¿Quién debe ser el candidato de la oposición; el mejor o el más popular? Uno de los problemas de la democracia es que, a veces, las dos cosas no coinciden. Quien podría ser el mejor presidente, por sus cualidades, virtudes, ideas y liderazgo, no siempre es el preferido por el pueblo. En Venezuela escogieron a Chávez. En Perú parecen que elegirán al comunista Castillo. El pueblo puede elegir mal. Pero así es la democracia. No gana el mejor sino el más popular.
Podría quizás pensarse que lo más adecuado sería que un grupo de electores, cuidadosamente seleccionados en función de su preparación y solidez de moral, eligiese a los jefes de Estado. Quizás así se evitaría que masas incultas, volubles e influenciables, tengan la solemne responsabilidad de elegir nada menos que al timonel del barco de la nación. Pero, aunque atractivo, no resuelve el problema de quiénes eligen a los electores. Tampoco garantiza que estos representen las aspiraciones legítimas del pueblo. Las élites pueden ser peligrosas. Son legión los intelectuales que han apoyado a líderes o causas destructivas, como el marxismo. Las universidades suelen ser viveros de profesores “progres”, amigos de los populistas. Pero bueno. Estas son especulaciones. El hecho es que la democracia no es así. Nos guste o no, un barrendero analfabeto tiene el mismo voto que un graduado de Harvard. El pueblo, las grandes masas, son quienes eligen.
Lo anterior nos debe hacer aterrizar en el caso del desafío electoral actual. Su lógica indica que el candidato ideal para ganarlas es quien tenga la mayor probabilidad de arrastrar el voto popular. ¿Cómo determinamos quién es? El instrumento moderno para tratar de averiguarlo con el mayor grado de aproximación, son las encuestas. Los debates son buenos, tan buenos que deberían ser obligatorios. En ellos los contendientes muestran buena parte de sus conocimientos, temple e inteligencia. Pero el jurado que debe elegir al ganador no debe ser una élite de electores sino el pueblo llano. Porque, en última instancia, es él quien pasará el veredicto final.
Las encuestas, es cierto, son instrumentos imperfectos para auscultar las preferencias del público. Pueden ser manipuladas. A veces yerran aparatosamente. Muchas aciertan. Unas son más confiables que otras. Pero hay una realidad incuestionable: no se han inventado, aún, métodos alternativos que les ganen en eficacia para medir el sentir popular. Lo importante es que sean profesionales y confiables; que tengan un buen diseño de la muestra, preguntas neutrales que no insinúen la repuesta, entrenamiento de los encuestadores y buena supervisión de campo. Pero la exigencia más importante de todas es la confiabilidad de quienes hacen la encuesta: que sean honestos; que tengan como único interés reflejar lo más fielmente posible los verdaderos sentimientos de los encuestados.
En el proceso actual de buscar el candidato que representará a la oposición es buena idea que los aspirantes debatan entre sí. Pero luego debe realizarse la encuesta de opinión que mida su popularidad o aceptabilidad. Si uno de ellos muestra un margen significativo de apoyo por encima de los otros, es claro que debería ser seleccionado. Si el margen es estrecho entonces vale el uso de jueces independientes y otros criterios. En cualquier caso, es fundamental que todos los precandidatos se comprometan a apoyar sin fisuras al escogido.
Lo anterior implica que CxL, que hoy es la única plataforma electoral abierta a la oposición, abra las puertas de la participación electoral a todos, y que revise su metodología de selección de candidaturas a presidente. Porque en estas circunstancias sería fatal, y antidemocrático, que un partido cerrara las puertas a quien el pueblo señala como su preferido. Los aspirantes, por su parte, deben inscribir sin temor o exigencias sus candidaturas, confiando en que, si demuestran garra y pueblo, saldrán avante en las encuestas y nadie podrá objetar su postulación.
Dos ventajas saldrán de esto: El pueblo apoyará mucho más gustoso a un candidato de su preferencia, que a uno producto de un dedazo ilustrado. Y Ortega, aunque siempre podrá inhibir al candidato que quiera, tendrá que pagar un costo político mucho mayor si lo hace contra uno que ha demostrado un indiscutible respaldo popular.
El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.