El miércoles 7 de julio en horas de la madrugada, el presidente de Haití, Jovenel Moise, fue asesinado en su residencia mientras dormía junto a su esposa.
Según las informaciones de fuentes oficiales, este magnicidio —como se denomina el asesinato de un jefe de Estado o de Gobierno, o de cualquier “persona muy importante por su cargo o poder”— fue perpetrado por una banda de mercenarios, en su mayoría exmilitares colombianos y al menos dos estadunidenses de origen haitiano.
Este ha sido el segundo magnicidio en la historia de Haití. El 27 de julio de 1915, el entonces presidente Jean Vilbrum Guillaume San fue linchado por una turba furiosa que lo sacó de la Embajada de Francia, donde se había refugiado después de ser derrocado violentamente tras ordenar la ejecución en la cárcel de 167 presos políticos.
Haití es el Estado más antiguo de América Latina, pues se constituyó en 1804, cuando fue proclamada la independencia nacional. Pero desde entonces han sido muy breves los períodos de estabilidad política y buena gobernanza democrática, por lo cual tiene a la población más pobre de América Latina con Nicaragua siguiéndole los pasos.
De manera que el asesinato del presidente Moise ha ocurrido en “un contexto político marcado por la anarquía y una sociedad sumida en el caos”, según explicó el analista político haitiano Joseph Harold Pierre al periodista uruguayo Jerónimo Giorgi, del medio digital Latinoamérica 21.
Dice Pierre que en Haití las bandas criminales tienen más poder que cualquier autoridad del Estado, y con el vacío de poder creado por el asesinato del presidente, terminarán apropiándose de lo poco que quedaba de ese país.
Ciertamente, en Haití hay un vacío de poder de hecho. Dos primeros ministros igualmente ilegítimos se disputan la jefatura del gobierno. El Tribunal Constitucional y el Consejo Electoral están disueltos. Por falta de elecciones para constituirlo no existe el poder legislativo que constitucionalmente forman la Cámara de Diputados y el Senado. Y la oposición está desmoralizada, disgregada, sin talento ni capacidad para llegar a un consenso mínimo de salvación nacional.
Según el analista político haitiano antes mencionado, la única salida de esta alucinante crisis podría ser una intervención humanitaria de la ONU, unida a una concertación haitiana de partidos políticos, sector privado empresarial y social, estamento universitario y autoridades religiosas.
Estos sectores deberían ponerse de acuerdo para escoger a personas moralmente aptas para formar un gobierno de transición, hasta que se puedan organizar unas elecciones nacionales en condiciones aceptables. De lo contrario, las bandas criminales terminarán de adueñarse del país.
La terrible crisis que sufre Haití, dice el analista Joseph Harold Pierre, es resultado de que el país —gobernados y gobernantes—, han rechazado toda cultura institucional. Es un sombrío espejo en el que habría que verse desde estos lados.