Los problemas que por ser diversa y plural sufre la oposición (pugnas por representaciones, disputas por edad, discrepancias ideológicas, rencores y desconfianzas, etc.), hacen creer a algunos que la unidad opositora no será posible jamás.
Pero eso sería mortal, no solo para la oposición sino también y sobre todo para las ansias de libertad y democracia de la nación, pues, en el caso de que hubieran las reformas electorales y las condiciones indispensables para participar en las elecciones de noviembre de 2021, Ortega las podría ganar con apenas 20 a 30 por ciento de los votos depositados en las urnas.
Así lo indican desde ahora las encuestas más creíbles. Demuestran que Ortega sigue teniendo el respaldo de una parte considerable del electorado, mientras que el de cada uno de los partidos opositores es muy reducido y solo unidos todos tendrían chance de derrotarlo.
Sin embargo, no es fácil que se unan “los vigores dispersos” de los que habló Darío —que en realidad, si están dispersos no son vigores, sino debilidades—, aunque sea para hacer frente a un feroz y despiadado enemigo común al que únicamente unidos podrían derrotar.
Esta historia es recurrente. La oposición tampoco podía unirse contra la dictadura somocista, costó mucho que lo hiciera cuando la primera dictadura sandinista y no lo ha podido hacer ahora, contra la dictadura orteguista.
En el archivo de los editoriales del Director Mártir de LA PRENSA, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, quien fuera tan buen periodista como insuperable luchador por la libertad y la democracia —y a quien sus enemigos tuvieron que asesinar para quitarlo de en medio—, encontramos uno con el título “Hay que insistir siempre en la unión”, publicado el miércoles 25 de mayo de 1966.
Ese editorial mantiene su vigencia, su mensaje es oportuno en la situación actual del país. 1966 era un año preelectoral en Nicaragua. Según el doctor Chamorro Cardenal, la unidad de la oposición era indispensable para “evitar la restauración de la dinastía Somoza en el poder principal de la República”. Decía restauración de la dinastía, porque desde 1963 había en el país un presidente de la República que no era de la familia Somoza y se disfrutaba un relajamiento democrático de la vida política.
El general Anastasio Somoza Debayle se presentó como candidato presidencial para las elecciones de febrero de 1967, y por su talante autoritario y estilo militarista se daba por seguro que si ganaba la elección restauraría la dictadura y la dinastía. Y después no permitiría elecciones libres ni dejaría el poder por las buenas, pues, como dijera su propio hermano, el expresidente Luis Somoza Debayle: “Tacho es fácil que suba, lo difícil será que baje”.
“No podemos los nicaragüenses perder la oportunidad de juntarnos para hacer una causa común contra los que nos hacen daño a todos, no solo individualmente considerados, sino en función de comunidad”, escribió el doctor Chamorro Cardenal. “Hagamos ahora el esfuerzo conjunto —agregó—, todos, porque solamente así lograremos el ya viejo, por no decir antiguo propósito, de volver a hacer de Nicaragua, una República”.
54 años después, hay que hacer ese esfuerzo.