Cuando hablamos de revoluciones socio-políticas, sentimos simpatía por los pueblos que han logrado tal hazaña, podemos ver alegría en las calles y percibir un ambiente de libertad y cambio. Es el momento en donde los mártires renacen para convertirse en leyendas e iconos de la nueva sociedad, donde familias enteras se regocijan por el porvenir, por vidas nuevas que les esperan.
Pero más allá de tanto júbilo y heroísmo hay una pregunta que pocos se hacen: ¿y ahora qué? Parece ser una pregunta que ya está resuelta desde antes de la culminación de la heroica gesta y que solo fue respondida por unos cuantos.
Una frase camuflada palpita en los que van a la cabeza del sueño libertario de toda una nación, “quítate tú para
ponerme yo”, el coraje de todo un pueblo empujando la ambición disfrazada de lucha de algunos cuantos.
¿Qué hay detrás de las grandes revoluciones en Latinoamérica y el mundo?, ¿por qué, con el pasar del tiempo parece que solo se trató de un cambio de ideales, mas no de calidad de vida y oportunidades para quienes fueron los verdaderos artífices de la gesta? Después de la segunda guerra mundial hasta la fecha ha habido cincuenta revoluciones en todo el mundo que tumbaron regímenes autocráticos, pero solo una tercera parte de estas se convirtieron en regímenes democráticos.
Revoluciones secuestradas y utilizadas a conveniencia suelen ser el nuevo camino para llegar al poder. Tal es el caso de Cuba, un claro ejemplo de que una revolución social y política no siempre suele ser el fin de todos los males, sino la transición hacia un nuevo régimen dictatorial.
Tal paradoja ha estado presente en todo el mundo, y a lo largo de la historia vemos más ejemplos, como el de Rusia con el triunfo encabezado por Lenin que acabó con el sistema zarista para luego instaurar un férreo sistema socialista-comunista, o la Libia de Gadafi que puso fin a la monarquía en ese país para dar lugar a sus 42 años de cruel dictadura.
Nicaragua no ha estado exenta de esto. Como es bien conocido, en 1979 el anhelo de toda la nación y de muchas generaciones se volvió realidad al acabar con la dinastía Somoza que controló los hilos del país por más de cuarenta años. Lo demás es historia y es que el más férreo oponente de una dinastía puede ser el mejor discípulo de un tirano. Es lo que la revolución popular sandinista ha demostrado desde su debut en lo más alto del poder nicaragüense.
42 años han pasado de los cuales solo 16 de ellos (1990-2006) han sido el resultado por lo que muchos nicaragüenses lucharon. Hoy solo queda pensar si queremos otra revolución o un cambio de verdad.
Tal parece que las revoluciones no siempre suelen traer las bonanzas y cambios que se esperan y es que a los rostros visibles de dichas luchas se les suele olvidar que no es un triunfo personal sino una proeza de nación que tiene que ser por y para la nación.
A pocos meses de una de las justas electorales más importantes del país, tenemos el compromiso cívico de hacer una nueva revolución, sin armas ni sangre de por medio como la de los 70, sino una con la convicción de hacer de nuestro país una república nuevamente como la proeza de 1990.
No se defiende una revolución haciendo justamente lo que motivó la revolución.
El autor es escritor.