Miguel Larreynaga nació en la ciudad de León, el 29 de septiembre de 1771. Hijo único y legítimo de Joaquín Larreynaga y de Manuela de Balmaceda y Silva, su nacimiento costó la vida a su madre y, antes de ver la luz, había perdido a su padre; de modo que fue hijo póstumo. Quedó, al principio, al cuidado de su abuelo paterno y unas tías solteronas llevaron al niño Miguel a vivir a Telica durante los primeros cuatro años de su vida, de donde proviene el error que atribuye a Telica la cuna de Larreynaga.
De regreso a León, su abuelo materno, capitán Baltasar de Silva, se encargó de su educación. Con un religioso del convento de La Merced aprende a leer y escribir a la edad de cinco años. En ese mismo convento concluye sus estudios de primaria y, a los diez años ingresa en el Seminario Conciliar de San Ramón, la institución educativa de mayor prestigio de su época, donde estudia Gramática Latina y Filosofía. A los 18 años inicia su carrera docente en el propio Seminario al asumir las cátedras de Filosofía y Geometría, pero al poco tiempo viaja a Guatemala para dar principio a sus estudios superiores.
En la Universidad de San Carlos de Guatemala, Larreynaga se destaca como brillante estudiante. En 1798 obtiene el bachillerato en ambos derechos, civil y eclesiástico, a los 27 años de edad. En 1801, a los 30 años se graduó de abogado en la misma Universidad.
El licenciado Miguel Larreynaga fue un servidor público de larga trayectoria, que ocupó varias posiciones oficiales durante la colonia; en el gobierno de la República Federal de Centroamérica; en el Imperio Mexicano, a raíz de la Anexión de Centroamérica al Imperio de Iturbide; en el Estado de Guatemala y en el llamado “sexto Estado”, es decir el “Estado de Los Altos”, de efímera existencia.
El cargo que desempeñó por más tiempo fue el de Relator de la Real Audiencia, cargo que desempeñó por diez y nueve años. Fue entonces que escribió su utilísimo opúsculo sobre “Método de extractar las causas”, que fue de uso común entre los estudiantes de Derecho de la Universidad de San Carlos de Guatemala por muchas décadas.
Larreynaga fue electo diputado a las Cortes de Cádiz por la provincia de Nicaragua. Su viaje a España no tuvo que ver con las Cortes, pues estas fueron disueltas en 1814 por Fernando VII. En realidad, el viaje tenía como principal propósito hacer que se reconocieran sus méritos como funcionario colonial e insistir en la solicitud de una plaza togada. El viaje lo realizó en febrero de 1818. La travesía fue muy penosa, pues la fragata en que se embarcó estuvo a punto de naufragar por causa de una terrible tormenta, de la cual Larreynaga tenía un horrendo recuerdo. Antes de emprender el viaje donó su biblioteca a la Universidad de León.
Larreynaga regresó a Guatemala el 15 de agosto de 1821, un mes antes de la proclamación de la Independencia y logró su objetivo: obtuvo del Rey el nombramiento de Oidor tercero de la Real Audiencia de Guatemala. Fue en este carácter que Larreynaga asistió, el 15 de Septiembre a la reunión convocada por el Capitán General Gabino Gaínza. En la reunión Larreynaga se pronunció a favor de la declaración inmediata de la Independencia, respaldando la propuesta del canónigo español José María Castilla, en contra de la opinión de José Cecilio del Valle, quien propuso que antes de declarar la Independencia se consultara a las Provincias.
Larreynaga, además del latín, sabía griego, inglés y francés. Al morir, el 28 de abril de 1847, aún se desempeñaba como juez de Alzadas del Consulado de Comercio. Murió como consecuencia de un fuerte resfriado a los setenta y cinco años de edad, gozando de justa fama de hombre probo y sabio, al extremo que a Larreynaga, junto a José Cecilio del Valle, se les considera como los intelectuales más ilustrados de su tiempo en Centroamérica y prototipos del universitario de la época.
Su discípulo Ignacio Gómez, escribió la siguiente semblanza del licenciado Larreynaga y que, posiblemente refleja el sentir de sus contemporáneos, en relación con la personalidad de nuestro prócer: “Ciudadano pacífico, su larga vida fue consagrada a la filosofía y la virtud. Irreprochable en su conducta privada, firme en el cumplimiento de sus deberes públicos… Frugal en sus alimentos, sencillo en su vestido y en sus hábitos, cultivó con ardor el estudio; y los libros y la pluma llenaban con placer sus días”… “Su casa era el asilo de paz contra los embates de los partidos, contra la tempestad de la discordia civil. En ella recibía con agasajo a todas horas a cuantos le buscaban, fuese para consultarle sobre negocios judiciales o “asuntos públicos”… “El Sr. Larreynaga gozó, en general, de buena salud. En su postrera enfermedad nunca perdió el juicio, ni aún la noche de su muerte”… “Se levantaba siempre entre las cinco y las seis de la mañana y seguidamente bebía su favorito chocolate, siempre frío, con un pedazo de pan, de un día, y, si posible de dos. Nada tomaba caliente, imitando en esto, decía, a la naturaleza, cuyos seres irracionales nada caliente comen ni beben y se mantienen en buena salud. No acompañaba nunca el chocolate almuerzo alguno, ni volvía a tomar alimento sino hasta la una o una y media de la tarde, que comía. Nunca probó ninguna clase de licor espirituoso, y solo un año antes de morir se le convenció a que tomase café. A las ocho de la noche volvía a tomar un ligerísimo alimento; y como jamás trabajaba con luz artificial, se acostaba temprano, salvo cuando los amigos de La Tertulia le entretenían un poco de más tiempo que el regular”.
Larreynaga dejó una amplia bibliografía que, por razones de espacio reseñaremos en otro artículo. Además, don Miguel dejó nueve volúmenes de apuntes sueltos manuscritos sobre materias legales, políticas, literarias y científicas, empastados en cuarto mayor. Estos volúmenes fueron adquiridos por el Gobierno de Nicaragua en 1968, mediante el pago de la suma de tres mil dólares a la biznieta del prócer, doña Esperanza Larreynaga de Zeceña, y traídos a Nicaragua por el entonces director del Archivo General de la Nación, don Alberto Bendaña. En esa misma oportunidad, la biznieta del prócer entregó a Bendaña un retrato al óleo de Larreynaga, obra del pintor guatemalteco Montúfar, y para el cual posó el prócer, como obsequio para la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, que recién acababa de inaugurar el nuevo edificio de su Facultad de Derecho, dando el nombre de Larreynaga al salón principal del nuevo edificio, que más tarde albergó la biblioteca de la Facultad.
En 1980, por iniciativa de quien escribe, los 9 tomos fueron localizados por el entonces presidente del Banco Central, doctor Arturo Cruz Porras, en las bóvedas de dicho Banco, a donde parece ser que la familia Somoza los remitió antes de abandonar el país. El célebre retrato preside la Sala de Juntas de la Biblioteca del Banco Central.
El autor es jurista.