La señora Rosario Murillo arremetió ahora contra “los capitales”, en su alocución del martes de esta semana a través de la aparatosa batería de medios oficialistas de comunicación y propaganda que tiene a su disposición.
Esta vez la difamación en el discurso de odio de la vicepresidenta designada por el Consejo Supremo Electoral de la dictadura, no fue contra personas físicas a las que endilga habitualmente cualquier clase de epítetos difamatorios y ofensivos que lastiman la dignidad humana, sino contra “los capitales que —según ella— surgieron del robo a l@s (sic) nicaragüenses…”
Al oír a Murillo se podía entender que se refería a los capitales de todo tamaño que surgieron de la noche a la mañana, fruto de la “piñata sandinista”, como se le llama popularmente al espeluznante saqueo de propiedades y bienes que pertenecían al Estado y personas particulares, perpetrado por los mandos revolucionarios después de perder las elecciones del 25 de febrero de 1990.
O se podía creer que aludía a los capitales que se multiplicaron o aparecieron después que Daniel Ortega recuperó el poder, en enero de 2007, y la cúpula sandinista se apropió de los beneficios de la cooperación petrolera venezolana, depredó los fondos del Seguro Social y se aprovechó de todos los recursos y ventajas del Estado para hacer negocios de lucro personal y familiar.
Pero en realidad Murillo se refería con sus insultos a los empresarios privados independientes y honestos, a los que arriesgan sus capitales y patrimonios en inversiones y reinversiones para promover negocios que no solo son de su propio provecho, sino que crean empleos y pagan impuestos por lo general desmedidos; empresarios que además hacen obras de responsabilidad social empresarial y de caridad que practican como cristianos auténticos. Los insultos de doña Rosario eran para los empresarios honrados que impulsan el crecimiento económico y el progreso social, ahora estancado por las irresponsables políticas anticapitalistas de la dictadura.
La arremetida contra “los capitales”, y por tanto de odio a la empresa privada independiente, comprueba lo dicho en el editorial de LA PRENSA del miércoles 17 de febrero, acerca de que la estrategia del asesinato de reputaciones no se enfila solo contra personas físicas que adversan a la dictadura, sobre todo las que los dictadores ven como una amenaza potencial; también pretende destruir la reputación de grupos sociales que, como los empresarios, por su naturaleza encarnan los valores de la democracia.
La empresa privada es la institución básica del sistema económico capitalista, pero al mismo tiempo es uno de los pilares de la libertad y la democracia. Para construir una república democrática se requiere no solo de líderes políticos y de la sociedad civil que sean éticos, lúcidos y capaces. También son necesarios los empresarios independientes honestos, emprendedores y audaces en la competencia, en el trabajo y en la inversión para crear riqueza y desarrollar la base material de la sociedad. Eso lo saben los dictadores, que por ser enemigos de la libertad y la democracia odian a “los capitales” y a los empresarios privados independientes, cuya reputación y dignidad como sector social también la quieren asesinar.