¿Quo Vadis FSLN, Ejército?

¿Dónde vas? Fueron las palabras que conforme a la tradición escuchó a Jesús el apóstol Pedro mientras huía de Roma. ¿Saben los sandinistas y los militares a dónde vamos y a dónde van? ¿Saben qué les puede deparar el futuro con los Ortega Murillo a la cabeza?

Predecir el futuro es difícil. Son tan comunes los imponderables, los eventos inesperados que, de pronto, cambian radicalmente las cosas y nuestros planes. Sin embargo, es un ejercicio conveniente tratar de visualizar el futuro; considerar los posibles o más probables escenarios. Hacerlo es parte de la virtud de la prudencia. Al fumador empedernido le ayudaría saber que en su futuro el cáncer tiene una alta probabilidad de matarlo.

¿Estarán los círculos de poder afines a los OrMU —militantes, burócratas, militares— analizando los posibles escenarios a donde los pueden llevar las decisiones de sus jefes? Antes ellos con placer, y el pueblo con ira o resignación, sabían que los OrMu pensaban aferrarse indefinidamente al poder, perspectiva lamentable, pero posible de conseguir sin demasiados sobresaltos. Como Somoza García, quien consiguió prolongar su mando con negociaciones con los conservadores y medidas relativamente blandas. Pero ahora, ante el asombro universal, y por razones que solo ellos, y tal vez sus más íntimos conocen, los OrMu decidieron pulverizar completamente y sin disimulo la credibilidad de las elecciones, y desatar una represión que, aún antes de la captura de los líderes del sector privado, llevó a Joseph Borrel, jefe de asuntos exteriores de la Unión Europea, a considerar la dictadura de Ortega como “una de las peores del mundo”.

Estas innecesarias e insanas decisiones de la pareja están llevando a todos, orteguistas incluidos, a enfrentar una realidad más problemática, incierta y distinta, que la de años atrás, y a consecuencias potencialmente graves. Una de ellas es el repudio y el aislamiento internacional. ¿No es suficientemente elocuente que en la reciente votación en la OEA 26 países hayan condenado al régimen y que ni uno solo haya votado a su favor? ¿Que también Estados Unidos, Canadá y la Unión Europea (toda la Europa democrática) consideren ilegítimas las próximas elecciones? Como corolario de su desacertada política represiva los Ortega Murillo también han minado aún más su popularidad interna. Lo evidenció la reciente encuesta de CID-Gallup. Hoy no pasa del 20 por ciento quienes los apoyan.

Otras consecuencias previsibles serán el estancamiento económico. Las inversiones extranjeras y locales se contraerán aún más. Igual la ayuda externa. Esto significará, en el mejor de los casos, mantener iguales los niveles de pobreza, y, en el más probable, hundir más nicaragüenses en la miseria. Junto con ello vendrán más sanciones. Aunque el proyecto de Ley Renacer podría autorizar la suspensión del tratado DR-Cafta, es muy improbable —e indeseable— que esto ocurra pues dejaría centenares de miles desempleados. Sin embargo, es probable la multiplicación de las sanciones personales: privación de visas a EE. UU. y Europa, congelamiento de cuentas, y castigos a empresas asociadas con los Ortega o sus colaboradores cercanos. También son probables acciones punitivas contra más miembros del Ejército e incluso contra sus inversiones y fondos institucionales. Porque, en último análisis, la verdadera y más fuerte fuente del poder de Ortega es la fidelidad de la cúpula militar. La violencia, que suele asomar su cabeza cuando se cierran todas las puertas cívicas, es otra posibilidad que no hay que descartar.

Pensando entonces en el futuro, ¿valdrá la pena para el estamento militar, y muchos otros profesionales y burócratas, exponerse a esas sanciones y ligar sus fortunas a la de una pareja impopular y pronto senil, que ya no tiene nada que ofrecer y cuyo empecinamiento en no soltar el poder solo puede causar más daños?

Parece tarde y es, indudablemente difícil, cambiar dirección. Pero es posible, con una buena dosis no solo de buena voluntad sino de realismo, enrumbar la nave hacia un mar donde vuelva la prosperidad y una paz sin Akas. Porque a nadie, ni a los mismos dictadores les conviene el rumbo actual. ¿No se preguntarán qué imagen quieren dejar a la posteridad y cómo cerrar honrosamente el último capítulo de sus vidas?

El autor fue ministro de Educación y es autor del libro de historia de Nicaragua, Buscando la Tierra Prometida.

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