Y además
Para aliviar las tensiones entre Troya y las ciudades de Argos y Micenas, una misión troyana de buena voluntad llegó a Esparta donde reinaba Menelao, hermano de Agamenón que era el rey de Argos y Micenas y líder de todas las islas griegas.
La misión troyana estaba encabezada por los príncipes Paris y Eneas, los que llegaron a Esparta en las naves “Afrodita” y “Gorgona”. Antes, con el mismo propósito Menelao había visitado Troya.
Pero Afrodita le había prometido a Paris darle la mujer más bella del mundo, que era Helena de Esparta, la esposa de Menelao. Quizás por eso —pues los designios de los dioses son indescifrables—, un día después de que Paris y Eneas llegaron a Esparta, Menelao recibió la noticia de que había muerto su abuelo materno, Catreo, rey de Creta, y decidió viajar de emergencia para asistir a sus honras funerarias.
Menelao aseguró a sus huéspedes troyanos que regresaría en una semana y que entre tanto serían atendidos por su regia esposa. Tal circunstancia fue aprovechada por Paris para raptar a Helena, quien por designio de Afrodita se había enamorado del príncipe troyano. Ese hecho desencadenó la Guerra de Troya que terminó con la derrota de los troyanos y la destrucción de la gran ciudad helena de Asia Menor.
Muy poco se habla de Catreo en la literatura mitológica, pero tiene su propio mito. Catreo —cuenta Robert Graves— era el mayor de los hijos de Minos, el legendario rey de Creta cuya esposa, Pasifae, se ayuntó con un toro divino. La reina quedó embarazada y alumbró al Minotauro, un monstruo mitad hombre y mitad toro que fue encerrado en un mítico laberinto construido por el genial arquitecto Dédalo.
Catreo tuvo tres hijas mujeres: Aérope, Clímene y Apemósine, y un solo hijo varón llamado Altémenes. Un oráculo reveló a Catreo que uno de sus hijos lo mataría y Apemósine y Altémenes, para evitar que con ellos se cumpliera el funesto vaticinio se fueron de la ciudad. Se establecieron en la isla de Rodas y fundaron allí una ciudad que llamaron Cretenia, en recuerdo de su tierra natal.
Altémenes construyó un santuario a Zeus en el cercano monte Atabirio, como se llamaba el más antiguo dios rodio que representaba al Sol. E hizo rodear el santuario con unos toros de bronce que cuando se acercaban naves extrañas bramaban para alertar a los rodios. Altémenes, desde la cumbre del Atabirio miraba a lo lejos su añorada Creta.
Un día, Hermes, el dios mensajero, vio a Apemósine en el bosque, se prendó de ella y la violó. La muchacha regresó al palacio llorando y contó a Altémenes lo que le había ocurrido. Pero el hermano no le creyó, le dijo que lo había deshonrado y dominado por la furia la mató a puntapiés.
Entre tanto, en Creta, el rey Catreo acosado por la desconfianza en las hijas que quedaron con él, Aérope y Clímene, por el temor de que una de ellas lo matara como dijera el oráculo, las desterró del país. Exiliada en Micenas, Aérope se casó con Atreo y fueron los padres de Agamenón y Menelao. O sea que Catreo era su abuelo materno y por eso cuando murió Menelao viajó a Creta para su funeral.
Catreo, cuando ya era anciano sintió nostalgia por su hijo varón, Altémenes, y fue a buscarlo para heredarle el trono de Creta. Acompañado por un numeroso séquito desembarcó en Rodas, pero los toros de bronce bramaron y los rodios, con Altémenes adelante, salieron a enfrentar a los supuestos invasores. Catreo gritó quién era y a qué llegaba, pero por el ladrido de los perros Altémenes no le entendió y con su lanza dio muerte a su propio padre. Así se cumplió el vaticinio del oráculo porque de la voluntad de los dioses nadie se escapa.
Altémenes, horrorizado por el parricidio que había cometido al matar a su propio padre —después de que había asesinado a su hermana—, clamó que se lo tragara la tierra y los dioses atendieron su clamor. Una hendidura se abrió en la tierra y Altémenes se hundió en ella para siempre.