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Es muy conocida la leyenda mitológica griega de que a la entrada del mundo de los muertos había una laguna de aguas venenosas llamada Estigia. Allí, un siniestro barquero llamado Caronte pasaba en su barca a las almas de los muertos para que pudieran entrar al inframundo. Pero había que pagarle, por eso al morir la persona le ponían una moneda en la frente.
La Estigia era alimentada por un río subterráneo que nacía en Egipto y en él la diosa egipcia Isis sepultó los restos de su esposo divino, Osiris, quien fuera asesinado y desmembrado su cuerpo por Tifón.
Originalmente Estigia era una oceánide, hija del dios Océano, y de Tetis, diosa del mar. Estigia se casó con Palas, el titán que representaba la sabiduría y le tuvo cuatro hijos: Niké (la Victoria), Cratos (el Poder), Zelo ( la Fuerza) y Bía (la Violencia).
Francois Michel Noël escribe que los Gigantes, hijos de Urano y Gea (el Cielo y la Tierra) le hicieron la guerra a Zeus y los dioses olímpicos para adueñarse del universo. Con ese fin amontonaron piedras gigantescas, una sobre otra, para subir hasta el Olimpo y ante semejante amenaza Zeus llamó en su auxilio a Estigia y sus poderosos hijos.
Ellos acudieron al llamado de Zeus y con su ayuda los dioses olímpicos vencieron a los Gigantes. Y dice el mitógrafo francés que “quedó el padre de los dioses tan prendado de su actividad y tan agradecido a los servicios que (Estigia) le prestaba que la colmó de dones y honores”.
Hesíodo se refirió a ese episodio notable de la mitología y escribió que Zeus “tomó por comensales a todos sus hijos y para distinguirla del modo más lisonjero quiso que desde entonces fuera el nudo sagrado de las promesas de los dioses, estableciendo las penas más rigurosas contra aquellos que violasen los juramentos hechos en su nombre”.
¡Por Estigia!, exclamaban desde entonces los dioses cuando hacían un juramento o prometían algo, al mismo tiempo que extendían una mano sobre el mar y la otra sobre la tierra. Y ¡ay del que violara el juramento!
También Homero habla de esto en la Ilíada, Canto XIV, en el cual cuenta que Morfeo, dios del Sueño, en diálogo con Hera la apremia: “Jura por el agua sagrada de la Estigia, tocando con una mano la fértil tierra y con la otra el brillante mar, para que sean testigos los dioses subterráneos que están con Cronos, que me darás la más joven de las Gracias, Pasitea, cuya posesión constantemente anhelo”.
Hera juró concederle el deseo a Morfeo, a cambio de que durmiera a Zeus después de hacer el amor con ella, para aprovechar su ausencia y favorecer a los griegos en una batalla que estaban perdiendo ante los troyanos.
Sobre el castigo que se imponía a los que juraban en vano por Estigia, se menciona el caso de los gemelos Aloádes, hijos de Poseidón con Ifimedea, la esposa de Áloe. Oto y Efialdes eran los nombres de los Aloádes, quienes violaron un juramento por Estigia y Zeus los castigó atándolos espalda con espalda con una serpiente, y exponiéndolos para siempre en las tinieblas y ante el viento helado.
Estigia se convirtió en la representación del río y la laguna que separaba el mundo de los vivos del de los muertos. “La Estigia —dice Hesíodo y perdón por la extensa cita— forma bajo tierra un arroyo, cubierto siempre por una noche oscura. Discurre hacia el Tártaro —el mundo subterráneo de los muertos—, pero queda reservada la décima parte para castigar a los dioses perjuros. Cualquiera que sea de ellos que se haya hecho culpable, demora allí un año sin respiración, sin palabra, sin vida, tendido sobre un lecho en un completo estupor y privado del néctar y la ambrosía (bebida y comida de los dioses). Acabado el plazo sigue todavía el castigo, porque queda separado por nueve años más de la compañía de los dioses, quienes no lo admiten en sus asambleas ni en sus festines; y no puede entrar en el goce de todos sus derechos hasta acabado este segundo plazo”.