Necesitamos el Espíritu de Dios

Luego de la cruz, los discípulos de Jesús estaban escondidos en su casa “por miedo a los judíos” (Jn 20, 19). Sin embargo, se llenaron de alegría (Jn 20, 20) al sentir la presencia de Jesús entre ellos y salieron de la casa de la que estaban encerrados a predicar con toda valentía que Jesús, el crucificado había resucitado.

El Espíritu de Dios había convertido su debilidad en fortaleza (Hch 2, 4). El Espíritu de Dios es “como viento huracanado” (Hch 2, 2), como fuego purificador (Hch 2, 3).

Quien tiene el Espíritu de Dios no puede ser preso del miedo ni encerrarse en las cuatro paredes de su pequeño mundo egoísta.

Donde está el Espíritu de Dios, allí está: el deseo de cambio, la fuerza transformadora, capaz de hacernos pasar del temor que nos inmoviliza a la valentía que nos lanza a confesar que Jesús es el único Señor, aún a riesgo de la propia vida (1 Cor 1.12, 3).

En todo cristiano está el Espíritu de Dios, como dice San Pablo (1 Cor 3, 16; Rom 8, 9.11). El Espíritu de Dios no es propiedad particular de nadie. Allí donde hay un cristiano, allí está el Espíritu de Dios.

Todos somos templos del Espíritu, como dice San Pablo (1 Cor 6, 19). El Espíritu de Dios está en la Iglesia y en cada uno de sus miembros: Todos hemos pasado a ser hijos gracias al Espíritu y, por Él, podemos llamar a Dios “Abba”, papito (Gal 4, 6). Es en el Espíritu de Dios donde nuestra debilidad se convierte en fortaleza (Rom 8, 26).

Es en el Espíritu de Dios donde nos sentimos verdaderamente libres porque, como dice San Pablo en su carta los Corintios: “Donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” (2 Cor 3, 17). Es en el Espíritu y por el Espíritu que nos convertimos en Iglesia reconciliadora, capaz de dar y recibir el perdón a todos (Jn 20, 23).

Es por el Espíritu de Dios que nos vemos enriquecidos con valores como: “El amor, la alegría, la paz, la paciencia, la comprensión, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre y el dominio de uno mismo”, como decía San Pablo a los gálatas (Gal 5, 22-23).

Somos una comunidad que nace por el Espíritu, vive por el Espíritu, camina con el Espíritu, se renueva por el Espíritu y celebra con y por el Espíritu.

El Espíritu es el alma de la Iglesia. Una Iglesia sin alma es una Iglesia sin Espíritu; por eso no se puede entender a la Iglesia de Jesús sin el Espíritu de Dios, como decía San Ireneo: “Donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios y donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia”.

Sin alma no hay vida; solo existe el caos y la muerte; sin Espíritu la iglesia es una comunidad muerta, un cuerpo sin vida. Por eso, San Pablo decía a los cristianos de Tesalónica: “No apaguen el Espíritu” (1 Tes 5, 19).

Sin el Espíritu la Iglesia camina hacia la falsedad, la mentira y la destrucción de sí misma. Apagar el Espíritu es apagar el alma, apagar la vida. Apagar el espíritu es “entristecer el Espíritu” (Ef 4, 30). El Espíritu de Dios renueva y rejuvenece siempre, allí donde se hace presente.

Por eso necesitamos que el Espíritu de Dios se haga presente en nuestra patria que parece sufrir de anemia, para que la vigorice y fortalezca. Necesitamos del Espíritu de Dios para que nos renueve desde lo más profundo como buenos cristianos y santos ciudadanos. ¡Ven, Espíritu de Dios!

El autor es sacerdote católico.

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