La apariencia es una cosa, lo que se es, es otra. No es fácil conocer a las personas. La persona no es la fachada que aparece. Cada uno es lo que es por dentro (Mt. 15, 19).
La fachada suele ser, la mayoría de las veces, una imagen que no corresponde a la realidad. Fijarnos solo en lo externo de la persona nos puede llevar a desconocer y falsificar lo que el otro es.
Con Jesús se equivocaron también sus paisanos; lo conocían solo por la fachada: “Es el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago…” (Mc. 6, 3).
Los mismos discípulos conocían a Jesús solo por su fachada; eran incapaces de penetrar en su interior; por eso Jesús se lo echa en cara en la última Cena y les dice: “¿Tanto tiempo con ustedes y aún no me conocen?” (Jn. 14, 9).
La verdad es que sin los ojos de la fe es difícil reconocer a Jesús. El Hijo de Dios se hizo tan hombre que solo parecía ser uno de nosotros:
Se hizo en todo igual a nosotros, humilde con los humildes (Heb. 2, 17). La Palabra se hizo carne con todas sus consecuencias y riesgos, sin trampas algunas (Jn. 1, 14).
Se confundió con la gente del pueblo y con sus trabajos; se hizo un “carpintero” (Mc. 6, 3). Nunca se las echó de Dios (Heb. 5, 7-9).
Por eso, cuando Pedro penetra en el interior de Jesús y le dice: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios” (Mt. 16, 16), Jesús le responde: “Esto no ha salido de ti, te lo ha revelado mi Padre” (Mt. 16, 17).
Mucha gente pasa por este mundo sin ser conocida y, por tanto, sin ser comprendida. Otra mucha gente está tan preocupada de su fachada que ni ellos mismos se conocen.
Se cuenta que una mujer que estaba agonizando tuvo de pronto la sensación de que era llevada al tribunal de Dios.
Y una voz le dijo: “¿Quién eres?”… “Soy la esposa del alcalde”, le respondió ella. La voz le dijo: “Te he preguntado quién eres, no con quién estás casada”.
“Soy la madre de cuatro hijos”, le respondió la mujer.
De nuevo, la voz le replicó: “No te he preguntado por los hijos que tienes sino quién eres”. “Soy una cristiana”, le volvió a decir la mujer.
Y la voz le dijo, de nuevo: “Te he preguntado quién eres, no la religión que tienes”.
“Soy una persona que va todos los días a misa, ayudo a los pobres…” Pero la voz le dijo: “Te he preguntado quién eres, no qué haces”.
Efectivamente no consiguió pasar el examen y fue enviada de nuevo a la tierra. Cuando recuperó la salud, tomó la decisión de averiguar quién era y todo en ella empezó a ser diferente.
La pantalla siempre es pantalla y nunca nos puede identificar nadie por ella, ni siquiera nosotros mismos.
Muchas veces vivimos cantidad de tiempo con una persona y terminamos sin conocerla, de verdad.
Muchas veces, aún unos mismos esposos, unos mismos hermanos, pasan tiempo y tiempo juntos y terminan diciéndose: “Pues yo no te conocía así”.
Conocer la pantalla no es conocer la persona: dentro de una bella pantalla, se puede esconder una persona horrible. Dentro de una horrible pantalla se puede esconder una bella persona.
Como se equivocaron los paisanos con Jesús, también nos equivocamos nosotros, cuando solo nos quedamos en la pantalla de las personas. El árbol no se conoce por la hojarasca sino por sus frutos (Mt. 7, 16; 12, 33).
El autor es sacerdote católico.