta, añadirá número a las colas y le hará el juego al intento gubernamental de mostrar una gran participación. 

La dictadura hará todo lo posible por disimular la inevitable abstención. Intimidarán a los empleados públicos usando sus comisarios para denunciar a quienes no se manchen el dedo, transportarán a militantes de un lugar a otro para dar la impresión de colas grandes y fotografiarlas, amenazarán de mil formas a quienes no voten, etc. Después, esa misma noche o al día siguiente, dirán que votaron por ellos alrededor de dos millones, cuando estadísticamente no pasarán del medio. También regalarán porcentajes de votos, ¿diez, quince, por ciento? a los amigos zancudos, aunque juntos no pasen del cinco. La negativa a la observación internacional fue, precisamente, para poder hacer todas estas cosas. Pero el pueblo sabrá defenderse. Muchos empleados públicos mancharán sus dedos, pero en sus casas, muchos ciudadanos documentarán con fotos de sus celulares la gran abstención y, lo más importante: el grueso del pueblo se quedará valientemente en sus casas como expresión de su digna negativa a ser comparsas del circo, o cómplices de la gran mentira. 

El autor fue ministro de Educación y es autor del libro Buscando la Tierra Prometida, Historia de Nicaragua 1492-2019.

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