En enero de 1883, un joven alemán de 26 años Wilhelm Tünnermann, radicado en Leipzig, lleno de ilusiones y en busca de un lugar donde radicarse y formar una familia, subió a bordo del barco “Cimbria” en el puerto de Hamburgo, rumbo a América.
El “Cimbria” estaba bajo la dirección del experimentado capitán Julius Hansen y llevaba 402 pasajeros, más la tripulación. Los pasajeros en su mayoría eran emigrantes procedentes de Rusia, Prusia, Austria y Hungría. También viajaban varios marineros franceses rumbo a El Havre. Como casos singulares, entre los pasajeros se encontraban algunos indios norteamericanos chippewa que regresaban a los Estados Unidos y los integrantes del coro conocido como “Los pájaros de Suebia”.
El “Cimbria” navegaba envuelto en una densa niebla. El 9 de enero fue embestido a babor por el barco inglés “El Sultán” en el Mar del Norte, no muy lejos de la isla alemana Borkum. En la espesa niebla los barcos no pudieron verse, pese a las advertencias del sonido del cuerno del barco inglés. “El Sultán” impactó en el costado del “Cimbria”, lo que provocó que una fuerte corriente de agua lo invadiera. Su hundimiento fue muy rápido.
Como consecuencia del accidente, 437 personas perdieron la vida. Solo se salvaron de morir ahogadas 73 personas, entre ellas mi abuelo Wilhelm Tünnermann Panzer. En el rescate de los sobrevivientes participaron un barco alemán, el “Bremen Diamant” y la barcaza inglesa “Theta”.
Pese a esta trágica experiencia mi abuelo volvió, meses después, a embarcarse con destino a México, donde permaneció un tiempo y visitó Puebla de los Ángeles, ciudad que le causó una grata impresión. Cinco años más tarde, estando en Leipzig, oyó hablar de un lejano país donde el presidente ofrecía tierras a las familias alemanas que se dedicaran al cultivo del café en los departamentos de Matagalpa y Jinotega. Tünnermann imaginó que esas familias necesitarían créditos para fundar sus haciendas y le propuso a su padre, del mismo nombre y director de la sucursal del banco de Dresde en Leipzig, venir a Nicaragua y fundar, con otros socios alemanes, un negocio: “La Casa alemana”, dedicada a importar insumos agrícolas y proporcionar préstamos a las familias alemanas. Estas pagarían sus deudas entregando café, que sería luego exportado a Alemania por “La Casa alemana”.
El proyecto se hizo realidad y Wilhelm Tünnermann se instaló en Nicaragua a los 31 años de edad. Recorriendo las sierras de Managua, donde también se dio un auge de haciendas de café, conoció a una linda joven morena de ojos “gatos”, Guadalupe López Solano, con quien formó una familia y tuvieron tres hijos, entre ellos mi padre Carlos Tünnermann López, el menor de tres hermanos: María, Guillermo y Carlos.
Mi abuelo, junto con su socio Albert Peter, viajaba todos los años a Alemania para vender el café de Nicaragua. En uno de esos viajes, cuando el barco hizo una escala en La Habana mi abuelo, imprudentemente y pese a las advertencias del capitán sobre la peste de tifus que causaba estragos en La Habana, bajó del barco para almorzar en su restaurante favorito. De regreso al barco, pero ya en alta mar, la tifus lo puso al borde de la muerte. Su amigo y socio Peter lo hizo desembarcar en El Havre y rápidamente lo internó en una clínica de París, donde falleció el 14 de julio de 1898. Después fue sepultado en el cementerio de Leipzig destruido, casi totalmente durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando, muchos años después visité Leipzig, no pude encontrar su tumba para depositar en ella un ramo de rosas de parte de su nieto nicaragüense. La muerte de mi abuelo fue registrada en el diario “Leipziger Tageblatt”, con una esquela en la que su padre y hermanos invitaron para sus funerales.
Agradezco a mi amigo el genealogista alemán Sebastián Neumann, la información sobre el naufragio del Cimbria. Si mi abuelo no hubiera logrado subir a uno de los botes salvavidas y luego rescatado por el barco Bremen Diamant, la familia Tünnermann no hubiera existido en Nicaragua.
El autor es jurista y catedrático.