En Nicaragua, en la década de los setenta y ochenta, tuvimos una experiencia directa sobre el choque entre cristianos “progresistas” y “tradicionalistas”. Los primeros insistían, entre otras cosas, que se podía ser cristiano y marxista. Uno de sus heraldos, Ernesto Cardenal, afirmó que “no se puede ser cristiano sin ser marxista”.
En la acera opuesta estaban los “tradicionalistas”, seguidores de las enseñanzas milenarias de la Iglesia. Algunos aludían la famosa cita de S.S. Pío XI en la encíclica Quadragesimo anno “Socialismo religioso o socialismo cristiano son términos contradictorios; nadie puede al mismo tiempo ser buen católico y socialista verdadero”.
El papa Juan Pablo II, junto con el entonces cardenal Ratzinger, criticaron sin ambigüedades las desviaciones libero-progresistas. El subsiguiente derrumbe y descrédito del socialismo al final de la década de los ochenta volvió obsoleta la teología de la liberación.
Hoy, sin embargo, los valores “progres” parecen estar reapareciendo bajo nuevas modalidades, particularmente en Estados Unidos. Recientemente el New York Times publicó un artículo titulado “Joe Biden, el apóstol político del movimiento cristiano progresista”. Afirmando: “Biden, tal vez el comandante en jefe más devoto a su religión que se ha visto en medio siglo, asiste con frecuencia a misa y habla sobre cómo su fe católica es la base de su vida y sus políticas”.
Biden, como se sabe, es un activo promotor del aborto. Acaba de restablecer el financiamiento estatal de las clínicas de aborto de Plan Parenthood y también el de aquellas que operan fuera de Estados Unidos. Su agenda legislativa planea eliminar los condicionamientos al aborto que practican algunos estados y hacerlo lo más libre y accesible posible. El problema es que para la Iglesia católica el aborto —desmembrar o matar a niños no nacidos en el vientre materno— es un crimen abominable, al punto que el derecho canónico en su canon 1398 preceptúa: “Quien procura el aborto, si este se produce, incurre en excomunión latae sententiae”. ¿Puede entonces ser alguien al mismo tiempo un buen católico y un abortista verdadero?
El NY Times y legiones de cristianos progresistas piensan que sí. El artículo en referencia decía que “con Biden, un cristianismo diferente y más liberal está en ascenso, menos enfocado en políticas sexuales y más en combatir la pobreza, el cambio climático y la desigualdad racial”. Para concluir que el papa Francisco, con su preocupación por el medioambiente, la pobreza y las emigraciones, estaba en la misma onda —ignorando que este siempre ha condenado al aborto.
Los ecos de la teología de la liberación del siglo pasado reverberan en estas visiones. De nuevo está en juego la definición de lo que es ser católico o cristiano. Para el pensamiento progre es su identificación con los pobres o con causas socioambientales muy definidas; lo demás es superfluo o secundario; la creencia en Cristo, la obediencia a las enseñanzas de la Iglesia, la moral sexual, la condena del aborto.
Biden, al menos, admite que el aborto es malo (wrong) y que personalmente lo reprueba. Pero para justificar su papel activo y decisivo en promoverlo dentro y fuera del país utiliza dos argumentos absurdos: uno, que él no puede imponer a los demás sus convicciones religiosas, y el otro que se opone al aborto desde el punto de vista personal pero no político. Podría preguntárselo entonces: ¿No es deber de todo cristiano actuar de acuerdo con sus convicciones, como lo hicieron los cristianos abolicionistas al luchar contra la esclavitud? ¿Acaso los abortistas se abstienen de imponer sus convicciones? ¿Cómo puede un católico, consciente de que el aborto es un mal abominable, promoverlo políticamente? ¿Ha hecho algún esfuerzo, dentro de su partido para que este abandone el patrocinio de una política tan repugnante?
En verdad, no hay dicotomía posible entre católicos progres y tradicionales. La Iglesia católica es por definición la guardiana fiel de una tradición que no está sujeta a los vientos dominantes. Católico es quien acepta y trata de vivir sus enseñanzas, sobre todo aquellas que han sido declaradas solemnemente como verdades de fe o de moral. El católico que se considere con libertad de rechazar algunas de estas es, inconscientemente, un protestante —ellos creen en la libre interpretación. Quizás, también, un político hipócrita.
El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.