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La comunidad de Alal, en el corazón de la Reserva de Bosawas, ya reporta casos sospechosos de coronavirus. LA PRENSA/ Cortesía

De cómo la pandemia de Covid-19 llegó a la Reserva de Bosawas

El coronavirus ya está en Bosawas. Ahora los indígenas no solo enfrentan la amenaza de los colonos, también se hallan desprotegidos ante la pandemia de coronavirus y la combaten con remedios tradicionales e incluso mascarillas elaboradas con corteza del árbol de tuno.

Enfermar de Covid-19 ya es bastante malo, pero es todavía peor enfermar de Covid-19 cuando se vive en un lugar situado a muchas horas de camino del hospital más cercano. El coronavirus ya ha llegado a las zonas más remotas y más abandonadas del país. Primero viajó en bus, después subió cerros y atravesó ríos y ahora amenaza a comunitarios que se defienden precariamente con sus medicinas tradicionales.

Una de esas zonas es la Reserva de Bosawas, en el Caribe Norte de Nicaragua, donde la pandemia del nuevo coronavirus se ha sumado a los viejos problemas de los indígenas. Aparte de las constantes amenazas de colonos invasores, el despale del bosque y la contaminación de los ríos, ahora tienen que enfrentar a este letal enemigo invisible.

“Hace quince días falleció un profesor mayangna del territorio sector cuatro, que trabajaba en Puerto Cabezas. Se contagió y murió. Hicieron el funeral en la comunidad donde vivía. En una semana murió su esposa. Ella lo atendió cuando estaba enfermo y se contagió también. Ya tenemos víctimas”, señala un líder indígena de la comunidad mayangna de Alal, quien ha solicitado se omita su nombre.

Alal se halla en el territorio Mayangna Sauni As o territorio uno, en el corazón de Bosawas. Si de casualidad su nombre le resulta familiar es porque hace seis meses, en enero de este año, fue atacada por colonos que con palas y armas de fuego asesinaron a cuatro indígenas, incendiaron 16 viviendas y mataron unas veinte vacas.

El territorio uno se encuentra a 25 kilómetros de Bonanza, se extiende por alrededor de dos mil kilómetros cuadrados y tiene una población aproximada de siete mil personas. En Alal viven unas 450; para las que hay disponible un diminuto puesto médico que cuenta con una enfermera, una mesa, una silla y una cama sin colchón y sin sábanas, afirma el líder mayangna.

Si alguien enferma de gravedad en estas tierras, dice, otros comunitarios deben cargarlo en una hamaca por alrededor de ocho horas, desde Alal hasta Suniwas, donde ya hay carretera y se puede tomar un bus para ir a Bonanza. El trayecto se hace a pie y por el camino se suben cerros y se cruzan seis o siete ríos.

“En casos como Alal, Musawas, Bethlehem y Wilu, esas comunidades son más vulnerables”, sostiene. “De Wilu a Bonanza hay alrededor de cien kilómetros, no hay acceso para vehículo; de Alal a Bonanza hay 52 kilómetros, tampoco hay acceso. Y en invierno es más preocupante porque los ríos son bravos y el camino puede tomar diez horas. Cuando se agrava la enfermedad, ya pensás en moverte, pero no hay acceso”.

¿Cómo llegó el virus a lugares tan remotos? Como ha llegado a todos lados. Portado por personas contagiadas que trabajaban o estudiaban fuera de la comunidad. Llegó, sobre todo, desde Bonanza, Puerto Cabezas, Rosita y Managua.

Cuando estalló la pandemia, muchachos que asistían a universidades capitalinas regresaron a sus comunidades y llevaron consigo el nuevo coronavirus.

Lea: Así masacraron a los indígenas mayangnas en una comunidad de Bosawas

Alal quemada por colonos armados en enero de 2020. LA PRENSA/ Cortesía

Hacinamiento

Al problema de la distancia habría que sumar el del hacinamiento, que en tiempos de pandemia suele ser un agravante. De acuerdo con comunicados de líderes mayangnas, en las comunidades de la Reserva de Bosawas es costumbre que varias familias compartan la misma vivienda. Hasta tres familias en pequeñas casitas de madera y tambos; lo que significa diez o doce personas viviendo juntas. “Si se contagia una, se contagian todas”.

Líderes de la reserva están solicitando ayuda a organismos internacionales y exigiendo al Ministerio de Salud (Minsa) que les preste la debida atención. En el caso de Alal, dicen, el puesto de salud no cuenta con nebulizadores y mucho menos con un tanque de oxígeno para auxiliar a quienes presenten problemas respiratorios. Tampoco hay termómetros, ni un área para aislar a los pacientes sospechosos de tener el coronavirus.

Lo que suele haber, aseguran, es medicina para la malaria y botiquín de primeros auxilios para asistir a los comunitarios cuando tienen un accidente con su machete.

En Musawas, capital de la Nación Mayangna, la situación no es mucho mejor. “Ahí hay dos o tres camas”, dice un indígena del territorio uno. “Más o menos una cama para cada mil personas”.

Se quedan a morir en casa

De acuerdo con el Observatorio Ciudadano Covid-19, en su informe del 2 al 8 de julio de 2020, solo en la Costa Caribe Norte se han registrado 136 casos de la enfermedad, de los cuales 71 fallecieron. Más del cincuenta por ciento. Mientras que en el Caribe Sur, de 192 contagiados, hasta esa fecha habían muerto 60.

Dado lo remoto de muchas zonas del Caribe nicaragüense, es posible que exista un considerable subregistro en esas cifras. Muchos indígenas han optado por quedarse a combatir la infección en casa. No solo en Bosawas, también en comunidades de Puerto Cabezas y el Caribe Sur.

Marcela Foster, defensora de Derechos Humanos de la comunidad de Kamla, ubicada a siete kilómetros de Bilwi, cuenta que en su zona se está recurriendo a la medicina tradicional. Y con esto se refiere a brebajes de hojas de eucalipto, zacate limón, jengibre, cebolla y canela; y a una planta medicinal cuyo nombre no pudo explicar en español.

“No van al hospital. Los miskitos dicen que cuando van al hospital más bien los van a matar”, ríe. “Una vez en el hospital de Puerto Cabezas llegó gente tosiendo y los otros pacientes acostados en las camas por otra enfermedad se corrieron todos del hospital.

Según Foster, ya han muerto miskitos por Covid-19 pero en ese momento se pensó que era por otra cosa. “En Tuara murieron dos personas. Murieron tres en Bon Sirpi”, asegura.

El caso de Karawala

El pasado 21 de mayo, el gobierno comunal de Karawala, en el Caribe Sur, impuso su propia cuarentena para evitar contagios de Covid-19. Las medidas fueron drásticas y se tomaron ante la falta de disposiciones del gobierno regional y el central.

En un comunicado, Karawala suspendió todas sus actividades públicas, prohibió que comerciantes de otros municipios circularan dentro de la comunidad, estableció que lanchas y pangas comerciales serían desinfectadas, redujo el número de viajes, canceló la venta de boletos a comerciantes de Managua y otros departamentos, y exigió el uso de mascarilla a los pasajeros. Pero eso no impidió que el virus se colara en el caserío.

“Antes de que ellos lanzaran su autocuarentena había un tráfico normal a Karawala, las pangas salían los lunes miércoles y sábados. A los quince días se dieron cuenta de que había personas enfermas y las tuvieron que trasladar. Explotó en una sola familia, cuando murieron dos de sus miembros”, explica Kalúa Salazar, jefa de prensa de Radio La Costeñísima, emisora de Bluefields. “Lo último que supimos es que ya había ocho muertos”, dice.

Salazar visitó Karawala el reciente lunes 6 de julio para entregar las donaciones colectadas por el equipo de la radio para beneficio de la población de esa comunidad y en honor del periodista fundador de la emisora, Sergio León Corea, fallecido hace un mes por Covid-19.

“No tenían ni mascarillas, ni alcohol, ni insumos médicos, el ochenta por ciento está en el desempleo. Decretaron autocuarentena desde mayo y la situación es difícil por la falta de comunicación”, señala Salazar.

Pese a las estrictas medidas impuestas por el gobierno comunal, lo primero que el equipo de la emisora vio al llegar fue un grupo de niños y adolescentes bañándose en la laguna.

“Sin mascarilla, todos hablando, todos jugando”, relata la periodista. “En todo el recorrido vimos que las personas estaban sin mascarilla e incluso los escuchamos toser. Se oían toser dentro de sus casas. Nos fuimos al centro de salud y el personal, tres enfermeras y dos médicos, estaba sin ningún tipo de bata, solo con mascarilla quirúrgica, de la que solo podés usar un rato. A simple vista la farmacia no estaba abastecida y no había lugar para aislar a pacientes con coronavirus”.

De acuerdo con pastores de Karawala, para junio, cuando los comunitarios enfermaban eran trasladados al hospital de Bluefields, a una distancia de tres horas en panga. “Muchos de ellos murieron y los enterraron aquí en Bluefields”, dice Salazar. “Como la cultura es que los comunitarios se entierran en su comunidad, ya no están trayendo a los enfermos. Están combatiendo la enfermedad en la casa. Y si mueren, mueren en la casa y si los entierran, los entierran en su comunidad”.

Hasta este viernes había cinco personas graves en Karawala y a dos más las tuvieron que trasladar a Bluefields, según el pastor Glen Nethan.

“Nos estamos lavando manos, cuando uno está enfermo la familia no llega a visitarlo. Nos trajeron unos alcoholes y las personas los están usando”, expresa agradecido. “Con eso estamos luchando”.

Niños jugando en la comunidad de Karawala. LA PRENSA/ Cortesía de La Costeñísima

Con las uñas

Olvidada por todos y principalmente por el Estado, la comunidad de Alal, en la Reserva de Bosawas, también lucha. El régimen ha asegurado con bombos y platillos que brigadas del Minsa han visitado a más de seis millones de personas en todo el país, casa por casa, para hablar de las medidas de prevención ante el Covid-19. Una medida que, de todas formas, no es vista con buenos ojos por los epidemiólogos.

Pero a Alal nadie ha llegado a hablar de prevención, aseguran comunitarios. La gente se está preparando bebidas con plantas que cortan en la ribera de los ríos y se confeccionan mascarillas con la corteza del árbol de tuno.

“No sabemos qué hacer si se presenta algún síntoma grave”, lamenta un líder mayangna. “La gente está solo con remedio casero, si uno tiene que morirse aquí, se muere”.

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