El Covid-19 nos ha enseñado varias de sus caras: 1) La médica y psicológica que nos obligó recurrir a la ciencia, escuchar a doctores y científicos; 2) La social que puso a prueba nuestra responsabilidad ciudadana autoconvocándonos en cuarentena voluntaria; 3) La de los sistemas políticos que ponen al desnudo a sus dirigentes como lo ha hecho con Rosario Murillo, al frente del gobierno de su marido, aparentemente marginado por la Vicepresidenta.
Murillo y sus operadores con respaldo de las fuerzas armadas, siguen sin defender la salud y la vida de los nicaragüenses, a pesar que el contagio promovido por ella ha cobrado demasiadas vidas en las entrañas del régimen.
Ni el dolor familiar por sus muertos, ni la memoria de sus servidores partidarios, despierta la sensibilidad de la gobernante para rectificar por ejemplo como lo hizo Suecia, al admitir que sus equivocadas políticas públicas causaron “demasiadas muertes”.
La Vicepresidenta no lo hace, ni lo va a hacer porque ha encontrado en el Covid-19 un aliado estratégico para profundizar con su rosario de más violaciones a derechos humanos tutelados en la Constitución. Entre sus misterios está la venganza contra un pueblo en oposición que frente al virus volvió a desafiar a la dictadura autoprotegiéndose. Pero es el misterio del poder absoluto con un mensaje oculto para su militancia, que la pandemia puso al desnudo
Muchos de sus partidarios sandinistas muertos terminaron siendo víctimas de violaciones de la gobernante a los Arts. 46 y 82 que por mandato de la Constitución tenían derecho, al igual que los médicos despedidos, a condiciones de trabajo que les garantizara integridad física, salud, higiene y seguridad ocupacional. El Art. 59 reconoce el derecho de todos a la salud y Murillo los mandó al sacrificio del contagio exponiendo también a sus familiares y violando además el Art. 70, que obliga al Estado proteger a las familias, como núcleo fundamental de la sociedad.
Tampoco le importó que las familias de sus militantes se contagiaran, ni sus hijos entre ellos algunos niños que, según el Art. 71, gozan de protección especial del Estado. Los ha sobrexpuesto al mantener los colegios públicos abiertos. El rosario de represiones violó también el derecho de sus seguidores, trabajadores del Estado y médicos expulsados, a reconocer públicamente la pandemia, a pesar que el Art. 30 garantiza a todos expresar nuestro pensamiento en público o privado.
Y como era de esperarse, Murillo ha usado el virus para ensañarse contra el derecho de los nicaragüenses a información veraz, tutelado en el Art. 66. Este incluye la libertad de buscar, recibir información y difundir ideas por todos los medios. Con esta violación, los periodistas independientes siguen siendo sus víctimas preferidas, intimidados por paraoficiales y ahora bajo acusaciones de injurias y calumnias, como es el caso de Sergio León, director de Radio La Costeñísima.
La Vicepresidenta no ha mostrado una pizca de humanidad, al prohibir el ingreso de vuelos a repatriados de nicaragüenses, que se encontraban trabajando en Gran Caimán, Honduras o Panamá. Con esta disposición viola el Art. 31 que reconoce el derecho ciudadano de ingresar a su país y el Art. 28, según el cual, los ciudadanos que se encuentren en el extranjero gozan del amparo y protección del Estado por medio de sus representaciones diplomáticas y consulares.
De igual manera se ha ensañado contra los presos. El pasado mes ordeno la excarcelación de 2,815 reos comunes. En cambio, permanecen recluidos más de 90 rehenes políticos en condiciones infrahumanas, sin atención médica y con síntomas de enfermedad, a pesar que el Art. 39 de la Constitución expresa que en Nicaragua el Sistema Penitenciario es humanitario.
Aprovecharse del Covid-19 para profundizar la represión y llevarse de encuentro a su propia gente debe servir para consolidar la unidad nacional, como un asunto de vida o muerte; para fortalecer la conciencia nacional de que la democracia y un cambio de gobierno es el sistema mejor equipado para atender una crisis de la magnitud del Covid-19, defender a nuestras familias y reconstruir una Nicaragua para todos. Solo un gobierno democrático puede lograr balance sostenible como hoy sería combatir la diseminación del virus, proteger la seguridad económica y ejercer nuestros derechos civiles y políticos de acuerdo a la Constitución. La democracia es la única alternativa, generar por medio del diálogo confianza social, sanar divisiones profundas y por encima de todo respeto a nuestros derechos humanos.
Murillo ha puesto al desnudo la otra cara represiva del “vamos con todo”: No hay piedad ni para su militancia. Primero ellos, la dictadura y después, “sálvese quien pueda”.
La autora es periodista.