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Tras la muerte del caudillo venezolano Hugo Chávez Frías, su heredero político Nicolás Maduro ha seguido “cooperando” con el régimen de Daniel Ortega. Miles de millones de dólares han entrado a través de Albanisa y son manejados por Ortega a su entera discreción. LA PRENSA/ Archivo

La vida parasitaria de Daniel Ortega, el mayor “agente extranjero”

Daniel Ortega siempre ha logrado que alguien más pague sus cuentas. Los asaltos bancarios, la Unión Soviética, Libia, Venezuela, Cuba y el erario de Nicaragua han financiado su vida y andanzas en la política. No se le conoce más que un fugaz empleo como periodista en los años sesenta.

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Diciembre de 2008. Tras 16 años “gobernando desde abajo”, Daniel Ortega ha logrado regresar al poder y está tratando de “reunir dinero en efectivo para su proyecto político en Nicaragua”, además de intercambiar impresiones sobre el movimiento “antiimperialista”. Con este propósito viaja a Libia, se encuentra con su padrino económico, el dictador Muamar Gadafi, y le llora por una inyección de capital.

La visita de Ortega a Trípoli, capital libia, no se conoció públicamente sino hasta dos años y dos meses después, en febrero de 2011, cuando el diario británico Daily Telegraph reprodujo un cable de la diplomacia estadounidense filtrado por WikiLeaks.

Al parecer Ortega explicó la “tensa situación doméstica” que atravesaba Nicaragua, dijo que el Frente Sandinista estaba limitado de efectivo y solicitó ayuda para construir el Gran Canal Interoceánico. Sin embargo, para entonces ya habían acabado los tiempones en que Gadafi “soltaba plata para sus amigos revolucionarios” y la comitiva nicaragüense volvió a El Carmen con las manos vacías.

Gadafi incluso se quejó de que Ortega llegó, sobre todo, “a llorar en su hombro” y a extender la mano para recibir dinero. Así finalizaban tres décadas de apadrinamiento económico de Libia al Frente Sandinista y, en particular, a Daniel Ortega.

El dictador libio murió en 2011, a manos de rebeldes de su país, y ahora su antiguo “ahijado”, devenido en un dictador tropical, ha aprobado una ley que controla y limita a todas las personas, fundaciones y organismos que reciben fondos extranjeros. Una movida que, para algunos analistas, se contradice con la trayectoria del propio Ortega.

“Él es un agente extranjero”, afirma categóricamente el opositor Eliseo Núñez. Y más que eso, dice, “es un sátrapa”. “Un sátrapa es alguien que gobierna en nombre de otro, de un extranjero. Y Ortega siempre ha gobernado en nombre de un extranjero: soviéticos, cubanos, venezolanos y ahora está tratando de gobernar en nombre de los rusos”.

 Encuentro en Yugoslavia. El dictador Muamar Gadafi a la izquierda y Daniel Ortega a la derecha. LA PRENSA/ Cortesía

 

Los años ochenta

Ortega nunca ha negado que vive por, para y de la política. En noviembre cumplirá 75 años de edad, pero solo se le conoce un empleo, el que tuvo a comienzos de los sesenta en el radioperiódico La Verdad, de la Radio Mundial. Y solo laboró por unas horas, antes de ser despachado por haber hecho un escándalo durante su primera cobertura, en una conferencia de prensa del Ministerio de Agricultura y Ganadería, cuando descubrió que el tipo que estaba de relacionista público lo había torturado tiempo atrás.

En 1998, entrevistado por el periodista Fabián Medina, declaró que no tenía empresas y que su “razón de ser” era su “compromiso con la lucha social” en Nicaragua.

—¿No se ve Daniel Ortega viviendo de otra cosa que no sea la política? —preguntó Medina. A lo que Ortega respondió:

—Yo diría: ¿No se ve Daniel Ortega viviendo fuera del compromiso social, fuera del compromiso revolucionario, que va a dar lógicamente a una actividad política?

—¿Usted tiene algún tipo de negocios, otras entradas de dinero que puedan ayudarle cuando no sea diputado, por ejemplo?

—Tengo ayuda. Tengo gente que me ayuda.

Luego Ortega reconoció que recibía colaboraciones de parte del coronel Gadafi. “Ha sido un soporte muy importante todos estos años”, admitió.

—¿En carácter personal o como partido? —indagó el periodista.

—En carácter personal, pero también le ha ayudado al Frente.

—¿Usted se sigue viendo con Gadafi?

—Sí, de vez en cuando voy por Libia. Le guardo mucho cariño al coronel Gadafi.

La mesada que Muamar Gadafi entregaba a Daniel Ortega fue clave para su supervivencia política en los años noventa.

Antes de tener acceso a las arcas de Gadafi y las armas de la Unión Soviética, el Frente Sandinista se “autofinanciaba” robando. Durante la década de los sesenta y principios de los setenta, el movimiento guerrillero cometió “una ola de asaltos a bancos, casas comerciales, furgonetas de venta ambulante y hasta un intento fallido de secuestro al empresario Alfredo Pellas, con el propósito conseguir dinero para financiar la compra de armas, vehículos y avituallamiento de los guerrilleros de la ciudad y la montaña”, detalla la revista Magazine en el reportaje Un asaltabancos llamado Daniel Ortega.

Luego Gafafi, el líder socialista que encabezó la revolución libia de 1969, apoyó militarmente a los rebeldes sandinistas que intentaban derrocar a los Somoza. Las relaciones continuaron tras el triunfo de la insurrección nicaragüense, y Ortega quedó en contacto con el tirano libio.

Miembros del Frente Sandinista, como Tomás Borge y Henry Ruiz, solían ir de visita a Trípoli para pedirle dinero a Gadafi y alguno hasta llegó a “sentirse amigo” suyo. Pero de todos ellos el que tuvo la relación más estrecha con el libio fue Ortega, reconoció Borge en diciembre de 2011 a la revista Magazine.

En la década de los ochenta, el “proyecto revolucionario” de Ortega también recibió el apoyo de la Unión Soviética y los países de Europa del Este.

El dictador nicaragüense ha buscado distintas maneras de encontrar cooperación extranjera y “siempre ha sido con gente que coincide con él en su visión política”, señala el sociólogo Óscar René Vargas. “Fidel Castro no ayudó mucho porque no tenía capacidad. En los años ochenta eran los países del bloque socialista, sobre todo por geopolítica. Hubo financiamiento al proyecto del país y él (Ortega) era el que controlaba los reales”.

“La cooperación de parte de la URSS era en armas principalmente”, subraya Eliseo Núñez. “Los equipos (técnicos) los recibía de Alemania del este y los alimentos de la Europa oriental. Así tenían repartida la ayuda a Ortega. Él ha sido totalmente incapaz de generar riqueza en el país, una economía que funcione por sí misma”.

 Cuba también ha brindado apoyo a Daniel Ortega, pero en menor medida que otros países, porque no tiene capacidad para más. LA PRENSA/ Archivo/ O. Navarrete

“Travesía del desierto”

Cuando la Unión Soviética cayó y la geopolítica del mundo tuvo que reconfigurarse, el Frente Sandinista se quedó sin ese apoyo, precisamente cuando comenzaban sus años en la oposición. En ese tiempo la mesada de Muamar Gadafi fue elemental para que Ortega pudiera seguir “gobernando desde abajo” y en constante campaña política.

El dinero libio le permitió sobrevivir a lo que Vargas llama “travesía del desierto”. Los años de vacas relativamente flacas, de 1990 a 2006. Gadafi, acusado de financiamiento al terrorismo por Estados Unidos, le ayudó a “tener presencia nacional permanente, andar de arriba para abajo, visitando los municipios y tener una nómina de funcionarios que él financiaba con el dinero que recibía”, detalla el sociólogo. “Ese dinero no era para su acumulación, sino para el funcionamiento del partido”.

Lo que sí pudo manejar con holgura y a manos llenas fue el financiamiento recibido de parte de los venezolanos Hugo Chávez Frías y su heredero Nicolás Maduro. Se estima que a partir de 2008, y durante los siguientes años de bonanza petrolera, Venezuela entregó a Nicaragua un promedio de 500 millones de dólares anuales, “libres de polvo y paja”, en palabras del economista nicaragüense Enrique Sáenz.

Se ha calculado, partiendo de datos oficiales del Banco Central, que de 2008 a 2018 Nicaragua recibió casi 4,000 millones de dólares, en créditos canalizados a través de la empresa Alba de Nicaragua (Albanisa). Un capital líquido que Ortega ha manejado a su entera discreción y que, de acuerdo con Vargas, de alguna manera le sigue generando réditos, a través de los negocios de la gasolina y la electricidad.

Además, aunque reducida a su mínima expresión debido a la profunda crisis que actualmente atraviesa el régimen de Maduro, la ayuda venezolana no se ha detenido. “Ya no son los 500 millones. Eso ya es imposible, pero sí unos 10, 20 o 30”, sostiene el sociólogo. “La cooperación no ha terminado y la prueba es que las islas del Caribe siempre siguen recibiendo algo y por eso votan con Maduro (en instancias internacionales como la OEA)”.

 La tarde del 16 de enero de 2008 Hugo Chávez Frías estaba en uno de sus fugaces viajes a Managua y ya iba camino al aeropuerto cuando le pidió a Daniel Ortega que pasaran visitando LA PRENSA.

El negocio de odiar

A juicio del abogado Eliseo Núñez, el mayor negocio de Daniel Ortega ha sido el de la posición geopolítica de Nicaragua aunada al discurso trasnochado que evoca la Guerra Fría.

“En la Guerra Fría se alió con quienes adversan a Estados Unidos y demandó financiamiento de parte de ellos. La Unión Soviética y todo el bloque del este. Luego (en los noventa) migra hacia Gadafi, que para Estados Unidos era como Osama bin Laden pero a cargo de un gobierno. Luego migra a Chávez. El hilo en común es un odio visceral hacia Estados Unidos”, analiza.

Para Núñez, se trata del “típico ciudadano latinoamericano creyendo que su mediocridad se la debe al mundo y que tiene que luchar contra el culpable de sus penurias, que son creadas por su propia incapacidad pero que él las atribuye a un enemigo cuasi imaginario. Ortega le atribuye eso a Estados Unidos y busca gente que lo apoye en esa cruzada”.

La ubicación de Nicaragua en lo que algunos han llamado “el patio trasero de Estados Unidos” le ha permitido a Ortega convertirse en un “tonto útil”. Pero “un tonto no tan tonto, porque al final pasa factura”, dice el abogado. Ahora que la nueva etapa del gran “proyecto revolucionario” de Ortega carece por completo de los “ideales” que se vendían en los años ochenta, “se enriquece de esa posición que le permite atacar permanentemente a los Estados Unidos”.

En otras palabras, Ortega se ha aliado a los enemigos del “imperio” y estos han pagado por tenerlo “como la incomodidad más cercana que Estados Unidos puede tener”.

Ya pasó por Libia, la Unión Soviética, Cuba y Venezuela. Ahora se le ve alineado políticamente con Rusia y ha coqueteado con los chinos a través de proyectos de papel, como el Gran Canal Interoceánico, pero su casamiento con el gobierno de Taiwán le ha impedido concretar esa relación. ¿Quiénes pagarán ahora las cuentas de Ortega?

Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo reciben alegremente a Vladimir Putin, durante una visita relámpago del ruso a Managua. LA PRENSA/ Archivo

***

Daniel Ortega: “Yo fui periodista”

Daniel Ortega tenía 17 o 18 años cuando pasó fugazmente por el mundo del periodismo. Duró unas horas en el oficio, pero años más tarde, en 2008, durante una breve visita al estacionamiento de LA PRENSA en compañía de Hugo Chávez Frías, le dijo al periodista Eduardo Enríquez que él también había sido parte del gremio.

Cuando Enríquez le explicó que en el periódico no se podía publicar íntegro un discurso de 45 minutos, Ortega replicó: “¡No, no me vengás con cuentos, si yo también fui periodista!”. Todos los presentes lo tomaron a broma, pero al parecer Ortega se refería a su paso por el radioperiódico La Verdad, de la Radio Mundial, adonde llegó en 1962 o 1963, recomendado por alguien que por entonces era uno de sus mejores amigos: Carlos Guadamuz.

Guadamuz lo “ensalzó” ante los jefes de la radio, hablando maravillas sobre ese “prospecto” tan lleno de cualidades. Y Ortega llegó, papel, lápiz y grabadora en mano, listo para hacer carrera en la radiodifusión.

Le dieron un carné de novato y ese mismo día realizó su primera y última cobertura noticiosa para La Verdad. Lo enviaron a una conferencia de prensa de Alfonso Lovo Cordero, ministro de Agricultura y Ganadería de Somoza. “Daniel hizo lo que los demás: asistió al evento, grabó las palabras del funcionario, anotó lo más importante en su libreta, pero cuando Lovo terminó de hablar, el joven periodista vio algo que lo sacó de sus casillas: ¡el relacionista público del ministerio era el mismo que lo había torturado a él tiempo atrás!”, relató Revista Domingo, de LA PRENSA, en julio de 2017.

“Ortega no se lo pensó mucho y cuando llegó el momento de las interrogantes, le preguntó al ministro Lovo cómo era posible que un torturador fuera funcionario de su institución. A Lovo no le gustó esa temeraria y pública imprudencia”, detalla el reportaje.

De hecho, para evitar este tipo de altercados las conferencias no se transmitían en vivo, explicó en 2017 Joaquín Absalón Pastora, uno de los jefes de Ortega en su único día en la Radio Mundial. El muchacho “regresó a la radio con aire triunfal y dijo, por todo lo alto: ‘Traigo la mejor noticia de la conferencia con el ministro de Agricultura: su secretario es un guardia torturador y pude decírselo’”.

Para ese momento el ministro Lovo ya había llamado a la emisora para quejarse del reportero, diciendo: “¿Cómo es posible que La Verdad envió a un periodista belicoso y tapudo?”. Y Francisco Carranza, el otro jefe de Ortega, no podía creer lo que estaba sucediendo. Él tenía buenas relaciones con el ministerio como fuente informativa y, en lugar de felicitar a su joven reportero, le gritó: “¡Vos sos comunista!”, para acto seguido romperle el carné frente a la cara.

Luego de eso Ortega supuestamente habría trabajado un tiempo en una emisora llamada Radio Capital, que quedaba cerca de la iglesia El Calvario. Pero no hay mucha información sobre esa nueva aventura.

A Ortega se le ha visto “coquetando” con China a través de proyectos como el Gran Canal Interoceánico, pero su relación con el gobierno de Taiwán le impide concretar ese acercamiento.

Coyote

En Nicaragua se le llama despectivamente “coyote” a quien logra que otros paguen sus consumos. En 1986 el presidente norteamericano Ronald Reagan dijo que Daniel Ortega era “un dictador con anteojos de diseño”, en alusión a unos lentes de tres mil dólares que compró en una exclusiva óptica en Manhattan.

En entrevista con la revista Play Boy, Ortega explicó: “El lugar me fue recomendado por un amigo acaudalado y siempre he cargado los anteojos a su cuenta”. Esta anécdota se relata en el libro El Preso 198, de Fabián Medina.

 

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