En gran parte del mundo se celebra hoy el Día Internacional de los Trabajadores, llamado en algunos países Día del Trabajo y al que la Iglesia católica denomina Día de San José Obrero, proclamado así por el papa Pío XII en 1955.
La celebración del Primero de Mayo como Día Internacional de los Trabajadores fue propuesta originalmente por un congreso de la Segunda Internacional Socialista realizado en París, en 1889.
La idea era realizar anualmente una jornada de lucha de la clase obrera mundial, por sus reivindicaciones económicas y sociales pero también en memoria de los Mártires de Chicago. Así fueron llamados y pasaron a la historia varios sindicalistas anarquistas ahorcados en Estados Unidos (EE. UU.), después de ser condenados como culpables de sucesos violentos ocurridos en una plaza de esa ciudad estadounidense, durante una manifestación obrera que reclamaba el establecimiento de la jornada de 8 horas de trabajo diario.
En esa época, en EE. UU. y todo el mundo las jornadas de trabajo eran de 12, 14 y hasta 16 horas diarias, sin pausas de descanso para los trabajadores y con salarios miserables, indignos de la condición humana, por lo cual Carlos Marx y Federico Engels calificaron al sistema económico capitalismo como “la esclavitud asalariada”.
Con el paso del tiempo y gracias a la lucha de los propios trabajadores, la jornada de ocho horas de trabajo diario se fue estableciendo en muchos países. Y en la actualidad, con la vigencia de las convenciones de derechos humanos y específicamente sobre los derechos económicos y sociales de los trabajadores, prácticamente en todo el mundo el tiempo de trabajo diario es 8 horas, en muchos casos inclusive menos, mientras que los períodos de descanso y vacaciones de los trabajadores están asegurados por la ley. Aunque, es indispensable reconocerlo, todavía quedan por conquistar y asegurar muchas merecidas reivindicaciones y derechos de los trabajadores.
También se ha modificado la celebración del Primero de Mayo en diversas partes del mundo, en el sentido de que ahora no solo es un día para honrar a los obreros asalariados, sino también a los trabajadores intelectuales y culturales y a todos los seres humanos que con su fecundo esfuerzo físico y mental crean riqueza en sus diversas formas.
Además, es muy importante señalar que el trabajo y la libertad van de la mano. “La labor —dice Hannah Arendt en su obra La Condición Humana— se refiere a todas aquellas actividades humanas cuyo motivo esencial es atender a las necesidades de la vida (comer, beber, vestirse, dormir…), el trabajo incluye todas aquellas otras en las que el hombre utiliza los materiales naturales para producir objetos duraderos, y la acción es el momento en que el hombre desarrolla la capacidad que le es más propia: la capacidad de ser libre”.
Dicho con otras palabras, hay que trabajar para vivir pero también el trabajo es un medio para alcanzar la libertad, que es la máxima condición de la dignidad humana.