Los partidos de orden nacional que tienen personería jurídica y forman parte de las dos principales plataformas opositoras —CxL, de Alianza Ciudadana y PRD, de la Coalición Nacional—, cargan la compleja responsabilidad de lograr la gran unidad de la oposición para enfrentar a la dictadura de Ortega y Murillo.
El pensamiento político simple y directo indica que en la unión radica la fuerza, y que las acciones separadas de quienes persiguen el mismo objetivo, causan desgaste innecesario, restan eficacia a los esfuerzos y conducen al fracaso de todos. Pero esto, que se ve tan claro desde afuera, los actores que están en el escenario interpretando el drama o la comedia no lo ven de la misma manera.
Los maestros de la política sostienen que el poder resulta de una suma —no aritmética, sino dialéctica— de diversos factores y sectores, ya sea que formen parte de un mismo partido o de varios grupos que convergen en objetivos específicos. Y por tanto todo esfuerzo unificador de criterios y voluntades, es oportuno y necesario.
Ahora bien, si en cualquier circunstancia los objetivos de la política se logran mediante la unificación de ideas y voluntades, con mucha mayor razón esto es lo indicado cuando enfrente está una dictadura absolutista y cruel que no distingue adversarios en el ejercicio del mal.
Por supuesto que ser necesario no significa que sea fácil. La dificultad principal arranca de la misma naturaleza humana, que hace a cada uno distinto a los demás y que cada quien tenga su manera particular de pensar, valorar una situación y actuar. El individuo, por su índole humana desdobla sus creencias y tiende a considerar que su pensamiento y su modo de actuar son los únicos válidos, o en todo caso que son mejores que los demás.
No obstante, las personas humanas no solo tienen instintos y se guían por ellos. También poseen capacidad de razonar, de distinguir entre lo correcto y lo erróneo, entre lo oportuno y lo inadecuado. Y por lo tanto, cuando las circunstancias históricas lo exigen pueden poner a un lado la opinión y el interés particular y unirse a los de otros, en aras de la necesidad y la conveniencia común.
En el ámbito de la oposición de Nicaragua se habla a menudo de rivalidad entre izquierdas y derechas. Sin duda que estos conceptos ideológicos y políticos son legítimos en general, pero resultan inoportunos en particular cuando se tiene enfrente a una dictadura poderosa y desalmada, la cual ofende, oprime, reprime y lastima a todos aquellos que se le oponen. Y la cual, además, impide a cualquier proyecto político e ideológico democrático la posibilidad de convertirse en alternativa de gobierno.
En esta situación, como dicen analistas y comentaristas políticos juiciosos la línea que debe dividir a los ciudadanos nicaragüenses no es la de derecha versus izquierda, sino la de democracia contra dictadura.
En la actual coyuntura histórica ningún opositor a la dictadura debería querer imponer su visión particular a la otra, ni tampoco menospreciarla. Así no se puede botar a una dictadura, ni siquiera se le debilita. Al contrario, de esa manera aunque no sea tal el propósito se le ayuda de hecho a fortalecerse y mantenerse en el poder.