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Nicaragua vive tiempos difíciles. En esta columna me gustaría hablar de deportes, pero los tiempos y las circunstancias ponen en mi corazón otro tipo de palabras. Vivimos momentos impredecibles, circunstancias que cambian constantemente, estamos detenidos mientras la moneda del futuro está en el aire. Unos creerán en el destino, otros en la suerte, pero yo creo en Dios. Afganistán nos tiene con el corazón partido, Haití a la expectativa con los muertos por el terremoto, Venezuela embriagada por el manto oscuro de una negociación poco confiable y, los nicaragüenses en el terruño, siendo abofeteados sin piedad con presos injustos y medidas cada vez más sinsentido.
Relata la Biblia en Lucas que Jesús se fue a orar a la montaña toda la noche para luego reunir a sus discípulos. Ahí inició con una charla sobre las necesidades del pueblo, de los hambrientos, desposeídos, luego saltó hacia el amor a nuestros enemigos, bendecir a quien los maldijera, y orar por quienes los maltrataran. Y en ese momento dijo la frase contundente: “Y al que te hiriere en la mejilla, dale también la otra”. Muchos nicaragüenses conociendo o no de las escrituras han seguido ese ejemplo. Nicaragua entera está poniendo la otra mejilla ante unas personas que tienen los resortes de poder que en vez de ayudar al desarrollo de un país lo destruyen día con día.
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En momentos así es donde debemos tener fe, aferrarnos a nuestra espiritualidad, a orar sin cesar y a unirnos como familia. Yo soy católico y creo en que la Virgen intercederá por todos, pero no importa de qué religión sea usted, refúgiese en su fe para que la luz brille sobre Nicaragua. Ya Francisco Báez había adelantado que en Nicaragua “habían lobos feroces dispuestos a devorar y destrozar”, pero también está “Jesucristo buen pastor para que conduzca a Nicaragua hacia verdes praderas”.
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