Irán es una república islámica chiita. Su población es persa, rodeada de países árabes. Es el decimoctavo país más extenso del mundo con 1,648,195 km² y una población de 80 millones de habitantes. Posee las cuartas reservas de petróleo y las primeras de gas natural del mundo con grandes ingresos petroleros. Aunque China es la más antigua civilización, Irán (Persia) junto a Irak (Babilonia) son cunas de las grandes civilizaciones antiguas con mayor influencia cultural en el mundo.
En 1979 el shah (rey) de Irán, Mohammad Reza Pahlevi, fue derrocado por el clérigo ayatolá Ruhollah Jomeini, que impuso un nuevo gobierno religioso musulmán, caracterizado por violaciones de los derechos humanos, ausencia de libertad de expresión, culto e información, y uso frecuente de la pena de muerte. Tiene un estricto código de conducta pública y vestimenta, y se encarcela a las mujeres y hombres que no lo cumplen. Aplican la lapidación (muerte a pedradas) por el adulterio. En el índice global de brecha de género Irán ocupa el puesto 137 de 140 países.
Desde la revolución de 1979 las relaciones entre Estados Unidos (EE. UU.), donde se asiló el derrocado shah, e Irán han sido tensas. La embajada estadounidense fue tomada por una turba de fanáticos capturando al personal diplomático como rehenes. El gobierno de Irán afirmó que serían liberados únicamente a cambio de la extradición del shah a Irán para ser juzgado. El presidente Jimmy Carter respondió que EE. UU. nunca cedería ante chantajes; durante su administración fracasó el intento de rescate militar. Posteriormente falleció el shah y Ronald Reagan accedió al descongelamiento de los fondos iraníes en bancos estadounidenses y la promesa de no intervenir en sus asuntos internos, a cambio de la entrega de los rehenes.
La conducta agresiva del gobierno iraní promoviendo el terrorismo, apoyando dictaduras violatorias de los derechos humanos, amenazando constantemente a sus vecinos y desafiando la política internacional de EE. UU. ha creado fuertes tensiones entre ambos y motivado a EE. UU. a imponerle diferentes sanciones.
El gobierno iraní ha jurado que acabará con el Estado de Israel y desarrolla un programa de enriquecimiento de uranio que ha despertado sospechas y temores en el mundo de que su fin último sea la creación de bombas atómicas. Los iraníes aseguran que solo desarrollan la capacidad de generar energía con fines pacíficos. A cambio de que EE. UU. levantara las sanciones, Irán accedió a celebrar un Plan de acción conjunta con EE. UU., Francia, Alemania, Reino Unido, China y Rusia para que su programa de energía atómica fuera supervisado internacionalmente. Posteriormente Donald Trump lo canceló unilateralmente imponiendo nuevas sanciones contra Irán, pese a la inconformidad de sus aliados también firmantes. Fue muerto el más importante jefe militar iraní, general Qasem Soleimani, en un bombardeo con drones de EE. UU. en Irak, donde estaba en actividades clandestinas. Trump afirmó que Soleimani planificaba ataques terroristas. Desde entonces hay ataques y otras represalias mutuas en una peligrosa secuencia interminable. Joe Biden ha iniciado acciones para volver al tratado. Sus firmantes originales lo apoyan, además de Israel. Pero Irán rechaza firmarlo si primero no le quitan las sanciones. Las negociaciones diplomáticas están en este punto.
El ejército iraní no está en condiciones de librar una guerra fuera de sus fronteras; su estructura es defensiva, con un presupuesto de 16,000 millones de dólares, parecido al de Turquía y Pakistán. El de su enemigo Arabia Saudí es de 60,000 millones. EE. UU. masacraría a Irán si lo atacara. Pero si lo defendiera Rusia, sucedería lo mismo que en Siria: Rusia y EE. UU. matándose en otro territorio (cuidándose de no usar armas atómicas). Otra Siria no beneficiaría a nadie, como lo saben los estadounidenses, los iraníes, los rusos y los israelíes. Quizá solo serviría a ISIS para adquirir poder nuevamente, en medio del caos.
El autor es abogado y comentarista de temas políticos y religiosos.
www.adolfomirandasaenz.blogspot.com