Nicaragua ha sido por décadas guaridas de dictadores y caudillos que se han saciado de forma vil las ansias de poder y han hecho con la cosa pública un patrimonio personal y familiar. En pleno auge del siglo XXI seguimos soportando este mal que como polilla sigue carcomiendo y haciendo estragos dejando como resultado un país con un notable estancamiento en todos los aspectos, retroceso evidente, sometido en una triste miseria y a ser dependiente. Hemos sido objetos del mismo círculo vicioso, hemos tropezado una y otra vez con la misma piedra y nos preguntamos: ¿Hasta cuándo veremos el sol claro?
En este dilema cada quien tiene su porción. Somos víctimas de un dictador represivo que cuando toma el poder se presenta como mansa oveja con proyectos revolucionarios a cuesta y promesas deslumbrantes que todos le creen. Pero también como ciudadanos tenemos parte de culpa de que esto suceda, porque cuando se nota un cambio de rumbo contrario, nos quedamos estancados y callados sin la posibilidad de hacer algo al respecto y que estamos obligados a actuar por nuestro bien, siendo los que tenemos esa enorme responsabilidad y cuando reaccionamos pareciera que es muy tarde.
El dictador Daniel Ortega quien de forma olímpica ha superado en crueldad y desgobierno a la dinastía de Somoza a quien derrotaron en el año 1979, no quiere dejar el poder, quiere permanecer haciendo daño, porque eso es lo que sabe hacer desde que es gobierno, está aferrado en seguir teniendo el privilegiado cargo a sabiendas que es notorio que su régimen está en agonía final. Esta dictadura pende de dos hilos: del Ejército y la Policía Nacional, dos instituciones que supo politizar siempre, para que fueran sus serviles útiles.
El rechazo contundente por parte del pueblo es notable a la dictadura. El tirano sabe que goza del repudio sin límite de la mayoría de los ciudadanos y eso ha enfurecido a la pareja dictatorial, que hace uso de todos los recursos represivos para silenciar las voces que le recuerdan que tienen que irse. El actuar intolerante del tirano contra los que lo adversan, ha quedado de manifiesto y prueba de ello es lo que en los últimos días ha sucedido.
En estos momentos tiene en las inhumanas cárceles del país a más 130 presos políticos, incluyendo el secuestro de cinco precandidatos presidenciales a cinco meses de las elecciones que se tiene previsto celebrar en el mes de noviembre de este año. Comicios donde el dictador es candidato único prácticamente, ha apartado a sus contrincantes opositores potables, porque vio una clara amenaza que sería derrotado en las urnas. Lo que nos queda claro es que el dictador pareciera que se dará a la tarea de elegir al candidato de la oposición para competir por otro período de cinco años más.
Haga lo que haga es signo de desesperación, al dictador Ortega se le están agotando las fuerzas para seguir. Está cavando su propio entierro con sus actos represivos que lo han llevado a la condena por parte de la comunidad internacional. Su atrincheramiento en las ropas verde olivo del ejército y los paramilitares policiales no lo salvarán de la eminente derrota que le espera. El poder absoluto lo cegó, y lo ha llevado a diseñar a él mismo un final seguro, como suele ocurrir a todos los dictadores. Estoy más que seguros que esta dictadura no va a mantenerse por mucho tiempo.
Aquí hay un pueblo, descontento, indignado por tanta injusticia, encarcelamientos políticos y asesinatos injustamente, que alza su mano firme de protesta permanente para seguir luchando por la libertad de Nicaragua. Esta lucha sigue en pie porque es una promesa que todos los nicaragüenses nos hemos hecho. La aspiración de un pueblo de vivir en paz, construir su bienestar en democracia y hacer una vida mejor nadie la puede truncar. Esta lucha es por un futuro promisorio, por una nueva Nicaragua para todos, compartiendo en armonía donde nunca más la pesadilla de una dictadura vuelva a gobernarnos. Seremos libres. Nicaragua es de los nicaragüenses.
El autor es escritor y poeta nicaragüense