Y ADEMÁS
El viernes 18 de diciembre pasado publiqué el último artículo del 2020. Los siguientes viernes (día que se publica esta columna) fueron 25 de diciembre y 1 de enero y en esos festivos no sale LA PRENSA en el formato de papel.
Aquel último artículo del año pasado fue sobre el dios griego Dionisio (Baco en la mitología romana) e hice ver su parecido con la historia cristiana de Jesús de Nazaret.
Para mí son fascinantes los parecidos entre una religión y otra, así como entre las religiones de la época actual —incluyendo el cristianismo y el catolicismo en particular— con los mitos de la antigüedad. Y no solo los griegos, también los de otras culturas.
Por eso ahora quiero referirme al parecido del mito griego de Ifigenia con el relato bíblico, en el Antiguo Testamento, acerca de Abraham y su hijo Isaac.
Ifigenia es la primera hija de Agamenón, rey de Micenas, y de su esposa la reina Clitemnestra, hermana de Helena de Esparta la que al fugarse con Paris hacia Troya (o ser raptada por el príncipe troyano), se hizo universalmente famosa y pasó a ser conocida como Helena de Troya.
Cuando Helena se casó con Menelao, hermano de Agamenón y rey de Esparta, todos los reyes, príncipe y caudillos de las ciudades griegas hicieron el pacto de acudir en su ayuda en el caso de que alguien se atreviera a robarle la esposa.
Es que Helena era la mujer más bella y codiciada del mundo, todos la querían por esposa y para resolver la disputa su padre putativo, Tindáreo (pues se decía que su verdadero progenitor era Zeus), hizo un sorteo que ganó Menelao.
Un buen día el príncipe troyano Paris llegó a Esparta en misión de buena voluntad. Fue atendido por Menelao con todos los honores, pero el rey espartano tuvo que viajar urgentemente, para asistir al funeral de un familiar. Paris se quedó en Esparta, se enamoró de Helena, y ella de él. Regresó Paris a Troya llevándose a Helena y al regresar Menelao a Esparta, convocó a todos los líderes griegos para pedirles que cumplieran su compromiso y lo acompañaran en una expedición armada a Troya con el fin de rescatar a su mujer.
Las flotas de todos los reinos y principados griegos se reunieron en el puerto de Áulide, para salir de allí todas juntas hacia Troya. Pero la naves quedaron inmovilizadas porque de repente cesaron los vientos y no se podía navegar.
Es que la diosa Artemisa, hermana de Apolo y patrona de la caza, protectora de los animales salvajes pero también de la virginidad de las doncellas, de los nacimientos y de las mujeres enfermas, había ordenado a los vientos que dejaran de soplar. La divinidad estaba enojada con Agamenón, porque él mismo o alguno de sus allegados había profanado un bosque sagrado y matado a una cierva que le estaba consagrada.
Por medio del adivino Calcante la diosa hizo saber a Agamenón que solo permitiría que volvieran a soplar los vientos y la flota griega pudiera zarpar, si le entregaba en ofrenda la vida de su hija mayor, Ifigenia. Agamenón se resistió, pero Menelao y los demás jefes de los griegos lo obligaron a ceder. Entonces Agamenón mediante un engaño hizo que Ifigenia fuera enviada a Áulide donde se haría el sacrificio humano. Pero cuando el sacerdote estaba a punto de degollar a la princesa virgen, Artemisa hizo soplar una ráfaga de viento, desapareció Ifigenia y en su lugar había una cervatilla. El sacrificio humano fue sustituido por el de un animal.
En el Antiguo Testamento, Jehová, para probar la fe y obediencia de Abraham le ordena sacrificar a su pequeño hijo, Isaac, en el Monte Moriah, el lugar donde después sería construida Jerusalén. Abraham obedece la voluntad de Dios, pero cuando está a punto de matar a Isaac un ángel le ordena detenerse pues ya ha demostrado su obediencia a Jehová. Al lado de la piedra del sacrificio aparece una cabra y el ángel dice a Abraham que la sacrifique en lugar de Isaac.
Dice el académico español de origen cubano, Juan José Pratt Ferrer, en su obra El pensamiento mítico, que “la historia de Abraham e Isaac parece marcar el final de la costumbre de sacrificar el primogénito a la divinidad, a quien se le debían todas las primicias. En su lugar se sacrifica a un substituto”.
Podría ser que el mito griego de Ifigenia, primogénita de Agamenón, marque también el fin de la época de los sacrificios humanos en la antigua Grecia, que después, como lo muestra el mito de Licaón que ya he contado, fueron repugnantes a Zeus.