No solo la comunidad internacional, no solo la oposición nicaragüense, sino que todos, todos; todo ser pensante, incluyendo los propios orteguistas, saben que las próximas elecciones serán un circo. Lo sabe bien la pareja gobernante. Lo saben bien los círculos que los rodean: los Wálmaro Gutierrez, Bayardo Arce, Gustavo Porras, toda la nomenclatura gobiernista; lo sabe Grigsby, Pastora y todos sus voceros. Lo saben los altos y bajos mandos del Ejército, Avilés y todo su círculo, lo sabe toda la Policía, los ministros, los mandos partidarios, comisarios, militantes del FSLN grandes y pequeños.
Todos ellos saben, comenzando por el más de arriba, que el comandante no es popular. Que es sumamente impopular. Que es mayoritariamente detestado. Que jamás le ganaría a cualquier candidato de la verdadera oposición. Si creyeran lo contrario ellos mismos se apresurarían a celebrar comicios libres y observados. Pero como saben la verdad, han apresado a los candidatos opositores, cancelado los partidos que podían hacerle competencia, y negado la observación internacional. Y lo han hecho a pesar de tener que pagar un alto costo político y exponerse a ser desconocidos y repudiados por la comunidad internacional. Porque no tenían más remedio. Elecciones libres para el impopular eran un NO, NO.
Saben también que los previsibles resultados ya están discutidos, calculados y decididos: cuántos votos le darán a Ortega, cuántos diputados, cuántos escaños les regalarán a los zancudos colaboracionistas. Harán la distribución que les convenga, con alguno que otro maquillaje.
Todo eso lo saben todos. No lo pueden disimular, aunque harán la mueca forzada de estar convencidos que el pueblo eligió una vez más al comandante. El canciller Moncada, como el títere de un ventrílocuo, dirá que participaron muchos partidos y que el proceso fue transparente como el agua. Pero ellos saben que no es así. Y saben que nadie les cree, pero que tienen que hacer el teatro.
Esto no hace a todos los que avalen la próxima farsa un ejército de mentirosos. El que miente trata de engañar. Falsea la realidad, pero aspira a que nadie lo descubra. Esto claramente no es el caso. Ellos saben que a nadie engañan, por lo que caen en otra categoría; la de los cínicos. El diccionario define como cinismo la “Actitud de la persona que miente con descaro y defiende o practica de forma descarada, impúdica y deshonesta algo que merece general desaprobación”.
El mentiroso ya es suficientemente malo. Quien lo es cotidianamente exhibe una gran degradación moral. La mentira, en la teología cristiana, es propia de satanás, a quien se le llama “padre de la mentira”. Pero el cínico desciende aún más en la escala. Su mentira descarada demuestra además un desprecio absoluto hacia los demás; un irrespeto profundo a la dignidad de las personas. El cínico típicamente sonríe. Así sonreirán ante las cámaras quienes celebren y anuncien la aplastante victoria del comandante. En el fondo se estarán burlando de todos; de su propio pueblo, de los extranjeros, de Dios mismo, quien es verdad y aborrece la mentira. Acordémonos cómo el buen y dulce Jesús tronaba contra los hipócritas.
¿Experimentarán, quienes así actúan, algún tipo de incomodidad o pena moral? ¿Qué sienten internamente los Wálmaro, o cualquiera que colabore con el régimen, cuando afirman que tenemos elecciones libres a sabiendas de que mienten y que nadie les cree? ¿Podrán estos personajes mirar a sus hijos en los ojos y decirles sin parpadear que están haciendo lo correcto?
Ojalá que, al menos en lo más recóndito de su conciencia, sientan un poco de vergüenza. Si ni eso queda, entramos en la tragedia; la de una nación regida por personas que han perdido todo rubor moral. Hay personas que, aunque malas, tienen la capacidad de avergonzarse de sus malas acciones. Es cuando esta pena ya no existe que la degradación toca fondo.
El autor es sociólogo. Exministro de Educación.