Vivimos en constante tentación

En la vida todos vivimos en una constante tentación, una permanente insinuación a traicionar nuestros principios, nuestros valores; pero, eso sí, siempre con apariencias de bien y de felicidad.

Como dice el apóstol Santiago: “Todos y cada uno somos tentados por nuestros propios apetitos que nos atraen y seducen” (St 1, 14).

Nadie se ve libre de la tentación, la tentación nos pone a prueba: la solidez de nuestros principios y valores, la firmeza de nuestra honradez, fidelidad y lealtad, hasta donde llega nuestra fe.

La tentación se presenta siempre con luces de colores que nos encandilan, creyendo que ahí está nuestra felicidad. Nadie se escapa de su influencia; ni el mismo Jesús (Mc 1, 12). Jesús asumió nuestra naturaleza humana con todas sus consecuencias y, por ello mismo, su vida se desarrolló en medio de una tentación permanente, como la nuestra.

Como nos dice la carta a los Hebreos: “Ha sido probado en todo como nosotros, excepto en el pecado” (Heb 4, 15). La vida de Jesús fue, sin duda alguna, una prueba permanente: A Jesús se le presentó la tentación para que cayera en la idolatría del poder, como muchas veces se nos presenta a nosotros; pero la rechazó: “Sabiendo Jesús que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo” (Jn 6, 15).

Jesús sabía que había venido a servir (Mc 10, 45) y se mantuvo fiel a su misión. A Jesús se le presentó la tentación para que cayera en la idolatría del yo, del aparentar, del orgullo tonto, como muchas veces se nos presenta a nosotros.

Los fariseos le pedían un signo del cielo (Mc 8, 11). Pero no cayó en sus trampas, se mantuvo fiel a su misión. Él sabía que no había venido a este mundo a echárselas de Dios.

A Jesús se le presentó la tentación de abandonar la cruz que le venía encima, como muchas veces se nos presenta a nosotros. Pedro no quiere que Jesús siga hablando de cruz y, por eso: “Tomándole aparte, se puso a reprenderle diciendo: ¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!” (Mt 16, 22). Pero Jesús prefirió llamar a su amigo Pedro “satanás”, antes que ser infiel a sus principios (Mt 16, 23).

A Jesús se le presentó la tentación de huir de la cruz al ver que ya la tenía cerca: “Mi alma está turbada. ¿Y qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre” (Jn 12, 27).

A Jesús se le presentó la tentación de aplastar a los sumos sacerdotes judíos que se burlaban de él y le provocaban para que bajara de la cruz y así poder creer en él: “Los sumos sacerdotes se burlaban entre ellos, junto con los escribas, diciendo: “A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse. ¡El Cristo, el rey de Israel!, que baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos” (Mc 15, 31-32).

Jesús no cayó en sus trampas: era el hombre fiel a su Padre Dios y a los hombres. Por eso le decía a su Padre: “Padre: he aquí que vengo a cumplir tu voluntad” (Heb 10, 7).

Para Jesús la fidelidad al Padre y a los hombres estaba por encima de todo y de todos. Por eso, el Apocalipsis le llama: “el Testigo Fiel” (Ap 1, 5; 3, 14).

Todos somos tentados; pero ¡qué difícil se nos hace a nosotros la fidelidad! La fidelidad no es un valor que está de moda. Todos, cuando la prueba se nos hace presente, fácilmente caemos en la idolatría del poder, del tener, del placer, y del aparentar.

Por eso, Jesús nos dice también a nosotros: “Vigilen y oren”, para no ser víctimas de los halagos de la tentación porque “el espíritu puede estar pronto, pero la carne es débil” (Mc 14, 38). Por eso, nos enseñó en el Padre nuestro a decirle siempre a Dios: “No nos dejes caer en tentación”.

El autor es sacerdote católico.

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