Es la pregunta más importante que tendrá que responder la oposición. Ambas rutas tendrán grandes consecuencias. ¿Cuál es la mejor?
El primer paso para contestar semejante interrogante es aceptar que no hay respuestas fáciles. Personas inteligentes y de mucho prestigio han tenido opiniones encontradas. Carlos Alberto Montaner, columnista muy influyente, opina, en coincidencia con CxL que hay que participar con quien quede: “Cualquiera puede derrotar a Ortega”. “Hay que obligar a que Ortega patee la mesa y saque a todos los candidatos”.
Daniel Lovatto, prestigioso politólogo argentino, piensa lo contrario. “La oposición”, dice, debe trazar una línea roja de condiciones mínimas para participar y decirle a Ortega: “Sin esas condiciones no vamos. ¿Quiere usted tener unas elecciones a su gusto?, pues téngalas con sus zancudos; con nosotros no cuente”. Participar, dice él, “a sabiendas que te las van a robar o que no podrás ganar, corre el gran riesgo de legitimar el proceso, porque te dirán: usted participó, y porque perdió ahora está denunciando el fraude”.
Pero ojo. Ambas opiniones, por opuestas que sean, coinciden en que lo más importante no es ganar las elecciones sino deslegitimarlas. A estas alturas del juego pensar que Ortega puede ser derrotado por la vía electoral, es una esperanza que deberíamos de descartar de una vez por todas; porque no tiene ni un uno por ciento de probabilidad. Nada, ninguna presión internacional, por fuerte que sea, forzará a los OrMu a dar elecciones donde puedan perder. Las razones deberían ser muy obvias y han sido explicadas ad nausean: no pueden permitirlas porque saben que sin la protección del poder arriesgan sus bienes y su seguridad. También por lo que señaló Zoilamérica, quien los conoce muy bien: “Tienen una obsesión enfermiza por el poder; no se conciben fuera de él y están dispuestos a cualquier cosa a fin de conservarlo”. Los más de 300 muertos del 2018, y los arrestos de Cristiana y otros prominentes opositores, ¿no son pruebas evidentes de que están dispuestos a pagar cualquier costo político?
Aún así, hay quienes se aferran tenazmente a la esperanza de que Ortega puede ser derrotado con un alud de votos a favor del candidato opositor. Es entendible. Cuando una realidad es muy dura uno tiende a negarla. Decía Nietsche que uno puedo saber mucho sobre el carácter de un hombre a través de cuánta verdad puede tolerar. No es fácil aceptar que la vía electoral, como medio para sacar al dictador, esté irremisiblemente cerrada; de que a menos que Dios disponga otra cosa, Ortega estará en el poder en el 2022. Que, en consecuencia, Nicaragua sufrirá mucho. Realidad que deprime, pues solo deja tres alternativas: el sometimiento resignado, la resistencia pacífica, y la improbable, pero no imposible, resistencia armada.
Siendo esta la conclusión más realista, desde el punto de vista racional, debe ser claro, entonces, que la lucha contra Ortega va para largo, y que lo importante de estas elecciones es que golpeen seriamente su legitimidad, de forma que entre al año próximo considerablemente más debilitado. Aclaración: la pérdida de legitimidad no necesariamente lo botará, pero lo pondrá en aprietos graves de insospechadas consecuencias. Entonces la pregunta vuelve a su lugar: ¿qué puede contribuir más a deslegitimar a Ortega, abstenerse o participar?
Abstenerse no legitimaría a Ortega, sobre todo si la oposición lo hace unida. La comunidad internacional lo entendería como la confirmación de que nuestras elecciones son una burda pantomima donde el pueblo quizás podrá votar, pero no elegir. Participar también podría ser una buena opción, pero solo si reúne dos condiciones: que el competidor que Ortega acepte o elija pueda atraer un caudal de votos considerables, y que su red de fiscales pueda documentar el posible fraude. En ausencia de esas condiciones, participar sería arriesgarse a una victoria de Ortega sin robo, que es, precisamente, lo que planea. Habrá pues que preguntar al pueblo: ¿Quieren votar así, ahora? Y proponerse no decidirse por una u otra opción, sin antes haberlo oído y sin antes haber analizado, con la mayor frialdad posible, qué ruta es la que más conviene.
El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.