No existe una referencia exacta del año en que se comenzó a jugar el beisbol en Nicaragua. Una de las principales teorías, sugiere que fue en 1881, influenciados por militares norteamericanos.
Un poco más adelante, estudiantes nicaragüenses en los Estados Unidos que regresaron al país, le metieron más entusiasmo al asunto, haciendo crecer este deporte.
Lo que sí está claramente registrado fue el año en cual el primer nicaragüense saltó la barrera del beisbol aficionado para convertirse en profesional.
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Eso pasó en 1945, cuando el zurdo Francisco Dávila lanzó para los Jefes de Syracuse, que era la sucursal de los Rojos de Cincinnati en la Liga Internacional (Triple A), apenas un peldaño debajo de las Grandes Ligas.
Dávila se armó de valor para dejar atrás Nicaragua y probarse en un nivel profesional, un territorio desconocido para los pinoleros hasta el momento. En la Serie Mundial de 1944, celebrada en Venezuela, firmó para jugar con los Navegantes del Magallanes en una liga abierta, y de ahí fue recomendado para Cincinnati. Tenía 25 años de edad.
El zurdo leones encabeza una lista que en sus primeros años creció tímidamente, pero que ya dobló la curva de los 250 peloteros nicas firmados por organizaciones de las Ligas Mayores.
La etapa experimental (1945-1957)
Fue una fase de tanteo, en la cual un grupo reducido de peloteros dieron el salto, arriesgando su carrera como aficionados, pues al convertirse en profesionales, automáticamente quedaban fuera del beisbol amateur y de formar parte de la Selección Nacional en campeonatos mundiales, lo que era el mayor orgullo para los peloteros de aquella época.
Para ese tiempo, el racismo todavía se sentía a flor de piel, lo que hizo que el costeño Bret Bradford, de piel negra, dejara a los Piratas de Pittsburgh en 1953, a las pocos de semanas de comenzar la liga.
Varios de los principales jugadores de la época probaron suerte, como José Ángel “Chino” Meléndez, Eduardo Green y Edmundo Roberts, algunos de ellos con equipos de ligas profesionales vinculadas -aunque no de forma directa- con los equipos de las Grandes Ligas.
Mucho talento, poca suerte (1958-1970)
La segunda generación de profesionales tuvo un impulso que no encontraron los primeros, al jugarse nacer en Nicaragua la Liga Profesional en 1956, que sirvió de vitrina para muchos jugadores.
En esta etapa surgieron peloteros de enorme talento como Willie Hooker, Duncan Campbell, Rigo Mena, René “El Ñato” Paredes y Alfonso Mairena. Todos ellos escalaron los niveles más altos de las Ligas Menores, pero por diferentes motivos, que van desde bajo rendimiento en el momento cumbre, lesiones o por sufrir mal de patria al extremo de abandonar a su equipo, como lo hizo “El Ñato”, ninguno de ellos llegó a las Grandes Ligas.
Primeros bigleaguers (1970-1979)
La década de los años setenta ha sido una de la más talentosa y exitosa en la historia de nuestro béisbol. De ella surgieron cinco bigleaguers: Denis Martínez, Antonio Chévez, Albert Williams, David Green y Porfirio Altamirano.
Denis llegó primero, con los Orioles de Baltimore en 1976, y sirvió de motivación para el resto. Esta generación tuvo la determinación y quizá un poco más de suerte que no tuvo la anterior.
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Se cortó la inspiración (1980-1989)
Debido a las condiciones políticas del país, se rompió el contacto con el beisbol profesional, poniendo fin al gran impulso que se cogió en la década anterior.
Brant Alyea fue de las excepciones de la regla y logró firmar con los Azulejos de Toronto en 1985, logrando escalar hasta Triple A.
A comenzar de nuevo (1990-1999)
Cuando en 1990 se recuperan los nexos con el beisbol profesional, se producen 32 firmas en un período de 10 años y entre ellas destacan los lanzadores Oswaldo Mairena y Vicente Padilla, quienes eventualmente llegan a las Grandes Ligas.
Además, Marvin Benard, un nica que a la edad de 12 años se marcha con su familia a los Estados Unidos, consigue llegar a las Ligas Mayores en 1995 con los Gigantes de San Francisco.
A formar prospectos (2000-Actualidad)
En el año 2000 surge el lanzador derecho Gonzalo López, quien recibe 725 mil dólares por su firma con los Bravos de Atlanta. Nunca antes un pinolero había obtenido una cifra de seis dígitos por su firma, lo que hacer ver a muchos entrenadores que el beisbol podría representar un buen negocio si se trabaja en el desarrollo de los jugadores, para que tengan más valor ante las organizaciones de las Grandes Ligas.
En el 2008, el lanzador derecho Francisco Valdivia recibió 726 mil dólares de los Marineros de Seattle y sólo un año después, el artillero costeño Cheslor Cuthbert hizo trizas el récord, al firmar por 1.5 millones de dólares con los Royals de Kansas City.
No obstante, Devern Hansack, Everth Cabrera y Wilton López, todos firmados por cifra igual o menor a 20 mil dólares, demostraron que más allá del bono recibido, lo que pesa más es la determinación y entrega, al abrirse paso y convertirse cada uno de ellos en bigleaguers.