“¡Muera la inteligencia, viva la muerte!, dijo en una arenga famosa el general José Millán Astray, miembro de la Falange Española y figura destacada del franquismo durante la Guerra Civil de 1936 a 1939.
No es aventurado relacionar y comparar, salvados los tiempos y las circunstancias, a Trump y su administración con la fisonomía grotesca y el perfil sicológico de “el rey felón” para unos y “el deseado” para otros, Fernando VII Borbón (1784-1833) y su reinado absolutista y brutal en la España del siglo XVIII. Dueño de un carácter sombrío y falaz, hipócrita y cínico, en una carta a Napoleón I le pidió misericordia y le declaró su amor, rogándole que lo adoptara como hijo; no obstante, que los franceses al invadir España en pos de Portugal, lo habían depuesto y hecho prisionero para encumbrar al trono a “son petit frère”, José I Bonaparte (“Pepe Botella”). Para ser español (tan majos y corajudos, pero con sus dobleces, estos españoles) y por demás rey, esta fue una actitud abyecta de Fernando VII, “el mayor hijo de puta que ciñó corona en España”.
El escritor español Arturo Pérez-Reverte, en su más reciente libro, escribe de este decimonónico rey de España: “Además de feo –lo llamaban “Narizotas”– , con una expresión torva y fofa, el infame Fernando VII era un malo absoluto, tan perfecto como si lo hubieran fabricado en un laboratorio”. Al cabo de su reinado despótico y atrabiliario, marcado por un rosario de guerras civiles y levantamientos, dejó al país partido en dos, ni más ni menos: los conservadores monárquicos y los liberales progresistas que se odiaban a muerte y que por una mala mirada se acuchillaban entre sí que ni puta madre de mi alma.
El populacho embrutecido, irredento e inculto, o sea la base fanática de siempre, se movía entre unos y otros al son de una jota aragonesa, con tal que el tocino se adobara con vino amargo y tabaco chilcagre, listos para colgar a moros y cristianos. De sus aduladores cortesanos, entre ellos la jerarquía eclesiástica, el rey siguió consejos solo cuando convenían a sus deleznables propósitos, en tanto a sus enemigos les concedió, cuando no despidos exprés, calabozo, tortura y muerte, chamuscándolos en la pira o quebrándoles el trasero.
Hasta el famoso pintor Goya salió huyendo a Francia antes que le alcanzara la degollina. Para 1821 España, absorta, dijo adiós a las posesiones americanas, con excepción de Cuba y Puerto Rico. Por su lado, para afirmar su independencia, los mexicanos al son de rancheras le ganaron al rey la última batalla naval en la América colonial. Fernando VII Borbón perdió el imperio donde nunca se pone el sol. Un triste principio del fin de la Grande España. Sic transit gloria mundi.
Las nefastas consecuencias de la incapacidad, inercia, obstinación y ceguera ante los cambios filosóficos que recorrían los continentes, y que el rey, la nobleza, la iglesia y los políticos los ignoraron o no alcanzaron en reconocer, sino en impedir a garrote en mano que se extendiera la Ilustración, sumieron a España durante los siguientes dos siglos en una postración que aún en nuestros días no tiene visos de terminar. Y a partir de entonces, como si fuera poco, la América española se convirtió, en virtud de la herencia barbárica, en un montón de feudos con feroces caudillos analfabetas, venidos a la rebatiña y al “quítate vos que aquí vengo yo, o gobierno desde abajo hasta chupar la médula de tu chingada madre”.
A un abismo parecido, Trump, ignorante, se está asomando y llevando al pueblo de los Estados Unidos de América a una involución, cuando menos. Ya se respiran en la Unión los aires de independencia. ¿En qué ha quedado entonces el “Destino Manifiesto” como misión divina?