«Bapi Buaia» es parte de la trayectoria de la defensora de derechos humanos en las comunidades indígenas y afrodescendientes. LA PRENSA / CORTESÍA

«Bapi Buaia» es parte de la trayectoria de la defensora de derechos humanos en las comunidades indígenas y afrodescendientes. LA PRENSA / CORTESÍA

Lottie Cunningham y su resistencia como defensora de derechos de comunidades indígenas y afrodescendientes

A sus 61 años, la abogada Lottie Cunningham recibió el Premio Right Livelihood 2020. Lo dedica a la lucha por los sueños de los pueblos indígenas

Lottie Cunningham Wren fue enfermera. A sus 20 años cursaba el segundo año de enfermería en la escuela Ruth C,S Thaeler, en su comunidad Bilwaskarma, Waspam Río Coco en la Costa Caribe Norte de Nicaragua. Pero por efectos de la guerra civil de 1979 el centro de estudios fue clausurado, se interrumpieron sus estudios y luego llegaría «la Navidad Roja» — el operativo que desarrollado por el Ejército Popular Sandinista entre diciembre de 1981 y enero de 1982 para desalojar unas 20 comunidades miskitas de la Costa Caribe Norte y reubicarlos en territorios controlados por este ejército — que la obligó a desplazarse forzosamente de su comunidad. Atravesó el país y llegó a Managua, donde logró terminar su carrera en la Universidad Politécnica de Nicaragua (Upoli-Managua).

El Ministerio de Salud (Minsa) la mandó a dar sus servicios sociales a la Costa Caribe Sur, desde ese momento a Cunningham le ha tocado resistir: «bapi bauia», dice en Miskito. «Me fui llorando porque yo quería irme a mi territorio (Norte), pero me mandaron al Sur específicamente a Bluefields, no me mandaron a mi comunidad porque estaba desplazada, fue muy difícil reencontrarme con mi familia, muy triste, me dejaron trabajando en otro municipio hasta que renuncié en 1988», contó Cunningham a LA PRENSA.

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Cunningham nació el 29 de septiembre de 1959, es de origen miskito y a sus 61 años es la abogada nicaragüense, ambientalista y defensora de los derechos de los indígenas y afrodescendientes que ganó el Premio Right Livelihood 2020 otorgado por la fundación sueca Right Livelihood Award, llamado el Nobel Alternativo. Recibirá el galardón el 3 de diciembre, de forma virtual y coordinado desde la sede de la fundación, en Estocolmo. Cada uno de los ganadores recibe un millón de coronas suecas (unos 94.000 euros), a modo de incentivo para apoyar su trabajo, calificado como una «incansable dedicación a la protección contra la explotación y el saqueo de las tierras y comunidades indígenas».

La mujer que lucha contra un gigante

Eran las 3:00 de la madrugada de este jueves 1 de octubre en Nicaragua, cuando el celular de Cunningham sonó. Era una llamada desde Estocolmo, Suecia. «Me tomó por sorpresa, aunque a mí ya antes me habían notificado que estaba compitiendo con más de 187 defensoras y defensores de 70 países del mundo, nos habían dicho que hoy se iba anunciar a los ganadores, nunca me imaginé que iba a ser una de ellos», aseguró Cunningham.

Cuenta que algunas veces cuando sus colegas y familiares le preguntan «¿duerme por las noches?», sólo se ríe. Pero estaba en vigilia cuando sonó su teléfono para avisarle del premio. Dormir poco o pasar en vela ha sido parte de su rutina por más de 20 años que ha dedicado a la defensa, lucha y resistencia para que prevalezca la justicia social en los territorios indígenas de la Costa Caribe de Nicaragua. Lleva una vida tan ajetreada que ha tenido que sacrificar el tiempo destinado para su familia.

Camina, navega, vuela. Corre, escala, va de arriba a abajo de una comunidad a otra. Donde sea que le llamen, por el tiempo que sea, durante se necesite su estancia en el lugar, ella va y se queda. Recorre en camión, a caballo, avioneta o panga. Viene y va a comunidades donde no hay internet, señal para celular, energía eléctrica, agua potable, alimentos; una zona donde no se habla de pobreza, se vive la pobreza.

«Siempre estoy planificando, haciendo innovaciones, porque es muy complejo cuando uno esta luchando contra fuerzas tan grandes como un Estado», dice.

«Varias veces no duermo porque una lucha con un gigante no es fácil, porque nosotros necesitamos dejarle algo a la generación presente y futura, como la justicia social, que es es un proceso lento —admite—, a  mi los comunitarios me preguntan ¿por qué dilata tanto?, y yo les digo que es lenta como la tortuga; ellos me refutan pero ¿por qué no es veloz como el venado?, mi respuesta es que para lograr la justicia tenemos que cambiar todos como humanos, desde nuestras actitudes, ser respetuosos, tolerantes, y les insisto en que la tortuga siempre llega a su fin y nosotros confiamos que vamos a lograr llegar a esa justicia social, el sueño es que todos los pueblos puedan tener una vida de bienestar que las comunidades indígenas, sus hijos, ancianos tengan derecho a los 3 tiempos de comida», apuntó Cunningham.

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Reconoce que no tiene un horario de oficina, «el ser defensora es estar las 24 horas, es estar día y noche, pendiente de lo que pasa, claro si queremos lograr una justicia social, porque debemos tener una convicción y esperanza», apunta.

Cunningham remarcó que la manera en que la crió su abuela influyó para que ella se sintiera atraída por proteger la naturaleza y defender los derechos de sus comunidades, día a día. «Esas enseñanzas y principios de amar al prójimo como a ti mismo, proteger a la madre naturaleza y vivir en armonía, fue el día a día de mi niñez y adolescencia, esos valores me han quedado y me ha dado optimismo para continuar en la lucha para lograr los sueños de los pueblos indígenas y afrodescendientes», añadió.

El premio para sueños de los pueblos indígenas y afrodescendientes

En cuánto al premio, Cunningham expresó que se siente honrada, conmovida y sigue humilde en su trabajo. «Es muy importante recibir este premio en un contexto crucial, cuando el pueblo de Nicaragua vive la crisis de derechos humanos, la más profunda de su historia y sus consecuencias también han tenido impacto en los territorios de los pueblos indígenas y afrodescendientes, debido a que es una crisis humanitaria que pone en riesgo la supervivencia de los pueblos indígenas de la Costa Caribe de Nicaragua», denuncia.

«Le afirmo al mundo y a Nicaragua que no lo asumo (el premio) a título personal, sino que acepto este premio en nombre de los pueblos indígenas y afrodescendientes de mi país, particularmente los que han dado su vida defendiendo a la madre tierra y a las mujeres indígenas y afrodescendientes de la Costa Caribe de Nicaragua que luchan día a día por la vida y el territorio. Este premio va a continuar con el sueño de la lucha de los mecanismos internacionales, las innovaciones que hemos hecho con algunas comunidades, como la agroecología, como una forma de resistir, esto es lo que me impulsa a continuar la lucha de los pueblos», sostiene Cunningham.

Lottie Cunningham, defensora de derechos de las comunidades indígenas y afrodescendientes de Nicaragua. LA PRENSA / CORTESÍA
Lottie Cunningham, defensora de derechos de las comunidades indígenas y afrodescendientes de Nicaragua. LA PRENSA / CORTESÍA

Este jueves su rutina se vio interrumpida, tenía planificado continuar con su trabajo de incidencia y de monitoreo de la situación de las 96 comunidades indígenas, pero su celular no ha dejado de sonar.  Son «llamadas de periodistas, ustedes quienes contribuyen a visibilizar la crisis de derechos humanos», comenta con su tono pausado y siempre conciliatorio.

«Bapi bauia», la exclusión social

El drama que vivió Cunningham con el desplazamiento forzoso de su comunidad y toda su familia, la motivó a estudiar Leyes en la Universidad Centroamericana (UCA), en 1988. Le tocó viajar nuevamente a Managua, y a su criterio «para nosotros (los indígenas) es un ambiente muy difícil», reconoce, por la exclusión social.

«Hice mi examen de ingreso y pasé, fue muy difícil para mi, mi familia se había refugiado fuera del país, mi abuela Elvira Cunningham había fallecido. Me tocó sola, ya era madre soltera y venir a estudiar como madre soltera en el ambiente de Managua que es muy difícil, fue más duro, porque primero no entiende uno la cultura, lengua. Yo recuerdo que cuando hablaba en mi lengua, los compañeros de clases me decían «aquí estamos en Nicaragua no anden hablando de ese lenguaje», ese tipo de actitudes a mi me enseñó a «bapi bauia» y decir que somos costeños, pero también nicas, que tenemos derechos de hablar nuestra propia lengua, a mí mis compañeros me pusieron el apodo «la ley de la Costa»», rememoró entre risas Cunningham. Ella ahora no sólo lleva la ley a las comunidades indígenas y afrodescendientes, también hace historia como defensora de su pueblo.

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La activista nicaragüense explicó que siempre puso en practica la regla de oro: hablar siempre su lengua con otros costeños e indígenas. «No se puede saludar a otro costeño con otra lengua, siempre hablaba mi lengua, para mi fue de mucho aprendizaje esa convivencia y terminando mi carrera me regresé a trabajar a mi comunidad», sostuvo.

Se graduó como abogada en 1994 en la UCA. Un año después regresó a su territorio y se integró al Grupo Jurídico Internacional de Derechos Humanos, una organización no gubernamental. «Terminando mi carrera me regresé a trabajar a mi comunidad, llegando me dijeron colegas que ya habían problemas en mis comunidades, entonces inicié a trabajar en las comunidades de los pueblos miskitos que ha tenido mucho sufrimiento, ha vivido tanta violencia, en estos últimos años por la pérdida de sus territorios, por las restricciones a su movilidad, desplazamiento forzoso que volvemos a recordar como la de 1981», señaló Cunningham.

Cejudhcan: «El sueño de luchar y proteger»

Cunningham es la presidenta y fundadora de Centro por la Justicia y Derechos Humanos de la Costa Atlántica de Nicaragua (Cejudhcan), ella cuenta que su organización nació en 2005, como un sueño con el que siempre ha apostado en su lucha por proteger los derechos humanos de las comunidades indígenas e incidir en políticas públicas a favor de los pueblos. Los programas de Cejudhcan ha ayudado a los líderes comunitarios a fortalecer sus capacidades, y a comprender y adoptar el marco legal que apoya los derechos territoriales de los pueblos indígenas y afrodescendientes en Nicaragua.

Cunningham ante la Corte-IDH. LA PRENSA / CORTESÍA
Cunningham ante la Corte-IDH. LA PRENSA / CORTESÍA

En la actualidad, según Cunningham, han logrado que 12 comunidades cuenten con medidas de protección, 8 con medidas provisionales otorgadas por la Corte Internacional de Derechos Humanos (Corte-IDH) y 4 con medidas cautelares de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). «Nosotros tenemos que darle seguimiento y monitoreo a todo los incidentes que hay en las comunidades, ahorita en contexto actual diario hay asedio, vulnerabilidad de los derechos humanos especialmente en las comunidades alejadas», concluyó. Se despide, tiene más llamadas, no sabe si periodistas o los reportes que ha estado esperando de las comunidades indígenas, ellos no pueden esperar más.

Nacionales Cejudhcan Lottie Cunningham archivo

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