Las enfermedades sexuales, sobre todo las de origen mental, están apenas conociéndose en la medicina occidental. Vemos la punta del iceberg.
A pesar de los avances de la medicina, este campo se ha dejado semiolvidado debido a factores de origen religioso y social ocultando el verdadero trasfondo del problema y provocando prejuicios cultivados desde temprana edad impidiendo análisis concienzudos de estos desórdenes de la mente humana.
La civilización judeo-cristiana limita la sexualidad solo para la procreación, ignorando totalmente que lo sexual es un todo mucho más inmenso que el de tener relaciones únicamente para concebir.
Cada día se descubren nuevas aberraciones sexuales que pudiesen ser evitadas si desde que nacemos, se conociesen y no se ocultaran producto de la ignorancia o de tabúes sociales.
Los abusos a niños, suicidios, homicidios, complejos sicológicos, ostracismo, resentimientos sociales, divorcios, drogadicción y alcoholismo son pocas de las desgracias que pudiesen corregirse si existieran estudios y una educación adecuada sobre este territorio de la medicina tanto física, mental como espiritual.
El manual de enfermedades mentales americano (DSM-5) menciona algunas de estos trastornos y omite intencionalmente otros: la pedofilia, el voyeurismo y el video voyeurístico, exhibicionismo, froteurismo, masoquismo, sadismo, fetichismo, transvertismo, la escatología telefónica, necrofilia, partelismo, klismafilia, urofilia, autogenofilia, asfixiofilia, zoofilia y la infantofilia.
La homosexualidad no está incluida en esta lista a pesar de estar asociada a depresiones, desórdenes de ansiedad, falta de concentración, alcoholismo, drogadicción, suicidio, homicidio y comportamiento de alto riesgo sexual (incremento del sida, y virus cancerígenos). Al menos cinco alteraciones genéticas en los cromosomas 13, 14, 8 y X se han identificado con este trastorno y no dudo que en un futuro cercano se encontrarán más.
La identidad de género es considerada una enfermedad con múltiples causas metabólicas donde la genética juega un factor importante. Aunque no es un problema siquiátrico, los puede causar y además empujar a las víctimas a la homosexualidad y a complejos sociales desastrosos.
Obligarnos a ver normales estos desórdenes es una hipocresía científica con toques políticos de consecuencias fatales tanto para la sociedad como para la persona que los padece y su entorno familiar.
Tratar estas enfermedades cuando ya están desarrolladas es extremadamente difícil y frustrante para el médico y el paciente. Lo mejor parece ser su prevención cuando aún no se han manifestado totalmente (generalmente antes de los 16 años) o inclusive al momento de nacer.
Muchas son benignas, pero otras pueden ser mortales. Desgraciadamente las benignas pueden fácilmente asociarse o degenerarse en otras más graves como el sadomasoquismo o la asfixiofilia conduciendo a sus víctimas a suicidios y homicidios.
Hoy estamos viendo, sobre todo en países que se autollaman “desarrollados”, un aumento de funcionarios públicos con estas afecciones nombrados en importantes cargos públicos, obligando a la población a ver normales estos comportamientos que pueden llegar a ser peligrosos.
Permitir que alguien entre a un baño de mujeres siendo varón físicamente porque se cree mujer, es traumático. A nadie le gustaría que una nietecita o hija se encuentren en ese baño. Mucho menos nos gustaría ser tratados por un hombre vestido de mujer o viceversa. Ni tener a un presidente o líder religioso que toque de manera indebida a niños, tenga historial de abusar de ellos o que salga en público manoseándose con su pareja. Lamentablemente nuestra sociedad aún no está preparada para estas cosas.
Pero andamos en un mundo al revés donde criticar estos padecimientos, aun con buenas intenciones, es un pecado mortal bendecido.
Quizás deberíamos de pasar a otra dimensión donde el sano es el enfermo y el enfermo es el sano.
El autor es médico.