Se maneja a plenitud y con propiedad de argumentos que el complot contra el dictador Somoza García del 4 de abril de 1954, hace 67 años, fracasó por la cobarde infidencia de un agente del somocismo infiltrado en el movimiento, un traidor de los muchos que han imitado a “Judas” en esta irredenta Nicaragua. El traidor, disfrazándose de “rebelde” se infiltró entre los complotados contribuyendo con su traición al baño de sangre que en esa época se produjo.
Para entonces en Nicaragua agonizaban las libertades, estaba abocado al dominio feudal de la dictadura que a sangre y fuego mantenía Anastasio Somoza García, aboliendo de esta manera las garantías ciudadanas, aplastando con el filo de las bayonetas los caros conceptos de la democracia, cuyos logros jamás se hicieron realidad porque en el dictador pudo más sus particulares ambiciones montando un estilo de Gobierno absolutista, y feroz, y llevando al terreno de la práctica la funesta doctrina, de “las tres P: plata a los amigos, palo a los indiferentes, y plomo al enemigo.
Otras de las causas de la frustración en aquella acción armada fue la incompatibilidad de juicios que se habían formado entre los complotistas, dando lugar a una anarquía de ideas, y por otra parte la cancelación de un viaje a Montelimar que el viejo Tacho tenía programado con sus hijos, para atender un conflicto familiar que se había producido entre los sucesores del trono presidencial.
La Rebelión de Abril, que así quedó bautizada, de haber triunfado pudo hacer posible la instalación de un sistema de gobierno democrático. Pero como los judas modernos todavía campean en el accidentado destino de la Patria, como los que ahora por halagos financieros han entregado a la República en bandeja de plata a la dictadura Ortega Murillo, cuya presencia en el poder público ha resultado más dañina que la dictadura de los Somoza.
De haber triunfado abril de 1954, Nicaragua hubiese sido un país respetable a los ojos de América, gobernado por los grandes valores que habían en aquel tiempo; destacadas figuras del foro nacional que hubieran hecho de esta nación una República ejemplar, como siempre se ha querido y demandado.
Pero la gesta armada de abril de 1954 no terminó con el sacrificio de sus mártires y héroes. Abril sigue siendo con la razón de la historia un ejemplo de patriotismo para que las actuales, y venideras generaciones retomen esa coyuntura, y puedan ofrecerle al pueblo de Nicaragua mejores opciones de cambio, para que el nicaragüense que lleva en su conciencia los distintivos de la honradez ciudadana pueda contribuir a la necesaria construcción de una nueva sociedad donde la paz sea la brújula que nos conduzca por otros derroteros, y donde los términos de la reconciliación nacional no sigan siendo papel mojado en el idioma de los que solo saben rendirle pleitesía a tanta demagogia que fluye de sus limitadas culturas.
En la conjura patriótica del 4 de abril de 1954 dieron el tributo de su sangre y su heroísmo: Miguel Ramírez, Optaciano Morazán, Juan Martínez Reyes, los hermanos Adolfo y Luis Felipe Báez Bone, Carlos Ulises Gómez, Guillermo Gutiérrez, Francisco Granillo, Manrique Umaña, José María Tercero Lacayo, Luis Felipe Gabuardi, Amado Soler, Francisco Caldera, Agustín Alfaro, Rafael Praslín, Antonio Velásquez, Francisco Madrigal, Pablo Leal Rodríguez, Humberto Ruiz, Edgard Gutiérrez, Juan Ruiz Traña, Pedro José Reyes y Ernesto Peralta.
Que la luz de la justicia ilumine en la memoria nacional el recuerdo de los héroes y mártires del 4 de Abril de 1954, y que el legado de patriotismo que dejaron para la posteridad sea la mejor ofrenda que permanezca en el santuario de la Patria.
El autor es periodista de Somoto.