Hacia una unidad con resultados

Entiendo a la mayoría del pueblo nicaragüense cuando exige a los actores políticos de oposición unirse con el objetivo inmediato de triunfar electoralmente sobre el partido de gobierno. También entiendo su cansancio y frustraciones que se deriva del forcejeo que hace que esa unidad sea imposible de conseguir. Parece una situación terrible, de falta de conciencia y patriotismo. Los políticos de oposición, al parecer, están condenando al fracaso el futuro de Nicaragua.

Sin embargo, antes de seguir exigiendo esa unidad tan necesaria, debemos de reflexionar no solo sobre lo que la hace necesaria, sino más bien sobre lo que tenemos que hacer, de una vez por todas los nicaragüenses, para nunca más volver a tener este tipo de necesidad en nuestra historia.

Sin duda alguna, esto último nos lleva a otro tipo de planteamiento. ¿Qué tipo de unidad queremos? ¿Cuál sería su alcance? ¿Por cuánto tiempo sería la exigencia de permanecer unidos? ¿Cuáles son los resultados que les exigiríamos? ¿Quiénes serían las personas más idóneas y capaces de darnos esos resultados, y que además podamos confiar, por su misma naturaleza, en que van a permanecer unidas?

Todas las respuestas posibles dependen del objetivo que nos planteemos los nicaragüenses. En 1979 y 1990, aunque con métodos distintos, se logró el resultado inmediato de sendos procesos de unidad del pueblo. Sin embargo, solo fue un interregno para el caudillismo, la corrupción y la dictadura, la tríada de males endémicos que corroe nuestro futuro. ¡Derrotar dictaduras, per se, no trajo mayores resultados perdurables!

Las trampas, como el cortoplacismo, la desesperación generalizada y las soluciones mediáticas, hacen que los nicaragüenses exijamos y apoyemos procesos de unidad, absortos por el estado de necesidad, sin conciencia sobre el futuro, sin auscultar las verdaderas intenciones de los líderes que, al ocultar su propia agenda, al final de la jornada, solo trabajaban para ellos. ¡Mitificar procesos y endiosar a sus actores siempre nos ha traído graves consecuencias!
Es la tercera vez, en los últimos 41 años, que enfrentamos realidades similares. Para algunos quizá es motivo de orgullo y exaltan la capacidad de resiliencia, lucha y heroísmo del pueblo. ¡Sin duda hasta profundizan su liderazgo exaltando cantares de gestas! Para otros, en cambio, nos causa una profunda preocupación, pues, estar lidiando frecuentemente con los mismos vicios, indica nuestra incapacidad y falta de voluntad, como sociedad, de transformar nuestra cultura política para superarlos.

Esta vez debemos cuestionarnos. ¿Cuál debe ser esta el objetivo? ¿Acaso los de siempre, para no romper el ciclo del eterno retorno? ¿Acaso una nueva Nicaragua, transformada y transformadora? Si es así, derrotar electoralmente un gobierno solo es un paso más dentro de muchos que hay que dar. De forma que, la unidad, en este caso, no debe ser concebida solo para triunfar en una elección. Su mayor y verdadero reto empieza después de ella.

Por consiguiente, la nueva unidad del pueblo no debe gravitar sobre la inmediatez y la urgencia, pilares con que se definieron los objetivos de 1979 y 1990, sino que debe orbitar en función de un proyecto con visión de nación, con el potencial trasformador democrático, lo que solo será posible conseguir con una alianza fuerte, que se mantenga unida. Y con esto me refiero, no solo al antes y durante un proceso electoral sino, sobre todo, la principal unidad poselectoral que se requiere para impulsar las transformaciones que el país necesita.

Obviamente, esto no se logra forzando unidades que atentan contra la naturaleza ideológica misma de los involucrados y el ADN de la visión de sus integrantes. Lo que nazca forzado se desintegrará a la primera, volviendo a causar la frustración de todos. Por eso es importante definir, sin presiones y con visión clara del futuro, lo que queremos. ¡Comprender esto es clave!

El autor es administrador de empresas y abogado. Presidente departamental en Estelí de Ciudadanos por la Libertad.

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