Reflexiones históricas: La segunda desilusión gringa

Las intervenciones norteamericanas en Nicaragua, motivadas por temor a que la turbulencia política del país pusiera en riesgo su hegemonía sobre una zona canalera vital, buscaron estabilizar el país dotándolo de un sistema electoral y un ejército apolítico.

Creyéndolo logrado tras 13 años de intervención, los marines se retiraron el 3 de agosto de 1925, sin sospechar que siete semanas después un golpe de Emiliano Chamorro haría trizas la precaria institucionalidad y precipitaría al país en otra terrible guerra.

Ante una insurrección liberal armada por el presidente mexicano Plutarco Elías Calles, EE. UU. trató de solucionar el conflicto ofertando elecciones supervisadas. Para ello, invitaron a liberales y conservadores a discutirlas en el barco de guerra Denver. Todo marchaba bien hasta que los liberales, animados por Calles, optaron por continuar la guerra. EE. UU. volvió a intervenir entonces en 1926. Su propósito no era apoyar a ningún bando sino forzar un arreglo. El presidente Coolidge lo explicó: “Nosotros no estamos haciendo la guerra a Nicaragua, igual que los policías en la calle no hacen guerra a los que transitan”. En realidad, sus marines nunca trabaron combate.

Buscando abortar la guerra Coolidge mandó a uno de sus más calificados diplomáticos, Henry Stimson. Su objetivo era el mismo: convencer a liberales y conservadores a que saldaran sus diferencias a través de elecciones garantizadas por EE. UU. Advertido por sus líderes “que Nicaragua nunca había tenido una elección libre”, Stimson concluyó que montar un sistema electoral limpio solucionaría la crónica inestabilidad del país. “Es legítimo esperar”, dijo, “que si se pudiese celebrar una elección justa, esta serviría como guía a los nicaragüenses… y habiéndole mostrado los americanos que eran posibles, se animarían en el futuro a adoptar permanentemente un sistema de elecciones libres… El salvar a una nación de la anarquía; el terminar con un vicio político centenario que había destruido una posible democracia… todo esto me parecía una meta digna de todo esfuerzo”.

Su esfuerzo rindió frutos. En mayo de 1927, el jefe máximo liberal, Moncada, aceptó en el Espino Negro la salida electoral. 14 de sus 15 generales encontraron razonable el acuerdo. La excepción fue Sandino, no tanto porque EE. UU. vigilara las elecciones, sino porque quedaría provisoriamente en el poder su detestado presidente Díaz. Esto lo comprueba una carta que dirigió a la comandancia norteamericana pidiéndole que ellos, sin Díaz, manejaran las elecciones. Luego, enemistado con Moncada, cambiaría su discurso centrándolo en la defensa de la soberanía.

Hubo elecciones libres en 1928 —que Sandino y su sicario Pedrón trataron de sabotear con amenazas de muerte y asesinando a tres connotados liberales—. La ironía del destino es que los liberales las ganaron, cosa que hubiesen podido lograr desde 1926, en el Denver, ahorrándole al país torrentes de sangre. En noviembre de 1932 se volvieron a efectuar elecciones supervisadas —las segundas libres en la historia del país— y otra vez ganaron los liberales. Parecía que se había aprendido una lección muy importante: que comicios confiables eran el camino para evitar guerras y cimentar la paz.

Quedaba ahora pendiente otro componente indispensable para la estabilidad: un ejército apolítico. Para lograrlo EE. UU. se propuso crear una Guardia Nacional (GN), profesional e integrada por una proporción igual de oficiales conservadores y liberales. El experimento comenzó a deteriorarse cuando el nuevo presidente Sacasa alteró la composición del estado mayor a favor de oficiales liberales. Luego se complicó más cuando el general Anastasio Somoza G., escogido por la delegación norteamericana como jefe de la GN, dio más tarde un golpe a Sacasa. La historiografía izquierdista lo presenta como un dictador impuesto por los gringos. Es más veraz decir que se les escapó de las manos. Como diría John J. Tierney: “Él hizo lo que la mayoría de los aspirantes a políticos hicieron… antes que él: usar a Washington como una palanca política para promover sus propias ambiciones…”. Es cierto que como producto de la guerra fría gozó de la simpatía de algunos presidentes norteamericanos, pero el apoyo que recibió en armas y recursos fue sumamente modesto. Su dictadura no fue tanto producto de la intervención externa, sino de una cultura política que ha desilusionado repetidamente a quienes buscan democracia. Esperemos que los patriotas nicaragüenses la cambien.

El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua, 1492-2018.

Opinión Emiliano Chamorro Guardia Nacional Nicaragua archivo

COMENTARIOS

  1. Hace 5 años

    Es increible. Alguien dijo que los Estados Unidos no tienen amigos, tienen intereses. Ahora resulta para este Ministro de Educacion, que todas las intervenciones en Nicaragua fueron por el bienestar de los Nicaraguenses y debemos estar agradecidos. Es increible.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí