Eneas y el cuidado de los ancianos

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El coronavirus vino a poner de moda a las personas más viejas (adultos mayores se les dice ahora). Para bien y para mal.

Para bien, porque al ser el grupo humano más vulnerable por la mayor edad, se recomienda un especial cuidado de ellos y hacia ellos. Para mal, porque al ser los más viejos hay quienes los consideran personas de desecho, en quienes no vale la pena gastar tiempo ni recursos materiales que necesitan los demás.

El periodista español Luis Ventoso cuenta que al terminar la guerra de Afganistán, donde estuvo como corresponsal de guerra, conversó en Kabul con un militar de España quien ahora es teniente coronel y forma parte de la Unidad que participa en la lucha contra la pandemia. Dice Ventoso que este militar le explicó el orden de valores de los afganos, para quienes “un anciano es más importante que un niño porque es una realidad llena de saber, mientras que el pequeño es solo un proyecto”.

Como contraste el periodista español menciona que en Holanda, el jefe de epidemiología del hospital de la ciudad de Leiden declaró que la saturación de hospitales en Italia y España es porque “admiten a personas que nosotros no incluiríamos, porque son demasiado viejas”. Pero también en Bélgica, agrega Ventoso, la jefa de geriatría del hospital de la ciudad de Gante pidió públicamente: “No traigan ancianos y pacientes débiles al hospital”.

La escritora igualmente española, Irene Vallejo, pone el tema en una perspectiva completamente distinta. Según ella, el lugar de los ancianos en la cultura occidental quedó marcado por la épica de la caída de Troya, cuando de la histórica y legendaria ciudad incendiada, saqueada y destruida por los aqueos (como llama Homero a los griegos), logra salvarse e huir Eneas.

Eneas, yerno del vencido y asesinado rey Príamo, no piensa en llevarse dinero ni joyas, nada de valor material. Huye cargando sobre sus hombros a su anciano padre, Anquises, y llevando de la mano a su pequeño hijo Ascanio. “Con esfuerzo agónico —narra Irene Vallejo—, carga al anciano sobre sus hombros y acompasa sus zancadas a los pasos inseguros del niño que aferra su mano.

Tiznados por el fuego que ha engullido su ciudad, los supervivientes tienen por delante una larga emigración, plagada de nuevas luchas y naufragios. Al final desembarcan en Italia, y Virgilio nos relata (en la Eneida) que, siglos después, serían los descendientes de Eneas quienes fundarían la ciudad de Roma y dibujarían las sendas del futuro”.

Nunca debemos olvidar, recomienda la escritora española, “que los primeros pasos de nuestra civilización fueron los de un hombre a punto de derrumbarse, con un anciano a las espaldas y un niño de la mano”.

Por mi parte pienso que la leyenda de Eneas cargando a su anciano padre y llevando de la mano al pequeño Ascanio, es una metáfora del humanismo occidental que reconoce el valor supremo de la vida humana, tanto en el comienzo, la niñez, como en la etapa final, la ancianidad.

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