La pandemia del Covid-19 es una catástrofe humana que en todas partes del mundo se está enfrentando con la seriedad que amerita. Menos en Nicaragua.
La pandemia tiene en vilo a la población nicaragüense, al menos a todas aquellas personas con criterio propio que no hacen caso a las desorientaciones irresponsables de la dictadura, en particular las temerarias convocatorias a aglomeraciones públicas y en general la falta de cumplimiento de las recomendaciones de los organismos internacionales de salud pública.
En esta situación resultan ridículos, son como un insulto a la razón los reportes diarios del régimen sobre la incidencia del Covid-19 en Nicaragua. Parecen un mal chiste repetido a diario, que movería a risa si no fuese por la gravedad del problema y la preocupación de la gente en estas angustiosas circunstancias. Es tragicómico el patético funcionario orteguista, que todos los días, después de dar a propósito datos enredados con la evidente intención de desinformar, repite la cantinela: “No tenemos transmisión comunitaria”. Es decir, que no hay ni ha habido contagios dentro del país, que todos los contagiados llegaron del extranjero o han sido por “contacto con otras nacionalidades”. Esto a pesar de que el gobierno de Cuba ha declarado que algunos de sus casos locales se contagiaron en Nicaragua.
A propósito de ese discurso falso, es interesante mencionar un artículo titulado “La peste que nos habita”, publicado en el diario El Tiempo, de Bogotá, por la escritora y periodista colombiana Melba Escobar. En su artículo Escobar menciona lo que llama un “mecanismo humano tribal”, el cual consiste en que en situaciones críticas como la de una epidemia, no se quiere reconocer que la causa está en el propio medio y “pone en el otro la responsabilidad del mal que nos acecha”.
Para sustentar su punto de vista la escritora colombiana se basa en la novela La Peste, del escritor argelino-francés Albert Camus laureado con el Premio Nobel de Literatura de 1957. Camus relata en esta obra que, cuando un médico descubre un montón de ratas muertas en el edificio donde vive, el portero alega que “las han traído de afuera”, pues, según él, allí, en el sitio que está bajo su cuidado no puede haber ratas propias, alguien tiene que haberlas llevado desde otro lugar.
Poco tiempo después de que el médico encuentra las ratas muertas negadas por el portero, se desata en la ciudad argelina de Orán una terrible peste que causa una espantosa mortandad.
Es importante mencionar que en esa novela Camus cuenta la historia edificante de un grupo de médicos que realizan una extraordinaria labor humanitaria durante la peste, un trabajo abnegado que los lleva a descubrir el sentido de la solidaridad humana independientemente de las creencias de cada quien.
Valga destacar esto en justo reconocimiento a los médicos y paramédicos nicaragüenses, que están cumpliendo ejemplarmente su deber profesional y humanitario desafiando a un régimen canalla que se distingue por su inhumanidad y falta de piedad.