Mira cómo siembras

Hoy estamos viviendo las consecuencias de una siembra. Cada cual cosecha de lo que ha sembrado.

Nosotros hemos sembrado: deseos de grandeza, de poder, de tener por encima de todo y de todos. El vivir de apariencias pretendiendo aparentar lo que no somos ni tenemos. El servilismo para quedar bien y el egoísmo de solo pensar en lo que me conviene sin pensar en nada ni en nadie.

Y todo ello ha traído consigo un descalabro en el mundo político, social, económico, familiar y moral que nos está haciendo la vida y la convivencia imposibles.

Una sociedad en la que solo se valora lo grande, donde solo se sueña en lo grande y donde todo gira alrededor de la grandeza, el colmo hasta se busca a Dios para la prosperidad.

En cambio, Dios me invita a construir un mundo distinto en el que sea posible que los hombres podamos sentirnos y vivir como hermanos.

Dios quiere que construyamos un mundo en el que el valor, sencillez, el grano de mostaza, sea un patrimonio común. El servicio al hermano sea el orgullo de todos.

Por eso, el profeta Ezequiel dice: “Dios ensalza los árboles humildes y hace florecer a los árboles secos” (Ez 17, 24). María, haciéndose eco de las palabras de Ezequiel, cantaba también en el Magníficat: “Dios sacó a los poderosos de sus tronos y puso en su lugar a los humildes” (Lc 1, 52).

Jesús nos invita a construir un mundo en el que la sencillez sea el valor indiscutible de todos y para todos: “Si no se hacen como niños, no pueden entrar en el Reino de los cielos” (Mt. 10, 42). Jesús mismo “se despojó de su condición divina y tomó condición de esclavo” (Fil 2, 6-7; Mc 10, 45).

Para Jesús: Los primeros son los últimos y los últimos los primeros (Mc 10, 31). La grandeza está en la pequeñez, en ser grano de mostaza (Mc 4, 31). El más importante es el que sirve a sus hermanos (Mc 10, 43).

Por otra parte, el Reino de Dios crece sin que uno se dé cuenta, crece en lo oculto, crece también en lo pequeño cuando Jesús hace la comparación del Reino con una pequeña semilla, que al principio uno casi no daría nada por esa semilla, pero con el paso del tiempo nos damos cuenta que surge una plantita, surge un árbol, un árbol tan grande que ya no se lo puede parar, esa es la fuerza del Reino de Dios, que crece en las pequeñas cosas.

Por eso cada uno de nosotros debiera preguntarse cómo está sembrando. Y sembrar significa todos los días hacer pequeños esfuerzos con la ayuda de Dios, con su gracia para encontrarnos con Dios, para tratar de cultivar los valores que nos presenta su Palabra en el mundo de hoy, para dar el buen ejemplo, para hacer obras de caridad.

En definitiva, el Señor nos invita a que podamos hacer crecer su Reino dando el buen ejemplo, sembrando la buena semilla que Él ha preparado en el mundo de hoy. Y esto se hace teniendo un corazón fiel, un corazón que todos los días en lo pequeño busque algo más.

Siempre a dar un paso más, pero no desde el punto de vista de la avaricia, sino del crecimiento espiritual.

Somos humanos, somos limitados, por eso la invitación de Dios a crecer. Sin que nos demos cuenta ese Reino crece: con las buenas actitudes, con el buen ejemplo; ahí está la buena semilla, la Palabra de Dios que crece en nuestros corazones.

El autor es sacerdote católico.

Opinión egoísmo Reino de Dios servilismo archivo
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí