Los leprosos de hoy

Siempre la marginación, por desgracia y para vergüenza del hombre, es una realidad de ayer y de hoy y no con muchas esperanzas de que desaparezca en el mañana. Hoy, como ayer, el mundo está lleno de leprosos, de marginados social y religiosamente hablando.

Millones de hermanos nuestros, mayores, jóvenes y niños, malviven porque no pueden gozar de los bienes que nosotros tenemos y de los que nosotros gozamos.

El marginado vive en un mundo en el que todas las puertas se le cierran, aún las puertas de la religión. Todos, unos de una manera, otros de otra, somos culpables de esa marginación.

Jesús cura un leproso e integrándolo a la convivencia social y religiosa. (Mc. 1, 40-45) El leproso, en el tiempo de Jesús, era un marginado de la sociedad y de la religión.

Un marginado es aquel que, como la misma palabra lo dice, está al margen: Está excluido, al margen de los beneficios de la sociedad, al margen de la cultura, del trabajo, de la salud, al margen de la educación, del alimento necesario para subsistir, al margen de una vivienda digna, del calor del hogar, de la convivencia social, al margen de la sociedad, de los servicios sociales y religiosos.

Jesús hace una fina, pero dura protesta contra todo cuanto lleva a la marginación de cualquier ser humano. Jesús, al curar al leproso, se acerca a quien la sociedad y la misma religión había marginado, como al leproso: “Es impuro y vivirá aislado” (Lv 13, 46).

Toca con sus propias manos (Mt 8, 3) a quien la sociedad prohibía tocar so pena de caer en el mismo mal de impureza, y Jesús le dice: “Queda limpio” (Mc 1, 41-42). Las leyes que marginan son leyes inhumanas, no están hechas para el hombre sino el hombre para ellas (Mc 2, 27).

Invita al leproso a acercarse a la ciudad (Mc 1, 44), cosa que tenía prohibido, como se hizo con María, la hermana de Aarón que durante su lepra fue excluida del campamento (Nm 12, 15).

Le provoca acercamiento a Dios (Lc 5, 14) a pesar de que era un maldito de Dios, según los religiosos de su tiempo.

Jesús no margina, atrae; no expulsa, acerca; no condena a la marginación, salva y da la mano. Jesús con sus palabras y hechos nos está diciendo que el Padre Dios no quiere que uno de sus hijos sea marginado por nada ni por nadie. En Jesús Dios se acerca a aquellos que la sociedad margina, purifica a aquellos que la religión tilda de impuros, y da vida a aquellos que la sociedad los abandona a la muerte.

La actuación de Jesús contra toda clase de marginación es lógica: Jesús es consciente de que el Padre Dios ama a todos sus hijos y, precisamente por eso, no puede querer la marginación para ninguno de ellos. El Padre quiere que todos sus hijos tengan vida y “vida abundante” (Jn 10, 10).

Jesús es consciente de que el Padre Dios quiere que todos sus hijos sean respetados y gocen de las riquezas que Él ha puesto en este mundo para todos.

Jesús, con la curación al leproso, está inaugurando con sus palabras y con sus hechos una nueva sociedad en la que los valores de solidaridad y fraternidad estén siempre presentes.

Lo más importante, pues, no fue el hecho milagroso de la curación de la lepra, sino el hecho de que ese leproso saliera de la marginación en que la sociedad y la religión le tenían amarrado. El leproso ya no tendrá que ir gritando: “¡Soy impuro, impuro!” (Lv 13, 45); desde ahora será un ciudadano más, y los sacerdotes y rabinos lo acogerán en su templo y en sus sinagogas.

Lo que, en verdad, debe ser incomprensible y vergonzoso para todos es que Jesús, el gran luchador contra toda marginación humana y religiosa, termine su vida como el peor de los marginados, expulsado de la ciudad santa (Jn 19, 17), crucificado como un malhechor entre malhechores (Lc 23, 39).

El autor es sacerdote católico.

Opinión
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí